20/1/2012

Competencia y cooperación

El ejemplo de la supervivencia de las especies es bueno para entender cuál es la carencia básica del sistema económico en el que vivimos incluso aunque pudiera sostenerse en el tiempo, aunque pudiera imponerse como “el fin de la Historia”. El “darwinismo social” que propuso Herbert Spencer, y que ya forma parte del catecismo económico actual, trata de equiparar el rol de las personas en la sociedad a la lucha excluyente de los animales por la supervivencia en condiciones de escasez, pero omite que la supervivencia de nuestra especie -y de otras muchas- se basa precisamente en la capacidad de cooperar y de preservar el grupo. Lo que hizo prevalecer a nuestra especie fue una especial aptitud y predisposición para cooperar deliberadamente superando la rivalidad excluyente en el seno de su grupo. [1] Un sólo individuo no tenía nada que hacer frente a un Mamut o frente a un león, y era muy vulnerable ante contratiempos naturales, pero actuar en grupo y cuidar de la supervivencia del grupo hizo al ser humano mejor que las demás especies para sobreponerse a las limitaciones de la naturaleza. Compartir su cultura y su tecnología con los demás miembros del grupo, y hacer que la heredaran los sucesores es parte importante de esta forma superior de cooperación.

Es decir, la idea de que la selección excluyente debe modelar la sociedad es sólo una voluntarista interpretación de una parte de los procesos naturales. “Al mismo tiempo, el enfoque holístico de la naturaleza sostenido por Darwin y que incluía la "dependencia de unos seres con otros" sirvió de fundamento a ideologías diametralmente opuestas: el pacifismo, el socialismo, el progresismo y el anarquismo, que como en el caso del Príncipe Kropotkin [2] enfatizaron el valor de la cooperación sobre la lucha entre las especies. El mismo Darwin insistió en que la política social simplemente no podía guiarse por los conceptos de lucha por la supervivencia y selección natural.” (Wikipedia). Se puede decir que nuestra capacidad de cooperar y de sostener la comunidad es precisamente nuestra ventaja competitiva.

De hecho, nuestra capacidad para colaborar está siendo nuestro recurso más explotado en la actualidad en todo tipo de empresas. La diferencia es que ahora no se trabaja tanto para superar obstáculos naturales como para sobreponerse a unas condiciones sociales. Paradójicamente, quienes se enriquecen con los beneficios de esta cooperación laboral suelen abominar de la cooperación organizada a través de las instituciones sociales, o de la colaboración entre los trabajadores para reclamar una mejor redistribución de la riqueza generada, (a pesar de que los empresarios sí cooperan en patronales y lobbies para presionar a los gobiernos, cuando no forman un cártel para controlar los precios de su sector). Califican de antinatural esta colaboración social o sindical porque atempera la ley de la oferta y la demanda, y limita la “libertad” de mercado. Sin embargo raras veces es libre esa colaboración de la que ellos se sirven en sus empresas. Más bien suele tratarse de trabajo coaccionado por el miedo al paro, por la imposibilidad de subsistir si no es rindiendo tributo a los beneficios de la minoría dueña de los recursos. Una coacción con la que se obliga a producir mucho más allá de lo necesario para la subsistencia de todos aunque no llegue a todos lo necesario.

Repartir el empleo y sus beneficios se ha convertido en tabú, el tabú que sirve a esa coacción, a la desigualdad y a la sobreproducción antiecológica. Se acepta el desamparo de una parte de la población en aras de una productividad enajenada: el abandono de la cooperación social en favor del “mercado libre” no redunda en mayor libertad sino en coerción privada y en irresponsabilidad ambiental. La libertad de un sistema explotador es la esclavitud de sus participantes. Optar por el mercado libre implica crear exclusión social como parte de este sistema. La miseria es un artificio impuesto a la sociedad como el electrochoque a las ratas de laboratorio, un refuerzo negativo que enseñe el miedo y la dirección a seguir. De ese modo se nos puede reducir a una mera fórmula de interés económico, un “personaje” en pos de dinero cuyo comportamiento se pueda predecir y controlar. [3] Ser tratados -en el mejor de los casos- como niños que necesitan un sistema de refuerzos recuerda el paternalismo hipócrita de las dictaduras. Esto no puede ser “el fin de la Historia”.

Si pasamos de la evolución a la Historia, vemos que la colaboración entre los miembros de un grupo no ha significado la colaboración entre grupos ni la cooperación entre naciones. Pero a pesar de esa Historia de guerras que espanta a cualquier sensibilidad no fanatizada, hoy por hoy se ha superado, en general,  la idea de que la guerra y la imposición imperialista son buenas y necesarias, tal como se creía en otras épocas. Y los gobiernos que pretenden llevar a cabo  intervenciones militares se ven obligados a apelar a la autodefensa, y a intentar demostrar que es inevitable la confrontación para sobrevivir. De hecho hoy en día son estados consolidados muchos que en otras épocas fueron campos de batalla entre facciones irreconciliables. Y aunque esto no siempre es así, ahora vemos que es posible. Percibir la posibilidad real de esta dinámica que amplia a un grupo más grande el sentido de pertenencia, demuestra que es posible llevar ese sentido de pertenencia más lejos y hacer de la humanidad nuestro primer colectivo y de la biosfera nuestra primera patria. Antes de saber cuál es nuestra nación, ya respiramos una misma atmósfera. Salvo los beneficiados por la industria armamentística y algún que otro fanático, todos aspiramos a un mundo sin guerras y sin violencia. Y no sé si por primera vez en la Historia, sabemos que es posible, que no hay ningún determinismo natural o lógico que lo impida, que depende de voluntad colectiva y de voluntad política.

Como las guerras, históricamente también han existido siempre los mercados. Pero esto no quiere decir que los mercados funcionaran sin normas y regulaciones que los limitaban y encauzaban. De hecho los mercados sólo pueden crearse mediante la asunción de unas reglas que hacen posible su funcionamiento. Y que siempre hayamos tenido mercados no quiere decir que estos dominasen la sociedad, como ocurre actualmente, cuando los mercados controlan los parlamentos. Por comparación a una espeluznante Historia llena de guerras, puede que este dominio de los mercados parezca un mal menor o incluso un signo de progreso. Pero la pregunta es ¿qué clase de individuo, qué clase de psicología, qué clase de sociedad supone la vida para los mercados? ¿Y hacia dónde nos conduce la misma? ¿Es acaso el ideal con el que debemos conformarnos?

La mayoría de naciones ya no luchan entre ellas, pero se han embarcado en una competencia económica obsesiva y ciega en sustitución de las antiguas guerras. La patria por la que había que morir ahora es la patria por la que hay que doblegarse en un trabajo no elegido, más allá de lo necesario, (“más allá del deber”), y la violencia ha sido sustituida por la rivalidad competitiva. Ahora se ensalza esta, como antaño se admiraban la fuerza bruta y las conquistas. Con la disculpa de atraer inversiones, la competencia económica entre sistemas legales nos pone al servicio de capitales multinacionales a base de rebajas en la normativa laboral, fiscal y ambiental, se supone que en favor de los grandes números de la nación. Actuando como agentes de un mercado global, las naciones y sus habitantes acabamos siendo mercancía, meros costes del sistema productivo, y el ecosistema, un simple bien de consumo. Sin embargo ¿no podría ocurrir que los mercados pasaran a ser considerados, como las guerras, un mal histórico de las sociedades fragmentadas? ¿No pueden los mercados pasar a ser sólo una mera herramienta poco ideal pero útil en algunos casos, y siempre bajo estrictos controles? ¿No pueden, al menos, pasar a ser algo de lo que se sirve la sociedad para determinadas cosas en lugar de poner la sociedad a su servicio? No hay que olvidar que no es lo mismo “mercado” que “economía”. Ni el progreso científico ni el trabajo son prerrogativas de la economía de mercado por mucho que algunos quieran que interioricemos esta idea.

Hay otra relación más entre el mercado y las guerras: como muestra la Historia lejana y reciente, la motivación esencial de toda guerra está en el interés de los mercados, (no sólo del mercado de armas), hasta el punto de que es común entre los historiadores la afirmación de que toda guerra es una guerra económica, guerra por el control de los recursos y de los mercados. Este es el motivo de que en el presente siga habiendo guerras a pesar del repudio general hacia las guerras territoriales.

Un ejemplo de cómo el abandono de la cooperación social en favor del mercado puede suponer una involución en la convivencia internacional lo tenemos en la actual Unión Europea: la desigualdad que está trayendo el sesgo neoliberal de sus instituciones en las últimas décadas está degradando la valoración ciudadana de la unión. Lo que realmente podría crear lazos, aprecio a la unión y sentido de pertenencia serían unas instituciones sociales compartidas (como una seguridad social y una renta básica comunes). Sustituyamos simples lazos comerciales por lazos de solidaridad, facilitemos la comunicación y la posibilidad de compartir cultura, y devolvamos la racionalidad a la economía.

La desregulación de los mercados salvaguardando -eso sí- la defensa legal de la propiedad privada, equivale a introducir en la sociedad la lucha por la supervivencia propia de especies asociales y en condiciones de escasez, y encierra la semilla de la rivalidad cruel e indiferente (condición de toda violencia). Se trata de un sistema que en realidad violenta nuestra naturaleza, una naturaleza que apela al vínculo y que anhela el sentido de pertenencia [4]. La humanidad ha mejorado en la medida en que hemos mejorado la manera de relacionarnos, (en la medida en que hemos valorado la paz, la tolerancia y la solución democrática de las discrepancias), en la medida en que hemos ampliado el círculo de la cooperación, que es nuestro original signo distintivo. Pero aún no hemos desarrollado lo suficiente esa mejora. Nuestro modo de relacionarnos más allá de los allegados vive preso de valores menores, valores que si bien no son tan violentos como los del pasado, sí son mezquinos. No aspiramos a acabar con “los otros” de turno, pero sí a servirnos de ellos, a estar entre los  privilegiados y a apoderarnos de cuanto sea posible. Y hemos empeorado mucho en el modo de relacionarnos con el ecosistema del que dependemos más allá de las propiedades privadas, a pesar del minoritario ecologismo.

Si la cooperación es nuestra ventaja competitiva en la existencia ¿adónde nos lleva el abandono de esta aptitud? Las condiciones sociales que imponen la rivalidad suelen justificarse con el prejuicio de que estas “estimulan” el avance económico. Pero es completamente falso que fuera de la competición laboral del mercado sólo quepa la pasividad, que esa eliminatoria social sea necesaria para motivarnos. Más bien ocurre lo contrario: obsesionados por la competencia o convertidos en meros ejecutores de procesos laborales a tiempo completo, subestimamos la reflexión propia y, sin tiempo para la cultura, nos sumimos en la ignorancia y la abulia. Así cuando abandonamos el apoyo social en favor de esta maquinaria de competencia, limitamos la genuina iniciativa individual y entorpecemos el conocimiento y la conciencia crítica colectiva que determinarán el futuro común.

En realidad, cuando nos vemos libres de esa presión económica, la inquietud humana y la curiosidad nos llevan siempre a perseguir nuevos fines, económicos o no económicos. ¿Quién determina que debemos buscar más crecimiento material y más servicios, en lugar de, por ejemplo, más participación cultural -no sólo consumo de cultura-? Lo que el ser humano necesita es una verdadera liberación que le permita determinar sin miedo su propio rumbo, algo que no ha tenido ni con la planificación autoritaria ni bajo el dominio de los mercados. La ambición y la superación están en nuestra naturaleza. La rivalidad no. Salvo que las circunstancias nos empujen a ella. ¿Y quién organiza las circunstancias? ¿A quién beneficia la competición? ¿Qué orientación social determina este sistema? ¿Cuál es la verdadera finalidad a la que sirve el mismo?

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[1] Algunos artículos sobre investigaciones recientes relacionadas con esto:
La supervivencia del más generoso
El ser humano es altruista y cooperativo por naturaleza
La cultura humana es profundamente colaborativa

[2] El apoyo mutuo es un bello y documentado trabajo del científico naturalista Piotr Kropotkin y una lectura imprescindible que rescata las teorías de Darwin de la manipulación interesada de la que han sido objeto por parte de los partidarios del mercado liberticida.

[3] Esta serie de tres documentales de la BBC titulada La Trampa ilustra bastante bien los esfuerzos realizados desde las instituciones con poder para inculcarnos un comportamiento competitivo y predecible, ajustable a determinadas fórmulas, en definitiva, controlable.

[4] En la película La Ola se muestra de un modo muy gráfico, y en base a un experimento real, cómo el instintivo anhelo de pertenencia puede condicionar nuestro comportamiento. De hecho, cuando este no puede inspirarlo una sociedad atomizada, competitiva y excluyente, puede volverse un peligro por quedar al albur de grupos sectarios que lo aprovechen de un modo fanático.

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El fin de los mercados - (Serie completa): 


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13/1/2012

Trabajo y valor

Cualquiera puede compartir la idea de que esforzarse en el trabajo supone aportar valor a los clientes de la empresa en la que uno trabaja. Otra cosa son los efectos completos para la sociedad y para el medio ambiente de ese trabajo organizado. No es frecuente que nos preguntemos por su valor social o por su impacto ambiental. No parece importante cuestionarse esto cuando lo habitual es que uno no pueda elegir entre diversos trabajos ni hacia donde orientar su actividad dentro del mismo. El mercado no ofrece tantas opciones como para andar poniendo reparos, y normalmente no ofrece ni siquiera puestos de trabajo para todos. Se trabaja para subsistir, buscarse una mínima seguridad económica y si es posible, disfrutar de algunas comodidades, (ese sucedáneo de una verdadera realización personal). Aunque no es siempre así y hay quien puede dedicarse a lo que valora o a lo que le atrae vocacionalmente, el mercado no admite esto más que en una exigua minoría de casos. Los puestos de trabajo posibles, por cuenta propia o ajena, dependen de la demanda de quienes tienen dinero, no de la valoración que hagamos de cada actividad laboral por sí misma. Pero aunque no tenga mucho sentido plantearse esto, la realidad es que el trabajo desempeñado en la empresa tiene efectos sobre uno mismo y sobre el entorno social y ambiental que trascienden los logros económicos.

Es evidente el daño ecológico que nuestra actividad económica inflige al entorno natural en multitud de casos. También puede ocurrir que la empresa con la que “colaboramos” esté fomentando la esclavitud en zonas remotas o evadiendo impuestos en paraísos fiscales. Pero nadie se replantea su dedicación laboral por las implicaciones que su empresa pueda tener en esas formas de degradación social o ambiental. Las decisiones están en manos de los empresarios. E incluso estos, a su vez, han de adaptarse imperativamente a las posibilidades de la demanda, a los nichos de mercado, para que su empresa subsista o para que su gestión sobreviva a la bolsa y a los accionistas, por lo que rara vez se plantean estas cuestiones o las ven como estorbos. La Responsabilidad Social Corporativa no surge de los balances, y cuando se tiene en cuenta es debido a las presiones legales, a la conciencia del consumidor o a la mala imagen que puedan darles las campañas activistas.

En cuanto a las secuelas personales del trabajo, cabe citar al sociólogo Richard Sennett cuando explica en La corrosión del carácter cómo las nuevas formas de trabajo, (crecientemente flexible, provisional, descentralizado pero más coaccionado, y por otra parte, cada vez más superficial, alejado de la “artesanía” o del desarrollo sostenido de habilidades), están minando el carácter de los trabajadores o incluso contribuyen al aumento de patologías como la ansiedad y la depresión.

Son todas ellas consecuencias del trabajo que a nadie gustan pero que pocos pueden evitar, pocos pueden elegir realmente su trabajo y su forma de trabajar. ¿Quiere esto decir que está mal hacer cosas que a uno no le gustan? Al contrario. Si sólo fuéramos capaces de hacer lo que nos gusta, hace mucho que la especie humana se habría extinguido. Y como vivencia personal, esa forma de elegir las actividades a realizar, (imaginando que fuera posible hacer sólo lo que a uno le apetece), no sería sino otra manera de autolimitarse. De hecho se ha querido vender la nueva flexibilidad como una liberación respecto a la monotonía del enjaulamiento en una sola dedicación, como un placer de variar, pero a cambio nos vemos angustiados por la inestabilidad y la precariedad que impiden hacer planes personales a largo plazo, o que hacen imposible sentirse implicado en lo que uno hace, realizarse mejorando en algo.

Precisamente uno de los problemas que adormecen a nuestra sociedad es que el escaso tiempo libre que nos queda entre el trabajo remunerado y las demás labores necesarias, lo orientamos de un modo superficialmente hedonista que no supone verdadera satisfacción ni puede sentirse como valioso. Es  algo muy conveniente para la industria del ocio interesada en nuestro consumismo, en nuestra docilidad informativa y cultural, y en que dependamos de sus producciones en serie. Quien vende algo vende a la vez la necesidad de ello, y su interés se alinea con que se cronifique esa rentable insatisfacción. Los intermediarios culturales, por ejemplo, apenas añaden valor a la obra, cuando no la estropean con sus condiciones, pero tienen poder para asediar una cultura libre y participativa más provechosa. El aumento del PIB es la gran disculpa para favorecer legalmente el consumismo insostenible y esa cultura comercial que distrae más que ilustra, y que dificulta la información útil, el sentido crítico y la reflexión propia. El mismo motivo que roba las energías y el tiempo con un excesivo trabajo no elegido dificulta la inteligencia cuando es posible.

Nos han enseñado a infravalorar el tiempo libre, el único tiempo realmente nuestro, llamándolo “ocio”, y vinculándolo además a la industria del ocio, al entretenimiento producido en serie, al consumo, a la dependencia. En consecuencia, se asume con demasiada facilidad que el tiempo libre es algo moralmente inferior al trabajo y que no está justificado reivindicar más. Una moralina productivista desdeña a quien aspire a tener más tiempo libre. No importa si lo que quiere hacer en él tiene más valor social que un trabajo, como en el caso de los voluntariados o en el cuidado de personas dependientes, o si pretende formarse o mejorar en algo, o desarrollar una actividad vocacional, o intentar ser mejor persona como libremente entienda que pueda hacerlo.

La sociedad dependiente del mercado libre no nos lleva a formas superiores de orientarnos, ni en conjunto ni individualmente, ni en el trabajo ni en el tiempo libre. ¿Y qué entiendo por forma de orientación superior?  Simplemente la que busca lo que realmente sería valioso para la sociedad o para la humanidad, e individualmente, la posibilidad de entregarse a actividades y a valores en los que uno cree. A diferencia de las apetencias, las pasiones personales pivotan sobre el valor, surgen de lo que uno cree valioso a partir de su libre aprendizaje y de su propia reflexión ética, y se desarrollan en el tiempo mediante un sacrificio que no pesa porque se siente satisfacción en el camino. Pero para poder experimentar esto es necesario conocer su posibilidad y tener tiempo y energía libres.

Sin embargo sólo sintonizarás con el mundo actual si tu ideal personal coincide con el mero enriquecimiento. En el caso de que este ideal personal incluya otros valores y otras formas de disfrute no dependientes del dinero,  otros intereses, estos quedarán en un segundo plano, supeditados a lo que permita el mercado y al escaso tiempo realmente libre que este te deje. No es que la frustración sea insoportable, (aunque sí ocurra esto en muchos casos), es que ni siquiera aspiramos a algo mejor. De igual modo, el malestar social y el deterioro ambiental están asegurados cuando la actividad principal de todos está supeditada al crecimiento del mercado como prioridad. En contra de lo que se nos ha vendido, el mercado libre no determina una orientación social “racional”, sabia o realmente conveniente, ni supone libertad para los individuos.

¿Es esto siempre así y es ineludible? El valor social y personal del trabajo es bueno en innumerables casos, pero esto depende del azar económico, de si coincide con una demanda rentable, no de una reflexión sobre ese valor. La demanda puede suponer un bien social o el uso innecesario de coches contaminando desde su fabricación; puede determinar un trabajo interesante pero también el trabajo de niños en condiciones infrahumanas para satisfacerla. La demanda no es consciente de qué se hace para servirla; no tiene conciencia ni puede conocer las condiciones de producción de todo lo ofertado. Y por otro lado es cierto que, en su tiempo libre, una persona con inquietudes propias puede dedicarse a lo que más valore y a mejorar en ello, pero no dejará de ser una actividad débil por comparación al trabajo remunerado, centro vital que absorbe las principales energías de los individuos.

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