19 de jun. de 2012

La frontera del mercado


1- Economía en la frontera
2- Ecosistema en la frontera
3- Interiorizar los límites
 a) Los derechos sociales
 b) El fin de los intereses
 c) Más allá del subsistema económico
Ilustración recomendada:
El Banquero. Salvador Dalí

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El término frontera se ha utilizado para referirse una región o franja entre dos culturas que a menudo ha significado, como en el antiguo Oeste americano, una zona de conquista. El mercado, al estar basado en compromisos humanos, tiene la particularidad de poder extender sus límites no sólo geográficamente sino también en el tiempo, más allá del presente. De modo que cuando un mercado se satura puede aventurarse en el futuro, por medio del crédito sobre la economía o sobre el ecosistema, para así extender el negocio en esa frontera temporal a base de apuestas sobre el mismo. El problema es que las expectativas son sólo una entelequia subjetiva que puede depender más de la imaginación, de la ambición, de la hibris competitiva, de la ignorancia o de la credulidad que de un cálculo bien fundamentado, y como consecuencia, a menudo es imposible recuperar el crédito o revertir el daño infligido.

En el presente se comercia realmente con bienes y servicios futuros. No otra cosa son los mercados financieros: un mercadeo con el futuro en el que la mayoría de las personas han de intervenir a ciegas (con sus ahorros o con deuda) y en desventaja frente a quienes tienen medios para preverlo y manipularlo. Por otro lado, la riqueza de la biosfera, ha permitido explotar sus recursos y utilizarla como sumidero de todo tipo de derivados industriales agresivos con el medio ambiente sin preocuparnos por los efectos a largo plazo, como si estos no existieran. Es decir, hemos “conquistado” el futuro ambiental para comerciar en el presente con lo destruido allí.

Para el mercado el futuro se constituye como un territorio sin ley, o con escasa e ineficaz regulación, en el que puede imponerse con más facilidad la ley del más fuerte, y en el que es legal aprovecharse de la ilusión y de la lógica ignorancia de las personas que no tienen think tanks, estudios de mercado y expertos a su servicio. Una vez que los bancos han tomado el futuro durante los años de conquista hipotecaria, cuando la población llega al mismo se encuentra con un presente imposible en el que sólo se puede ser esclavo o quedar excluido. Y de no corregirse los hábitos de depredación ambiental, pronto seremos esclavos o excluidos en un entorno devastado, (si no irradiado como en Fukushima).

La frontera del mercado es el futuro, y es en esta frontera temporal difusa, difícil de visualizar, donde los mercados entablan su batalla más cruel, a golpe de burbuja asfixiante o de destrozo ambiental sin consecuencias inmediatas, sabedores de que anticiparse a la competencia es ganar el dominio neofeudal al que conduce la dinámica interna de la economía desregulada.

1- Economía en la frontera

La crisis, que tan bien han sabido aprovechar algunos, vuelve a mostrar su origen financiero y nunca debió salir de ese marco que han intentado tapar buscando chivos expiatorios en los servicios públicos o en la regulación del mercado laboral. La percepción de que el crédito puede ser una herramienta económica útil si se concede con sensatez a determinadas empresas, ha sido exagerada y sacada de contexto durante décadas para justificar el expolio del futuro común mediante la búsqueda de beneficios especulativos en todo el mundo. Pero la insensatez crediticia siempre acaba revelando su inestabilidad, y llegado ese punto, o se asumen las pérdidas o se acude a la trampa del dinero fácil para tapar el problema: acumular deuda sobre deuda imposible de devolver, y saquear directamente a la población con cuyo dinero funcionaba la economía.

Entonces ¿hasta dónde debe admitirse el crédito? Las alarmas ni siquiera saltaron cuando fue necesario endeudarse de por vida para la adquisición de bienes básicos como una primera vivienda sin lujos, entrando así en una lógica de esclavitud. Tampoco los prestamistas parecían detectar ningún peligro: prevalecía la interpretación acomodaticia de que sus fáciles beneficios reflejaban una gran bonanza económica, a pesar de las dificultades de la juventud para emanciparse y del encarecimiento exagerado de los bienes básicos. Además, la presión de la competencia a corto plazo entre entidades financieras, la obsesión por la cotización bursátil, dificulta que estas puedan hacer un juicio realista de las expectativas económicas: si no acaparan lo que pueden, quedan relegadas. Así la frontera se infla y crece sin justificación por esa inconsciencia propia de la competencia financiera en un entorno de laxitud regulativa. Hoy en día losbienes” financieros, basados en la deuda, multiplican varias veces el valor de los reales.

La facilidad de acceso al crédito aparenta riqueza pero esconde el encarecimiento artificial de precios que promueve ese fácil acceso inicial. Un encarecimiento que luego se ve agigantado por el ahorro especulativo, rastreador de burbujas con las que crecer. Además el futuro incluye riesgos cuya incertidumbre crece a medida que la previsión se hace sofisticada y difícil de controlar (como ha sido el caso de los derivados financieros). Y el resultado es que con el crédito fácil se pierde mucho más de lo que se obtiene. El futuro minado acaba llegando y la cuestión ahora es quién debe pagar las consecuencias cuando la predicción falla y ese futuro no era como se necesita para rentabilizar la inversión ¿Quién debe asumir las pérdidas?

Cualquiera entiende que no se pueda obligar a alguien a vender sus órganos para pagar una deuda. Pues bien, la condena a deuda perpetua y la negación del amparo social a una persona arruinada es una forma menos evidente pero no menos cruel de destruirla. ¿Por qué se ha de admitir esa destrucción de sus mínimos vitales dejando a esa persona con menos posibilidad de “reinserción” social que un asesino convicto? ¿Acaso el acreedor corre el peligro de verse igualmente desvalido en caso de no cobrar? Si los derechos sociales se hicieran efectivos ninguno de los dos correría ese peligro. Pero es que esta última hipótesis suena ridícula porque todos sabemos que en la crisis actual los mayores acreedores seguirían nadando en la abundancia aunque no cobraran sus deudas.

Con las leyes actuales prestar equivale a tomar posesión de la voluntad ajena y de los derechos sociales. ¿Cómo podemos admitir que muchas personas pasen hambre para atender unas deudas cuyo impago no arruinaría a unos acreedores que en cualquier caso seguirán siendo acaudalados? ¿Qué clase de Unión Europea es esta que admite que en Grecia se esté dando una crisis humanitaria sin precedentes para que el país pueda devolver sus deudas a quienes viven en el lujo? ¿Cómo pueden aparecer en los medios los representantes de la Comisión Europea con el aire ufano de estar liderando un gran proyecto político? ¿Cómo no se les cae la cara de vergüenza? ¿En qué mundo creen vivir? Todos esos paniaguados del capital en las instituciones europeas deberían saber que su Europa no es un proyecto ilusionante; es un desastre en descomposición por falta de liderazgo de quienes no son capaces de reivindicar una Europa social que atienda a sus ciudadanos; no es la Europa que todos queremos ni la que puede acabar con siglos de discordias.

2- Ecosistema en la frontera

La misma inconsciencia sobre el futuro que va provocando un duro amanecer a la realidad financiera acabará destapando una dura realidad ambiental. Así como el crédito y las finanzas se vuelven destructivos pasado un límite, hay un punto a partir del cual el aprovechamiento de recursos naturales se vuelve una forma de destrucción aplazada: cuando se utilizan recursos no renovables incorporando a la biosfera elementos ajenos a su normal funcionamiento. Incluso cuando el petróleo era fácilmente accesible y un pozo no suponía un gran destrozo, sí lo era la absorción de los residuos de su consumo. Hemos convertido el ecosistema en un sumidero, ¡un sumidero finito! que tarde o temprano devolverá las consecuencias del desequilibrio -irreversible por su dispersión- que paso a paso vamos creando.

La biosfera ha sostenido largamente un funcionamiento globalmente equilibrado, y el hecho de que el mismo haya sido espontáneo, casual o fruto de una selección natural no debe rebajarlo frente a nuestra supuesta inteligencia, como tontamente se hace, puesto que es el resultado de un devenir de millones de años de ensayo y error azaroso pero eficaz. Nuestra arrogancia productiva no acaba de valorar en su justa medida la diferencia esencial que supone para el ecosistema una transformación económica que lo desequilibra energéticamente y que en vez de realimentarlo con residuos reutilizables, lo va matando.

En el sistema de la naturaleza preindustrial todos los residuos alimentaban la cadena trófica y regeneraban el ciclo vital, clave de esta supervivencia como sistema a lo largo de un tiempo mucho mayor que nuestra presencia sobre la tierra. Por supuesto que en la evolución han existido otras extinciones masivas de especies, pero es bastante estúpido que seamos nosotros mismos los que estemos provocando la actual en lugar de aprender a prever los cambios naturales que podrían dañarnos a largo plazo. Los combustibles fósiles y la radiación nuclear constituyen una especie de gran meteorito difuso cuya lenta incorporación a la biosfera no pasará sin un gran impacto sobre su equilibrio y sobre las especies que dependemos del mismo.

En el aprovechamiento de los recursos el límite del endeudamiento razonable se ha superado aun con mayor frivolidad y peligro que en el caso de las finanzas. Habernos hecho dependientes del petróleo implica haber contraído el compromiso de su uso en un prolongado futuro, pues no puede haber una transición fácil hacia una economía sin petróleo. Así, en la era del petróleo abundante no hemos contaminado sólo el presente sino que hemos empeñado el futuro climático. Lo peor de esta burbuja del petróleo es que en un contexto en el que la disponibilidad del mismo será decreciente, la ansiedad económica provocada por su abstinencia servirá para justificar cualquier destrozo con tal de extraer las últimas gotas del planeta, las más degradantes. Lo que en principio podría ser una buena noticia -vamos a ir dejando de usar el contaminante petróleo- pasa a ser un mal augurio porque no va a darse un abandono voluntario sino una escasez forzosa justo en el momento de mayor dependencia.

Hace mucho tiempo que tendríamos que haber iniciado la transición hacia una economía sin combustibles fósiles, sin sus residuos y regenerable. Conocíamos el mal pero lo toleramos y obviamos el efecto acumulativo que tarde o temprano colmará el vaso llevándonos a un punto irreversible, (si no lo hemos rebasado ya), como el volcán que en algún pequeño punto, en algún breve momento concita la presión necesaria para derramar su lava sobre Pompeya. Por alguna extraña razón, en cuestiones de medio ambiente el mal se considera una cuestión de grado. Cuando alguien asesina o roba no dudamos en que, de entrada, eso está mal, aunque luego pueda diferenciarse la gravedad de cada caso. Sin embargo cuando hablamos de contaminación o de destrucción ambiental persiste la idea de que no es algo malo dentro de unos límites. Si por ejemplo alguien propusiera arrasar todas las montañas del planeta para acumular reservas de minerales creo que casi nadie estaría de acuerdo. Pero si en lugar de ello planteamos derribar sólo una montaña más, esto se acepta como mal menor ante los beneficios actuales que puede generar la cantera. Es decir, se acepta tácitamente que el mundo pueda ser allanado a condición de que tal cosa se haga en el plazo de 200 años en lugar de decidirlo ahora, de una vez. Decimos “no pasa nada por ir un poco más allá”. ¿Pero no sería mejor plantearnos cuánto terreno degradado hemos conseguido recuperar este año?

Para la economía de mercado el futuro es un recurso consumible. Se trata de una concepción económica infantil, una economía inmadura que no piensa en la regeneración de lo que utiliza, que vive como el bebé que se alimenta de su madre sin tener que preocuparse por la economía familiar. El capital acumulado supone  por sí mismo una inercia de succión de todo aquello que pueda proporcionar rentabilidad competitiva a corto plazo, dejando en segundo plano cualquier otra consideración. El devenir cede a la rentabilidad inmediata del capital como el agua cae inexorablemente al punto más bajo.

Por ejemplo, la inversión se vuelve inconsciente cuando la riqueza se abandona en planes de pensiones o fondos de inversión a los que se elige sólo por el rédito que ofrecen. Los gestores de esos fondos, interesados en mantener su trabajo y prosperar, tampoco se sentirán responsables de lo que ocurra con ese dinero que no es suyo. Suponen que “la obediencia debida” al contrato con los propietarios disculpa sus actos laborales -sus inversiones-; no importa si transfieren dinero a paraísos fiscales, si fianancian guerras y armamento para tiranos, si especulan con tierras vitales para la subsistencia de millones de personas, si alimentan burbujas inmobiliarias o alimentarias, o si facilitan la devastación de selvas vírgenes.

El mercado supone una dispersión de la gestión económica en cálculos particulares que impiden una reorientación conjunta de la economía cuando esta es necesaria, como ahora. Para el mercado no hay un futuro común que prevenir sino que este es sólo la frontera a conquistar mediante argucias financieras particulares y la inversión privada se ha convertido en una variante de la ludopatía. Así la complejidad financiera dista mucho de ser inteligencia económica, y al contrario, facilita la dilución de la responsabilidad: nadie vigila el porvenir. Urge preguntarse cómo debería ser el sistema económico que velara por el futuro de la sociedad y de la vida en el planeta en lugar de socavarlo.                     

3- Interiorizar los límites

El mercado nos ha cerrado el futuro con un muro de deudas, intereses, residuos y compromisos con el medio ambiente. Debemos pasar de la finanza-ficción a la economía real, de la explotación del planeta al trabajo en favor del mismo, y de la servidumbre a una progresiva liberación social. La regulación económica debería interiorizar los límites que sólo se hacen perceptibles mucho después de haberlos rebasado. Y para ello debemos empezar por responder hasta dónde es legítimo cobrar las deudas.

a) Los derechos sociales

Hay un punto en el que la deuda debe considerarse ilegítima: cuando su pago no afecta al lujo sino a los bienes básicos. La responsabilidad no puede caer por entero sobre quien contrae la deuda por muy irracional que haya sido su endeudamiento: ambas partes ganaban algo con el establecimiento del crédito. El riesgo que el inversor asume es precisamente lo que legitima su negocio. No puede aceptarse que el pago de la deuda de un país se haga a costa de los derechos sociales, ni es admisible que para pagar una deuda las personas vean socavados los mínimos vitales sin los cuales no son posibles los derechos humanos. ¿Qué función social cumple el crédito en tal caso? Si alguna utilidad económica tiene la posibilidad del crédito, entonces ha de prohibirse este exceso en su extensión y en su ejecución.

Las leyes deben limitar la posibilidad del embargo a los bienes que no afecten a un desenvolvimiento básico de los individuos. Los derechos sociales deben constituir el suelo económico que no pueda socavarse bajo ninguna excusa comercial. Por ejemplo, nadie debe carecer de una vivienda. Otra cosa es que deba renunciar a una vivienda de lujo para pasar a una vivienda social. Por supuesto, quedando saldada la deuda con la entrega de la primera. Y del mismo modo que  la figura del “concurso de acreedores” funciona rutinariamente cuando la realidad hace evidente la imposibilidad de que una empresa pague sus deudas, el propio estado debe tener la posibilidad de suspender ordenadamente sus pagos antes de deteriorar los servicios sociales y poner en riesgo los mínimos vitales de parte de la población. De lo contrario, una de las cosas que ocurren es precisamente que la población tiene aún más dificultades para salir adelante y pagar la deudas o al menos parte de ellas. Así se explica el reiterado fracaso histórico del Consenso de Washington, que vincula la “ayuda” financiera al cumplimiento de un castigo económico asfixiante. Sólo el fanatismo neoliberal o una imperial avaricia pueden explicar que se siga aplicando esa lógica, ahora en el seno de Europa, con la connivencia de un mercado global de capitales chantajistas que no se regula ni se fiscaliza. Cuando se presta a sabiendas de que el préstamo no podrá devolverse el objetivo sólo puede ser el control de la parte endeudada.

Lo que se está haciendo no es sino dar una patada hacia adelante al problema acrecentando la insostenibilidad financiera que tarde o temprano acabará en implosión por la acumulación de deuda e intereses sobre la deuda que ya era incobrable. ¿Por qué esperar a ese punto de colapso? ¿No sabemos lo suficiente como para entender que ha de llegar? Retrasar el fracaso de una inversión fallida no lo evitará sino que, al contrario, sólo dificultará las posibilidades de recuperación de alguna parte de la deuda, provocando una quiebra absoluta. ¿Entonces por qué no anticiparlo en las leyes financieras de modo que el cortocircuito llegue antes, antes de haber causado tanto sufrimiento y retroceso humano? Si ya desde la antigüedad era conocida la necesidad de condonar cíclicamente las deudas, ahora deberíamos legislar su limitación anticipada de modo que quien presta sepa de antemano que se atiene a esos límites económicos, unos límites que deben preservar a la sociedad de esa tendencia natural de los mercados financieros, (estudiada y de sobra conocida desde Marx hasta Stiglitz pasando por Hyman Minsky).

Los inversores deben saber que si llega el caso en que el pago de sus deudas requiere socavar los servicios sociales dejarán de cobrarlas, y deben tener presente esto en sus préstamos. Esto sí debe estar en las constituciones -justo lo contrario de lo que se está imponiendo-. Quizá así no se habría desatado una burbuja inmobiliaria y financiera como la que ahora se trata de cubrir a costa de la vida de todos. Qué fácil es apostar a precios irracionales para el futuro cuando el estado es garante de las inversiones en lugar de serlo de los derechos sociales.

En realidad, lo justo y lo conveniente para la sostenibilidad económica es hacer el camino inverso: establecer un mecanismo de cobertura legal de los derechos sociales que imponga una redistribución suficiente para ello. Carecer de esta regulación es la causa de los males actuales y de las dificultades para superarlos. Una verdadera “inyección de liquidez” en la economía sólo puede darse mediante redistribución de la riqueza, no a base de aumentar la deuda. La verdadera ayuda nunca es “financiera”. Las leyes fiscales deben tener la suficiente flexibilidad para que en todo momento sean cubiertas las necesidades básicas por parte de los demás beneficiarios del sistema, empezando por quienes más se han lucrado con los excesos que han conducido al desastre colectivo y que, por tanto, viven por encima de las posibilidades de la sociedad. ¿Por qué no establecer una renta básica europea que facilite la transición hacia economías estables sin penalizar cruelmente a los más vulnerables, los que menos responsabilidad han tenido en los desmanes provocados por los gobiernos, los reguladores y los especuladores?

Actualmente el estado no avala los mínimos vitales de los ciudadanos y ni siquiera nos garantiza un trabajo pero sí rescata a los bancos con dinero público. Eso significa que estos no están aceptando su riesgo inversor, y por tanto no es lícito el beneficio obtenido en el pasado: se trata de lucro que carga el riesgo sobre la sociedad, a costa de los derechos sociales, fomentando así el propio fallo bancario. Si el estado ha de avalar esa pérdida ¿qué responsabilidad pueden sentir los gestores sobre el riesgo en que incurren con los ahorros ajenos? Más aún, si en el caso de un banco la quiebra es inadmisible y ha de ser evitada con medios públicos ¿qué sentido tiene que sea un negocio privado? En la práctica la banca funciona de modo privado sólo para los beneficios, y cuando hay pérdidas es pública. Por fin sabemos quiénes eran los míticos funcionarios que supuestamente arruinan las arcas públicas: se ocultaban tras el título de banqueros.

Después del rescate a la banca para compensar la pérdida de valor de sus activos, ¿cómo se puede justificar que los hipotecados sigan pagando las viviendas al precio de hace unos años, un precio que oficialmente se da por irreal? Si el pinchazo de esta burbuja de precios nos lleva a compensar a la banca, ¿acaso no es un fraude masivo que las hipotecas sigan teniendo aquellos precios como referencia? Una vez tendida la trampa sobre el futuro hasta el punto de que algunos cazadores se han pillado los dedos en ella, se busca una salida para estos tramperos pero no para el resto de los atrapados.

Ante lo que está ocurriendo se debería exigir una condonación parcial de las hipotecas. Y en el caso de aquellas personas que sigan sin poder pagar su vivienda porque el mercado no es capaz de ofrecerles empleo, la condonación debe ser total, mediante la dación en pago y el paso a una vivienda social. A estas alturas ya será evidente para todo el mundo que el mal hipotecario no es dañino sólo para quien tiene una hipoteca.

Sin embargo no lo van a hacer. Las entidades financieras tendrían aún más problemas. Y aunque la economía real se viera estimulada con este alivio del gasto familiar, los partidos comerciales ya han demostrado lo poco que les importa esto por comparación a los problemas de quienes les financian y les perdonan las deudas. Si la condonación parcial no puede llevarse a cabo, queda demostrado lo injusto que es el actual sistema financiero y lo inconveniente que resulta para la sociedad. Por lo tanto tendríamos que ir un poco más allá y replantearnos el sistema mismo.

b) El fin de los intereses    

Cuando todo un estado cae en situación de insolvencia, eso es evidencia de que algo falla en el sistema y ha de modificarse el mismo. Las leyes han de anticipar mejor esa bomba silente que es la conquista financiera del porvenir. Ya se habla de muchas medidas imprescindibles para corregir esta situación, aunque los mandatarios zombies que siguen gobernándonos como prebostes de un tiempo caduco ni siquiera aplican estas primeras medidas obvias: separación de la banca comercial y la banca de inversión, (como se hizo tras la crisis financiera de 1929); creación de un impuesto a las transacciones financieras, (como lleva pidiendo Attac desde hace más de una década); eliminación de los paraísos fiscales, (que sólo pueden ser defendidos por la élite que se beneficia de ellos a costa de todos); y la creación de una banca pública permanente. Pero estas no dejan de ser medidas paliativas para un mal que se genera continuamente en una raíz que no se cuestiona.

Otorgar crédito no es un negocio como cualquier otro. La concesión de crédito equivale en nuestro sistema a la creación de dinero, (dinero crediticio), y a la elección del cauce para distribuir el mismo en la economía. ¿Por qué ha de tener esa prerrogativa sistémica un agente particular del mercado, (inevitablemente condicionado por sus intereses privados)? Quizá al igual que el estado tiene el monopolio de la violencia, (sujeto a los usos y restricciones determinados por la ley), también la función bancaria debiera ser monopolio del estado.

Actualmente ocurre justo lo contrario: el poder del dinero privado, concentrado en pocas manos en el proceso natural de acumulación propio del mercado, ha impuesto a la política un sistema financiero a su medida con unas leyes que favorecen sobremanera la economía especulativa: sin la competencia de una banca pública; nada de dación en pago ni de medidas públicas que eviten la ejecución de avales abusivos; un BCE que no puede prestar a los estados ni estimular la economía sino que vigila estrechamente el cumplimiento de una inflación determinada que no erosione los márgenes previstos por la banca; permisividad para la creación de incontrolables productos financieros de libre circulación internacional; baja fiscalidad para las rentas del capital, etc.

Se trata de un sistema perfecto para que la riqueza fluya hacia quienes menos la necesitan y menos interesados están en dar una utilidad pública a esa riqueza. En una economía abierta -abierta en canal a la globalización y a los paraísos fiscales- la acumulación de riqueza no equivale a inversión productiva. Si la demanda de un estado empobrecido no puede hacer rentable la inversión productiva, la riqueza acumulada por una minoría servirá para alimentar burbujas de precios o huirá del país incrementando el chantaje de “los mercados”. Gravar esta riqueza o su movimiento sería bueno por sí mismo -como ya señaló James Tobin- aunque no la necesitáramos para revertir la creciente desigualdad o para un Green New Deal.

Pero además el beneficio basado en el mero cobro de intereses no aporta ningún valor real a la economía sino que al contrario, la lastra. Por ello también debemos preguntarnos por la legitimidad y la utilidad de los intereses mismos, cuestionarnos la necesidad del tipo de interés prefijado en los préstamos. Estos hacen que todo préstamo sea en realidad una obligación de alimentar la especulación y el dinero sin respaldo en la economía real: se permite estipular legalmente el compromiso de devolver unos intereses sin condicionarlos a la generación real de un beneficio que puedan justificarlos. Al defender el pago de unos intereses preestablecidos la ley se inventa una “realidad paralela”, un compromiso no necesariamente sujeto a lo posible, desvinculado de cuál sea finalmente el verdadero resultado económico. Y, peor aún, cuando los intereses se aplican al crédito al consumo, incluido el consumo de vivienda, se agranda la ficción que de por sí introducen este tipo de créditos, (la apariencia de un poder adquisitivo que no existe), pues no se trata de una inversión productiva que pueda generar retornos para devolverlo, como bien demuestra el resultado de la inversión inmobiliaria.

La eliminación de los intereses permitiría la cordura económica, una mayor estabilidad y una menor desigualdad. Y por otro lado, los intereses vienen a unificar el problema de la deuda con el del medio ambiente: la necesidad de devolver intereses “esotéricos”, (desvinculados de la evolución real de la economía), fuerza un crecimiento económico insoslayable e indiscriminado que ejerce una presión  también creciente e insostenible sobre el entorno natural, como sobre el entorno social, con independencia de cuáles sean sus posibilidades reales. La economía es cíclica pero la deuda es rígida y los intereses la hacen multiplicarse precisamente cuando la economía falla y es necesario acudir a la refinanciación. Ante esta presión y la falta de medidas paliativas de la ruina económica, el miedo a la misma hace palidecer cualquier preocupación ambiental a los ojos de los ciudadanos y de los gobiernos.

Los prestamistas no deberían tener derecho a un interés preestablecido; sólo deberían obtener una participación porcentual en los beneficios condicionada a que los mismos se generen realmente en la actividad financiada. 
Los intereses hacen lagalmente firme una irrealidad. No debería ser aceptable el cobro de parasitarios intereses en la confianza de que un un contrato legal instituye ese beneficio con independencia de la marcha real de la inversión. Si se confía la responsabilidad de la gestión económica real a un tercero, ha de hacerse completamente, confiando en que genere retornos, o no hacerlo. De ese modo la economía real tendría la palabra principal en la rentabilización de las inversiones.

No es algo del otro mundo. Es, por ejemplo, la forma normal de entender los préstamos en la banca islámica [1] [2] en la que no hay intereses tal y como los conocemos, prefijados, sino que la rentabilidad está condicionada a la existencia de beneficios reales en las empresas financiadas, (además de tener restricciones éticas en sus inversiones, de acuerdo a sus valores). La banca sueca JAK también ha desarrollado un modelo de préstamo sin intereses muy extendido en su país. Incluso deberíamos tener la posibilidad de obtener créditos a interés negativo para aquellos proyectos que tengan un especial interés social, (algo que sólo puede hacerse mediante banca pública), lo que equivale a subvencionar una actividad pero en un esquema de responsabilidad compartida.

Ahora cualquier empresa está condicionada a que la banca también gane siempre con ella sin aportar ningún valor real a cambio e incluso en el supuesto de que la empresa fracase, al ejecutarse el aval (im)pertinente. Debería considerarse una negligencia económica del estado el hecho de que un proyecto socialmente interesante deba recurrir a préstamos con intereses, que siempre mermarán sus posibilidades. Si es bueno emprender ¿por qué el emprendimiento se condiciona con este lastre? El crédito debería ser ofrecido públicamente de modo transparente y democrático para que pueda orientarse por criterios éticos y de estabilidad. En contra de lo que suele opinarse, la ética es la mejor garante de nuestros intereses si pensamos en la sostenibilidad de los mismos. (Quizá no es casualidad que la llamada banca ética se esté convirtiendo en refugio creciente del ahorro).

La extendida fe en el llamado capitalismo popular -esa idea imposible, como si la desigualdad pudiera favorecer a todos a la vez- también hace su parte para que muchas personas crean que los intereses tienen un valor económico real para la sociedad, o incluso para que aspiren a vivir de las rentas. En la práctica este credo sólo sirve para justificar a la minoría pudiente que realmente sale ganando con ello. (Es necesario un cambio cultural). Los intereses suponen un trasvase continuo de riqueza desde la mayoría de la población y desde la economía productiva hacia quienes ya tienen mucho dinero, por el mero hecho de tenerlo y de mantenerlo escaso. Paradógicamente, junto al endeudamiento de muchos hoy en día existe una sobreabundancia de ahorro de otros buscando este tipo de rentabilidad improductiva por todo el planeta, (y ahora intentando hundir los servicios públicos europeos para hacer negocio con ello).

c) Más allá del subsistema económico

La especulación financiera con el futuro no es una mera “especulación filosófica”. Los compromisos legales de las deudas crecientes presionan las voluntades y acaban teniendo un impacto caótico sobre la realidad. Pero esa transformación real de nuestro entorno que ejecuta el mercado no responde a un futuro concebido como deseable sino al imperativo inexcusable de cumplir con la deuda financiera y sus intereses como prioridad absoluta -ahora constitucional-. Los derechos sociales y el equilibrio del ecosistema quedan supeditados a la deuda con los pudientes. Muchos están de acuerdo con ese crecimiento forzado, sádico y globalmente ciego porque parece productivo a corto plazo, y porque creen que nuestra inteligencia hará que el futuro sea siempre mejor (premisa necesaria para la devolución de intereses). La misma presunción que lleva a caer en el sobreendeudamiento y su crisis facilita que actuemos como si el ecosistema fuera invulnerable.

La deuda contraída con el medio ambiente (en forma de dependencia energética fósil y de daño ya “invertido”) ha ido tan lejos que será mucho más difícil de corregir que la deuda financiera. ¿Pero cuáles son los límites a interiorizar? Si lo que necesitamos es preservar la naturaleza de la que dependemos, tendremos que adaptar las pautas de funcionamiento de nuestra economía a las propias de esta naturaleza, es decir, asumir una suerte de biomímesis de los principios en los que se basa la estabilidad del ecosistema.

Muchos de estos principios ya son conocidos y aceptados teóricamente en el imaginario común pero sólo como “ideales” a los que tender, no como condicionantes o pautas necesarias. Se piensa en ellos como si fueran quiméricos y lo realista fuera seguir con el modelo actual. Por contra, lo que estamos haciendo es aumentar una deuda ambiental que en este caso no podremos dejar de pagar, y más aún, cuyo pago en forma de sufrimiento y miseria no devolverá el ecosistema al estado que necesitamos.

- La reutilización o el reciclado integral de todo lo que fabricamos, debería ser norma obligada a tener en cuenta desde el diseño mismo de todos los procesos de fabricación.
- Nada de lo que hacemos debería diseminar en la biosfera sustancias ajenas a su composición tradicional, haciendo prevalecer así el principio de precaución en lugar del de presumir su inocencia “mientras no se demuestre lo contrario”, (como ocurre con los transgénicos, o con los nuevos compuestos químicos que continuamente añade la industria).
- El consumo local no debería resultar más caro que el de productos desplazados miles de kilómetros. El dumping laboral, fiscal o ambiental no debería ser rentable.
- Una redistribución de la riqueza suficiente y garantizada públicamente en los países empobrecidos podría evitar que los hijos sigan entendiéndose como recursos -”un pan bajo el brazo”- aumentando la población constantemente.
- En contra de la visión que los valedores del mercado y la competencia intentan inculcarnos, la evolución ha seleccionado los logros de la cooperación y la simbiosis, y esto ha de tener su reflejo en una cooperación social que impida la exclusión y nos haga copartícipes del resultado, precisamente para mejorar nuestras posibilidades de avanzar.

Pero hay una pauta de conducta ubicua en la naturaleza que sin embargo se resiste especialmente a nuestra comprensión: el principio de suficiencia. El exceso en el empleo de energía es desestabilizador por sí mismo y tiende a introducir caos, (aunque esa energía surgiese de fuentes renovables). Otra forma de decirlo quizá más gráfica: el exceso de transformación a corto plazo trastorna el ecosistema cuyo equilibrio sólo se ha podido conformar a lo largo de un tiempo inmemorial. ¿Podríamos imaginar cómo sería el mundo si cada cual dispusiera de una fuente de energía ilimitada al servicio de sus deseos y sin conciencia del resultado conjunto? En parte eso es lo que hemos hecho en los últimos siglos consiguiendo con ello un calentamiento climático singular, no como los ocurridos en otras épocas sino de una velocidad que impide la adaptación de las especies.

Nuestra atávica ambición de una interminable expansión material nos lleva a suponer que cuanta más energía generemos y empleemos será mejor para nosotros. Por el contrario, el resto de los seres vivos no emplean toda la energía que serían capaces de desarrollar sino que aplican un criterio de suficiencia. Lo ideal no es obtener el mayor flujo de energía posible sino hallar el nivel óptimo. En cuanto a energía (transformación, trabajo) el criterio ha de ser el de suficiencia. Y en la actualidad la reducción del volumen de energía empleado debería ser prioritaria. De lo contrario nuestra victoria sobre la naturaleza será tan completa como suicida.

En general, debería ser posible la renuncia a determinadas formas de producción o al crecimiento mismo cuando este no pueda tener lugar sin impacto ambiental. Valga como herramienta de transición la excelente propuesta de la Economía del Bien Común. Pero para hacer posible un control consciente del modelo productivo que permita estos cambios, (empezando por salir del modelo basado en la construcción), son necesarios mecanismos de apoyo social como una Renta Básica de Ciudadanía, formación pública de calidad y el reparto del empleo. Necesitamos una economía sin víctimas ni verdugos precisamente para que pueda cambiar, avanzar o parar sin inercias destructivas.

En la práctica, la frontera del mercado es la vida por llegar. Socavar el futuro social o ambiental es el medio que utiliza el mercado para crecer más cuando alcanza sus límites en el presente, (salvo que se le condicione desde una amplia redistribución de la riqueza -una retroalimentación que lo haga perdurable- y una subordinación ecológica inexcusable). La expansión creciente en esta frontera temporal ha sido el medio para ocultar la insostenibilidad del mercado libre durante las últimas décadas. El recurso al endeudamiento viene a ser una especie de inflamación de los desequilibrios propios del mercado utilizando el futuro como combustible. Pero tarde o temprano llega el colapso. Cuanto antes paremos su avance, menor será el daño de su implosión. Y al igual que ocurre con la miseria extrema y la ayuda humanitaria, no parece que pueda resolverse eficazmente mediante opciones individuales concienciadas dentro del sistema un problema que se genera continuamente por un “defecto” legal del mismo. El compromiso debe encaminarse sobre todo al cambio sistémico y a la comprensión generalizada de su necesidad (la difusión de las ideas, la información y el conocimiento). El cambio ha de ser político y el resultado común y vinculante.

Quizá lo que nos falta es precisamente una proyección compartida sobre el futuro deseable. Cuando no sabemos en qué consiste el bien social hacia el que debemos tender, el terreno queda libre para los oportunistas que se adelantan para tomar posiciones en el mercado del futuro. Si la posmodernidad nos ha dejado en manos de quienes sí han mostrado una fe ciega, la fe en el lucro particular, la solución para recuperar el futuro pasa por recuperar el pensamiento utópico. La renuncia al dogmatismo y al autoritarismo no debe implicar la renuncia al utopismo. Basta con que lo debatamos y lo decidamos colectivamente. Quizá por primera vez tenemos medios para hacerlo de un modo participativo, sin necesidad de elegir entre unos pocos líderes o unas pocas opciones predefinidas.

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Seguidamente recopilo algunos artículos y enlaces que permiten comprender mejor lo que está ocurriendo y reflexionar sobre ello (distintos de los enlazados a lo largo de la entrada):

El europeísmo ingenuo
¿Qué revela y oculta la crisis financiera?
Auditar la deuda y repudiar la ilegítima
El gran despilfarro: La crisis bancaria en España

La deuda
La fábrica del hombre endeudado
el interés es una herramienta creadora de desigualdad”
Secretos del dinero, interés e inflación
Nuevo informe sobre bancos españoles que invierten en el sector armamentístico
Grecia, de la cuna al futuro de Europa
La insostenibilidad de las deudas soberanas  
La estructura del poder económico y financiero global
Sobre el rescate a España:
La letra pequeña del rescate a España
Rescate: Se consuma el engaño
¿Afecta el rescate al déficit?
El rescate traerá más recortes y no sirve para salir de la crisis
El recorrido del ’no debemos’ al ’no pagamos’
¿Hay que pagar la deuda?
Auditoría ciudadana
Plan de rescate ciudadano:


Sobre Bankia:
Por qué (casi) nadie quiere investigar Bankia
15mPaRato
Bankia: un fracaso sistémico
Sobre el ecosistema:
- La insostenibilidad del paradigma económico actual. Parte I y Parte II
- Plan de emergencia para la Tierra. Informe aparecido de Nature, en el que participa el CESIC, donde se explica que “Los humanos estamos provocando cambios que podrían llevar a un nuevo estado planetario”:
- Cuando la economía y el capitalismo se tiñen de verde
- Doce millones de hectáreas se pierden cada año a causa de la desertificación

Documentales:
- Deudocracia
- Mis Ahorros, Su Botín
- Overdose
- Salvados: Al borde del rescate
- Salvados: Bancos, del crédito al descrédito
- El poder del dinero. Documental donde se pone en tela de juicio la confianza en las expectativas racionales de los individuos aislados como forma de orientación económica.
- La dignidad de los nadie. Argentina. Pino Solanas. 2005
- Microcreditos
- Charla sobre decreciiento en la que se explica la vinculación entre los intereses bancarios y la necesidad de un crecimiento forzado y sin contemplaciones climáticas o sociales, y se propone la biomimesis como inspiración para un sistema económico alternativo.
- En transición. De la dependencia del petróleo a la resiliencia local
- 100% hecho de basura. El principio de cradle to cradle, (de la cuna a la cuna o La basura es alimento), no debería quedarse en una mera recomendación confiada a su rentabilidad como han sugerido sus promotores sino un principio de obligado cumplimiento en todos los procesos de fabricación.
- Gráfico animado de dos minutos sobre la evolución de la temperatura en el planeta en los últimos 200 años.
- ¿Cómo desaparece un glaciar?
- Sistema Gaia. Grupo de trabajo en la red social autogestionada N-1 en el que abordamos la posibilidad de una alternativa económica subordinada al ecosistema.