31 dic. 2014

Bienvivir autónomo, compartido y sostenible


Recopilo en esta entrada los enlaces a los cuatro textos que he escrito para el blog de la asociación Autonomía y Bienvivir en 2014.



¿Por qué elegimos esta forma desequilibrada de trabajar que consume el tiempo y la vida emocional de unos mientras otros quedan excluidos haciendo cola, y que ambiciona la ampliación de posibilidades para el futuro mientras degrada su base natural insustituible?

Divido el texto en cinco partes:
  • El hastío de la actividad heterónoma
  • La apatía de la pasividad heterónoma
  • El disfrute de la pasividad autónoma
  • El apasionamiento de la actividad autónoma
  • La fertilidad de una sociedad autónoma

Política y autonomía


La autonomía no ha de identificarse con la desvinculación respecto al medio social en el que vivimos. Más bien es la sociedad la que define y da contenido a la posibilidad (y a veces al mandato) de actuar con cierto grado de independencia. Y esto lo hace a través de la política. ¿Qué clase de autonomía queremos concedernos entre todos? Esa sería la pregunta pertinente. La emancipación respecto a poderes públicos y privados dependerá de que logremos el consenso político necesario para que esta posibilidad sea valorada o al menos tolerada. Y esto nos lleva a la necesidad de definir una política para la autonomía. ¿Por donde empezamos?

Divido el texto en cinco partes:
  • Del desarraigo a la autonomía
  • Economía para la convivencia
  • Política para la autonomía
  • Política desde la autonomía
  • Cultura y autonomía

Clima o exclusión


A menudo se nos pone en la tesitura de tener que elegir entre clima o economía, como si sólo hubiera una forma de entender la economía, la actual, y renunciar a ella implicase renunciar a la subsistencia. Sin embargo, la verdadera disyuntiva está entre clima o exclusión. Si decidimos mantener la exclusión, difícilmente podremos optar por mantener un clima habitable: siempre hará falta intentar crecer para crear nuevo empleo, y agravaremos el desastre que ya estamos provocando en lugar de facilitar una adaptación razonable.

Inclusión básica universal


Complementando las demás formas de inclusión con una Renta Básica daríamos cumplimiento efectivo a los derechos económicos y podríamos afrontar uno de los problemas esenciales de nuestra sociedad: una falta de libertad que nos lleva a ser irresponsables con el futuro común; carecemos de libertad para no buscar más crecimiento económico. 

En lugar de compensar la desigualdad con nuevo crecimiento necesitamos una verdadera redistribución que garantice lo básico, decreciendo en lo excesivo y en lo insostenible, y posibilitando otras formas de prosperidad. La RB nos permitiría disminuir el consumo de recursos energéticos y materiales finitos sin que ello provocase exclusión social en la transición o en el reparto del trabajo restante. Esta disminución dependerá de otras herramientas pero no será viable sin cohesión social, sin una estructura de inclusión adaptativa.

Divido el texto en tres partes:
  • Redistribución sin crecimiento
  • La inclusión: uniendo las partes
  • Instituir la libertad


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16 dic. 2014

El gobierno ya es historia

El presidente del gobierno español ha dicho que “la crisis ya es historia”. Es probable que después le hayan apuntado discretamente que quizá alguien esté un poco molesto por sus declaraciones, quizá algún padre de esos niños empobrecidos de nuestro país. Pasados unos días ha matizado que la crisis sí pero que las “secuelas” de la misma todavía no han pasado. De ese modo, aun con la corrección, deja claro que la crisis de la que hablan no es la penuria económica de millones de personas. Queda claro que la crisis no consiste en que muchos dependan de míseros subsidios, (esa ayuda cicatera que se aprueba a la par que se da por zanjada la crisis). Queda claro que ese sufrimiento no lo consideran una crisis sino un efecto colateral de la misma. Quienes no pueden emanciparse ya no podrán esperar que la lucha contra la crisis les otorgue más posibilidades. Ya ha terminado y ahí siguen los desahucios, el paro y la exclusión social. Todos ellos tendrán que esperar a la lucha contra las “secuelas”. Una vez más nos han mostrado qué es lo que se considera “crítico” y qué es lo subordinado, lo que se puede sacrificar. Las personas y el medio ambiente del que dependemos se supeditan a la recuperación de los dividendos de quienes ya viven bien, a los intereses de quienes “invierten” en préstamos sin riesgo, y sobre todo, al crecimiento económico (o antieconómico).

La doctrina dice que sin crecimiento nuestro sistema productivo no puede ofrecer a todo el mundo el sustento material necesario para una vida autónoma. ¿Pero de verdad hay alguien tan cándido como para creerse esto? ¿No es un claro dogma político? En lugar de compartir mejor el trabajo y sus frutos, un montón de gente humilde ha rescatado a quienes financian a los partidos, y ahora un ejército de trabajadores permanece en la reserva ansioso por arrojarse a los pies del primer inversor que ofrezca un contrato de cero horas. Ante esto el presidente representante espera que todos gritemos con él ¡Albricias!, la crisis ya es historia. Luego se girará hacia sus amigos y dirá:

¡Inversores! ¡Mirad la nueva zona en ruinas con todos aquellos menesterosos rebuscando en la basura! ¡Adelante! A falta de nuevos solares, hemos quemado otra parte del mundo para que podáis renovar el progreso. ¡El progreso!

 
Y ante la mención de este sumo hacedor (de invisible manufactura) los demás inclinamos la cabeza sobre nuestro trabajo imaginando el rutilante futuro, mil veces anunciado, mientras luchamos por evitar la zona más quemada.

Pero explicar a los trabajadores… 

Pero convencer al proletariado de que la palabra que se les inoculó es perversa, de que el trabajo desenfrenado al que se entregó desde comienzos del siglo es la calamidad más terrible que haya jamás golpeado a la humanidad, de que el trabajo sólo se convertirá en un condimento de placer de la pereza, un ejercicio benéfico para el organismo humano, una pasión útil para el organismo social en el momento en que sea sabiamente reglamentado y limitado a un máximo de tres horas por día, es una tarea ardua superior a mis fuerzas.
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A medida que la máquina se perfecciona y quita el trabajo del hombre con una rapidez y una precisión constantemente crecientes, el obrero, en vez de prolongar su descanso en la misma proporción, redobla su actividad, como si quisiera rivalizar con la máquina. ¡Qué competencia absurda y mortal!
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Todos nuestros productos son adulterados para facilitar el flujo y reducir las existencias.
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Los proletarios, prestando atención a las falaces palabras de los economistas, se han entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, contribuyendo con esto a precipitar la sociedad entera en esas crisis industriales de sobreproducción que trastornan el organismo social. Entonces, como hay abundancia de mercancías y escasez de compradores, se cierran las fábricas, y el hambre azota a las poblaciones obreras con su látigo de mil correas.
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Si desarraigando de su corazón el vicio que la domina y envilece su naturaleza, la clase obrera se alzara (...) para forjar una ley de hierro que prohibiera a todo hombre trabajar más de tres horas diarias, la Tierra, la vieja Tierra, estremeciéndose de alegría, sentiría agitarse en su seno un nuevo mundo...
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¡Oh Pereza, apiádate de nuestra larga miseria! ¡Oh Pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé el bálsamo de las angustias humanas!

El derecho a la pereza (1880) Paul Lafargue

Por alguna extraña razón, en los albores del nuevo siglo se nos vendió la idea de progreso a través de un capitalismo decimonónico que nació con su fracaso social como parte disimulada de su propia rutina. Tras el último golpe cabría decir que “ya es historia”, definitivamente. Pero parece ser que desastres sociales como los que justificaron la caída del muro de Berlín no sirven para que sus restos caigan ahora hacia el otro lado, derribando esa
Plantemos sobre los muros
lógica definitivamente. Sus acartonados representantes siguen ahí, al frente de las potencias mundiales, alternando siglas para disimular lo que permanece, lo que les une en el fondo. La competición internacional en pos del crecimiento económico, público o privado, va encendiendo todas las alarmas de la naturaleza y de la sociedad, y en ellas se nos dice: Exit, salid o echadles. A los ojos del público paciente estos gobernantes ya son historia, pero continúan como prebostes de un tiempo caduco, reivindicando la tierra quemada con la sonrisa culpable y el orgullo falso de quien apaga el fuego que él mismo prendió.
 

Ni el siglo XIX ni el siglo XX pueden ser ya referentes válidos. Cualquier opción que no pase por reducir el tamaño actual de nuestra economía para buscar su escala óptima, no será un avance sino un claro retroceso, una conducta de evitación ante la complejidad de los nuevos retos. Ahora necesitamos pensar en la forma; el crecimiento “ya es historia”. Avanzar hacia una Economía del Estado Estacionario no implica renunciar al progreso tecnológico sino gobernarlo en favor de la autonomía de las personas, sin exclusión, y en favor de la sostenibilidad futura, en lugar de dejarnos llevar como si sólo fuéramos una costosa pieza en un proceso autorregulado. Ya no nos servirá que quien recoja el testigo de los gobiernos acabados nos diga: nosotros reconstruiremos este erial porque nosotros somos mejores constructores.

Constructores...

Va quedando cada vez menos tierra, y quizá algún día tendrán que decir, altivos entre las ruinas y la ceniza: El colapso ya es historia. Lo que veis son sólo secuelas.


El crecimiento antieconómico

Todo esto me ha recordado una estupenda serie de artículos de Javier Rodríguez Albuquerque en La Marea:


“Que no nos digan que somos utópicos, porque la utopía es precisamente empecinarse en mantener el pleno empleo a 40 horas semanales, cuando enormes fábricas automatizadas emplean 10 operarios donde antes se ocupaban un millar. (...) Se necesita un cambio de mentalidad, el abandono de los valores puritanos laboralistas del protestantismo nórdico, que si bien fueron útiles para realizar la Revolución Industrial, ahora, se han convertido en la causa del paro”.

Del paro al ocio (1983) 
Luis Racionero

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