10 mar. 2015

La naturaleza de la actividad voluntaria - Corolario recreativo. (Reflexiones accesorias)

- El lamento del trabajador colaboracionista. (Casi todos lo somos en alguna medida):

Si alguna de aquellas mañanas me hubiera quedado en la cama retozando con mi pareja, o quizá esperando a que algún niño pequeño se metiera entre ambos para prolongar el sueño un poco más, o para iniciar un guerra de cosquillas, en lugar de haber ido a trabajar a la oficina del banco, colaborando en una estafa masiva, sin duda habría estado cultivando vínculos y emociones de valor superior al producto bruto de mi actividad laboral.

Quizá después de aquel perezoso y gozoso despertar habría sentido una genuina curiosidad por lo que ocurre en el mundo y me habría preguntado por qué esta sencilla felicidad no es lo que predomina en él; por qué hay tanta codicia, violencia, destrucción y obsesión productivista. Quizá habría querido empezar a colaborar en alguna forma de intentar arreglar ese desaguisado. Esto último es sólo una posibilidad, pero es una posibilidad que el trabajo en la oficina no me ofreció.


- Psicología de la dependencia, (y las puertas de salida)

  • La cuna instrumental - Hace años se puso de moda una guía para adiestrar a los bebés en el distanciamiento afectivo programado con la disculpa de que aprendieran a respetar las horas de sueño de los padres. Parece ser que la atávica necesidad de los recién nacidos de permanecer junto a sus padres, que sólo pueden expresar mediante el llanto, interfiere demasiado en las rutinas de la sociedad instrumental, enfocada a la maximización de la eficiencia. El maltrato infantil cobró así nuevas formas de aplicación (alejadas de los brutales castigos de otra época) y se reconvirtió, según los criterios de la actualidad, en una ingeniería de la conducta con marchamo científico aplicada sobre quien no puede replicar con argumentos. Emitamos un aséptico ¡puaj!

    Por oposición, podemos citar algún ejemplo como este otro punto de vista del pediatra Carlos González: Bésame mucho. Como se ha comentado anteriormente, entre los expertos hay escuelas de pensamiento muy diversas, y la promoción comercial de unas sobre otras no es fruto de la certeza ni garantía de la misma. Aquí se explica mejor: El debate científico sobre la realidad del sueño infantil.

  • Educación para la fobiosofía - El experto en las relaciones entre educación y creatividad Ken Robinson explica en esta charla algo que casi todo el mundo ha experimentado al pasar por el sistema educativo predominante: que este “mata la creatividad”. En realidad es algo más profundo que un problema con la innovación: se actúa contra la iniciativa de los educandos; se demoniza la libre expresión de sus capacidades, (algo más sustancioso que la mera libertad de expresión); se debilita la asertividad y se acaba provocando justo lo último que debería ocasionar el sistema educativo, el hastío en el aprendizaje. 

    En la educación industrial, a su vez heredera de la instrucción militar, el objetivo no es el aprecio del conocimiento sino la asunción “sin rechistar” de aquel conocimiento y de aquella forma de aprender que resultan funcionales al sistema productivo o al mercado.  El efecto resultante es que el placer y la necesidad de aprender se transforma en pesadez, con el peligro de no poder romper esa asociación de por vida.


Existen métodos diferentes que permiten y alientan el aprendizaje autónomo, el aprendizaje para la libertad, que es lo mismo que decir el aprendizaje para la responsabilidad. Lo cual no implica abandono o desatención, pero la relación profesor-alumno no es tal si el primero es un mero informador, como si la información no fuera accesible y dependiéramos aun de la transmisión oral, (aunque en realidad esto es un residuo de su función como instructor para la obediencia mediante el condicionamiento operante). Tendría más sentido asociar el papel del profesor al del artesano, (tan inasible a los métodos burocráticos), en el que este tiene un margen de libertad para aprender con su práctica. ¿Cómo va a transmitir el valor del aprendizaje alguien que a la vez no está aprendiendo? Sin entrar en cuál de estos métodos es el mejor (y seguramente no deba prevalecer uno), lo que está claro es que necesitamos cruzar la puerta que deje atrás la oscura habitación del aula concebida para la burocracia del mercado.
  • El coaching motivacional como tapadera - Ya como adultos, la actividad habitual puede volverse contra uno convirtiéndose en una rutina tediosa y desalentadora, lejos de cualquier idea de vitalidad que haga aflorar lo mejor de las personas, su expresión, su creatividad o su iniciativa. Un síntoma de esto es que a veces se busca la motivación por sí misma. Sabemos del “valor añadido” que la motivación imprime a todo lo que hace quien la “posee”, y nos preguntamos por qué no nos motiva lo que hacemos, (lo que debemos hacer). Así se pone de moda el adiestramiento -“coaching”- para motivar, en un intento de violentar la realidad, dando por hecho que la motivación no es algo relacionado con la valoración de la actividad que haga el sujeto sino que es posible “adquirirla”. Con ello se evita cuestionar el sistema: el fallo está en nosotros, y los entrevistadores de las empresas, que han estudiado psicología industrial, juzgarán el encaje laboral de tus emociones, no tu salud mental.

Del otro lado, también es habitual incurrir en el error de confundir motivación con ganas de hacer algo. Pero la apetencia nos deja en el mundo de la impulsividad; un mero reactivo manipulable. La actividad implica voluntad; consiste en actos que requieren esfuerzo y control. ¿Dónde está el puente que une la motivación con la actividad, con lo que es necesario hacer? Aquí es donde entra el componente reflexivo, incorporado en la noción de voluntariedad. Comprender la necesidad de hacer algo, haber llegado por uno mismo a la conclusión de que sería bueno hacer eso, es clave para sentir que merece la pena. El puente está en la evaluación propia, independiente, que aporta motivos. La clave está en la ética, (que, a su vez, no es un conjunto de reglas sino una actividad).

Entre hacer lo que me manden y hacer lo que me da la gana, cabe hacer lo que me parece bien. Las dos primeras opciones son comportamientos heterónomos. La tercera expresa el cultivo de la autonomía: la acción decidida por la valoración independiente. La libertad no está relacionada con la apetencia sino, al contrario, con la posibilidad de controlar nuestras decisiones y nuestra conducta. La verdadera madurez nace del sentido de la responsabilidad. Ni la obediencia (laboral) ni la apetencia (consumista) nos harán felices. Por eso, si pretendemos un futuro mejor, este estará centrado en la actividad voluntaria.


- El mito del vago.

Cubiertas las necesidades más básicas, en estado de relajación, en todas las personas surge la inquietud por ver cambios en su entorno y en sí mismos, sean culturales, científicos, sociales o del tipo que sean (aunque esto se vea rebajado, como hemos visto, por una educación para la subordinación instrumental que no apela al sentido crítico y a la autonomía del pensamiento, una educación industrial desfasada). La indolencia no es sino el síntoma de la desmotivación ante trabajos no valorados e impuestos por otros o por las circunstancias sociales, o ante la represión de toda iniciativa.

Desde esta óptica quizá podríamos aventurar una interpretación del fracaso social de la URSS (con independencia de otras causas más determinantes de su caída como imperio competitivo con occidente, digamos, la obsesión armamentística). Ese fracaso social no tuvo lugar por su igualdad económica de partida, que por sí misma no tiene por qué desincentivar la iniciativa humana, esa iniciativa que se desborda en multitud de formas de actividad voluntaria a la menor oportunidad. Que nadie interprete que estoy reivindicando aquí un igualitarismo económico como aquél o la supresión de todo mercado, pero no es verdad ese mantra neoliberal según el cual la igualdad nos 'desincentiva', un dogma paternalista y dictatorial donde los haya. Según lo que hemos expuesto, ese fracaso social se habría dado por la represión política de la iniciativa, por no reconocer y dotar económicamente las iniciativas ciudadanas (individuales o colectivas), por la falta de democracia a la hora de decidir esa asignación de recursos, y por la falta de libertad de conciencia. También, por qué no, por la negativa a aceptar la posibilidad de que las personas se conformen en lo económico, y sus iniciativas tomen otros caminos una vez cubiertas las necesidades básicas. Eso no ayuda a construir un imperio competitivo.

La ‘libertad’ del mercado tampoco admite romper ese tabú que vincula virtud y producción. No es una libertad de las personas. Hasta cierto punto puedes elegir diferentes opciones de producción y consumo, pero se combate tu conformidad, y se desprecia la decisión de cuánto tiempo quieres dedicar a tu actividad voluntaria. La represión económica se encarga de ello y el planeta se ve así consumido por el productivismo, especialmente donde menos necesario es este, precisamente donde abunda la opulencia. Es hora de que el muro de Berlín termine de caer, hacia los dos lados.


- ¿Y si alguien se conformara? ¿Implicaría la introducción de una Renta Básica desincentivar la actividad económica o fomentar una actitud improductiva?

Si alguien se conformara sólo con una cantidad equivalente al umbral de la pobreza, en realidad deberíamos admirar esa frugalidad, esa capacidad para subsistir con lo mínimo sin pretender hacerse con una parte mayor de los recursos del planeta o de lo que podemos producir utilizando los mismos. Esa auténtica y difícil austeridad no debería haber pasado a verse como algo diferente a una virtud, por muy improductiva que sea. Hay que tener en cuenta que el riesgo más importante para la humanidad en este momento se debe precisamente a la sobre-explotación de los recursos naturales, a la sobre-producción en aras de nuestras ambiciones materiales mucho más allá de lo necesario para una subsistencia digna.

En realidad predomina lo contrario, un exceso de ambición económica, en gran medida por una cultura mercantil que enseña a intentar satisfacer necesidades que requieren actividad, implicación e iniciativa con bienes de consumo; una cultura que a menudo identifica la realización personal con el estatus profesional y que además suele medir este por los ingresos; una cultura que, por ejemplo, identifica el éxito y la admiración social con la prosperidad material -demasiadas personas aspiran a ser clase media alta y a que los demás observen ese progreso personal-.

En cualquier caso, si la sociedad decide mayoritariamente que no es aceptable cobrar sin trabajar, debería garantizar la oferta de un puesto de trabajo más allá de las posibilidades de un mercado siempre insuficiente, (mediante la organización de su reparto o mediante una garantía pública de empleo), en lugar de tolerar indefinidamente la exclusión debida a esa insuficiencia del mercado. La renta debe ser un derecho; la provisión de empleo una obligación de la gestión pública. Sólo bajo este orden de cosas sería justificable que el cobro de una renta mínima se condicionase al desempeño de un trabajo.

La mediocridad intelectual de quienes consideran que las personas sólo anhelamos comodidad y debemos ser máquinas de lucro, sin otros valores que alimenten nuestros actos y nuestros esfuerzos, (esa pésima antropología filosófica que se denuncia al final de este artículo sobre Renta Básica), no debería impregnar las decisiones políticas pensadas para todos.

Es bastante tonto que la llamada teoría del gorrón limite la política a un castigo “antigorrones” para todos. La conducta insolidaria no es la de quien se conforma sino la de quien acapara demasiado. Aun así el verdadero problema no está ni en uno ni en otro sino un sistema inadaptado a nuestras verdaderas necesidades y a los límites del planeta.


- ¿Y si en realidad nos gusta trabajar?

Es moneda común pensar que los seres humanos somos refractarios al trabajo, pero a menudo  ocurre lo contrario, y no me refiero a los que se conoce como adictos al trabajo sino a lo que se hace cotidianamente como lo más normal. En ausencia de presiones excesivas o de muy mala relación con los compañeros, y con un sueldo aceptado, a menudo el trabajo resulta una especie de alivio, el lugar en el que uno se centra en cumplir con una rutina conocida, con la que se puede sentir relativamente seguro y que le mantiene distraído de otros problemas personales o dilemas existenciales, y todo ello con la sensación de estar cumpliendo con su deber, cosa relajante.

De hecho el problema puede estar precisamente en que se descargue el sentido de la responsabilidad hacia la sociedad en el cumplimiento con una rutina sin cuestionarse el funcionamiento de la "maquinaria" que nos emplea o su rumbo. Si además la jornada absorbe casi toda la energía del trabajador, a este no le queda mucha disposición para plantearse otros problemas sociales o para implicarse en su solución, a pesar de que esos problemas condicionen su vida, como la de todos.

El trabajo entendido como el cumplimiento con una actividad pre-programada socialmente, en cuyo origen y motivación uno no ha intervenido, puede actuar como una forma de meditación evasiva que desatiende la realidad y a pesar de ello relaja la conciencia por el sacrificio que implica. Así queda relegada o enteramente olvidada la responsabilidad sobre nuestro rumbo colectivo y sobre la dirección del mismo más allá del pequeño ámbito de decisiones que exija el puesto de trabajo. El rumbo de la economía queda en manos de quien la dirige.

Esta forma relajante y elusiva de entender el trabajo es asociable a lo que se explica en la película La Ola y a lo dicho sobre el virus del fanatismo: la necesidad de socialización y la angustia ante cuestiones que no comprendemos hace que delegar las decisiones en el grupo (o en la sociedad, o en sus líderes) sea una alternativa psicológicamente cómoda aun cuando exija una dura entrega activa.


- El engaño productivo

Con la llegada, a partir de los años 70, de la represión económica (que suele conocerse como neoliberalismo) la productividad siguió aumentando pero los salarios reales se han mantenido estables. ¿Quién se ha quedado con la diferencia? El paro, la pobreza, la exclusión social y las largas jornadas de trabajo en condiciones cada vez más precarias son claramente fruto de una elección política, no una fatalidad económica.

“Desde hace varias décadas, los ingresos de la mayor parte de los trabajadores comunitarios han progresado, cuando lo han hecho, menos que el índice de productividad.” Fernando Luengo - La falacia del vínculo salarios-productividad

Gráfico para los datos de EEUU:
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Téngase en cuenta que además la desigualdad entre salarios también ha crecido, por lo que el salario medio es un indicador engañoso.

Los males propios de la desigualdad y el enriquecimiento sin límite implican un coste de oportunidad para el conjunto de la sociedad que pagamos en forma de infelicidad. Lo explica bien Marco Antonio Moreno en este artículo: Economía y políticas sociales, ¿cuánto necesitamos para ser felices?

Cuatro artículos más:

“Para abordar la aparente contradicción entre la urgente necesidad de crear empleo en nuestra economía y los riesgos ecológicos asociados a un mayor crecimiento material, es necesario avanzar en el debate de la distribución de la renta, la riqueza y los recursos económicos. Frente a la lógica de crecer debe imponerse la lógica de distribuir.
Una política económica verdaderamente encaminada a crear empleo y a hacerlo reconvirtiendo en clave de sostenibilidad el modelo productivo, debiera pasar por una reducción generalizada de la jornada laboral. De hecho, no sólo hay que reducir, sino también reorganizar la jornada laboral para asegurar a todo el mundo el acceso a un empleo remunerado que garantice tanto una renta adecuada como el desarrollo de una vida social plena.“

“En el año 1930, John Maynard Keynes predijo que, para finales de siglo, la tecnología habría avanzado lo suficiente como para que países como Gran Bretaña o los Estados Unidos hubieran conseguido una semana laboral de 15 horas. Hay muchas razones para creer que estaba en lo cierto. En términos tecnológicos, somos muy capaces de ello. Y sin embargo no ocurrió. En lugar de eso la tecnología ha estado dirigida, en el mejor de los casos, a descubrir formas de hacernos trabajar más a todos. Para lograr esto se han tenido que crear empleos que son, de hecho, inútiles. Gran cantidad de personas, en Europa y Norteamérica en particular, pasan toda su vida laboral desempeñando tareas que, en el fondo, creen que realmente no es necesario llevar a cabo. El daño moral y espiritual que resulta de esta situación es profundo. Es una cicatriz en nuestra alma colectiva. Sin embargo, prácticamente nadie habla de ello.”

Algunas claves para mantener la vida: “En una sociedad que, debido a los límites físicos, tendrá que aprender a vivir bien con menos, que deberá adoptar un modelo de producción y consumo más sobrio y equitativo, hay que reflexionar sobre qué trabajos son social y ambientalmente necesarios, y cuáles son aquellos que no es deseable mantener. La pregunta para valorarlos es en qué medida facilitan el mantenimiento de la vida en equidad.”
Yayo Herrero

" Rafael Sánchez Ferlosio, en un estupendo artículo para El País, escribía que “la exaltación del trabajo como virtud moral se desarrolló como la más perversa pedagogía para obreros. Es decir, la exaltación del trabajo sin determinación de contenido es en sí misma la exaltación del trabajo-basura".
“En Why work? Dorothy Sayers afirmaba ya entonces: “El  hábito de pensar en el trabajo como algo que uno hace por dinero está tan arraigado en nosotros que nos cuesta imaginar el cambio revolucionario que supondría pensar en él en términos de labor realizada. Hacerlo implicaría adoptar la misma actitud que reservamos para el trabajo no remunerado –aficiones, intereses, las cosas que hacemos por placer (…) Una sociedad en la que el consumo tiene que ser estimulado artificialmente con el fin de mantener la producción es una sociedad fundada en la basura y los desechos, una sociedad así es como una casa construida sobre arena.”

El empleo



- Voluntariado en la actualidad

El informe sobre el estado del voluntariado en el mundo de la ONU define el voluntariado como “el trabajo no obligatorio y no remunerado que usted haya realizado, es decir, al tiempo que usted dedicó a la realización de actividades a título no oneroso, ya sea a través de organizaciones o bien directamente, para otras personas ajenas a las de su propio hogar”
“La acción de los voluntarios se desarrolla en todo el mundo y es inmensa. En muchos lugares, y de formas muy distintas, se está cuantificando el voluntariado en toda su diversidad y teniendo en cuenta la enorme riqueza de sus manifestaciones.”
“Esta información, sin embargo, debe utilizarse con cautela y de forma conjunta con otras herramientas de medición de los, hasta el momento, “efectos no cuantificables” del voluntariado, como sus repercusiones sobre el capital social, la cohesión social, el desarrollo personal y el empoderamiento. Es preciso desarrollar este tipo de herramientas de medición con el fin de posibilitar una descripción plena de lo que representa el voluntariado y su auténtico valor”
“un punto clave, uno que figura de forma destacada en la legislación intergubernamental de la última década, es que el voluntariado no debe suplantar las acciones que son responsabilidad del estado. No obstante, los gobiernos y otras partes interesadas de la sociedad civil, el sector privado y los organismos de desarrollo internacionales sí desempeñan un papel vital a la hora de promocionar y propiciar un entorno en el que el voluntariado pueda prosperar.”
“Ante todo, el voluntariado trata de las relaciones que pueden establecerse y mantenerse entre los ciudadanos de un país. Genera un sentimiento de cohesión social y fomenta la resistencia a la hora de enfrentarse a los problemas mencionados en este informe.”
“Las personas no solo actúan motivadas por sus pasiones y el interés propio sino también por sus valores, sus normas y sus creencias”

El informe aporta información y puntos de vista interesantes. No obstante cabe objetar el estudio del voluntariado como un “recurso sin explotar”, quizá asumiendo preconscientemente conceptos desarrollistas convencionales y una política dirigida desde arriba. En lugar de ello, su verdadero futuro está en que sea una posibilidad en manos de los ciudadanos. Por un lado, decidiendo sobre la orientación de la actividad propia, lo cual no sólo señala los problemas y las posibles mejoras sociales sino que mejora la autonomía y la motivación de quienes participan. Y por otro lado, decidiendo colectivamente cómo dotamos de recursos a la actividad voluntaria.

“Los tiempos y ritmos de nuestro día a día hacen que conjugar trabajo, vida personal y además voluntariado sea complicado.” Pero “Existen multitud de opciones para canalizar la inquietud de colaborar voluntariamente, y muchas organizaciones y causas en las que implicarse, sin importar el tiempo del que dispongamos.”


- La singularidad del trabajo voluntario.

Para acabar, merece la pena destacar que el trabajo voluntario puede aportar algunas mejoras respecto al trabajo comercial en determinados ámbitos hasta hace poco totalmente mercantilizados. En terrenos como la cultura o el software libre tiene ventajas sobre el trabajo pagado, como la independencia de criterio o el carácter libremente acumulativo del conocimiento. Cualquier aportación exenta de todos o de algunos derechos de propiedad intelectual pasa a ser patrimonio de la humanidad, y como en los casos de la Wikipedia y el software libre, cabalga a lomos de la voluntad histórica empujada por todos aquellos que quisieron poner su parte.

También la base cooperativa de este tipo de trabajo puede suponer algunas ventajas. El hecho de que no sea competitivo permite reconocer la ignorancia propia, alimentar el conocimiento ajeno, reconocer, elogiar y promover los logros o méritos ajenos, así como criticar en base a contenidos y no por la necesidad de rivalizar. ¿Hasta qué punto puede esto constituir una mejora de nuestro conocimiento compartido, y hasta qué punto será relevante? El conocimiento libre puede poner en valor estas ventajas sobre la cultura comercial.


- Satisfacción final:

El Observatorio del Voluntariado 2013 nos dice que “En general, el voluntariado encuestado muestra a personas muy satisfechas con la acción voluntaria que desarrollan y el contexto donde lo realizan. La satisfacción con el propio trabajo voluntario es muy alta: el 68% informan estar muy satisfechas y el 29% bastante satisfechas. Apenas el 3% manifiesta “poca” satisfacción, y son casi inexistentes los casos que expresan ninguna satisfacción con su trabajo.”

“Como sugieren las tradiciones de la sabiduría,
hay una insoslayable dimensión ética en la búsqueda de la buena vida”.
Tim Jackson en Prosperidad sin crecimiento


Ni que decir tiene que toda esta modesta actividad voluntaria me ha sido muy grata. Pero las “pulgas” no cambiaremos nada salvo que seamos una plaga. Hasta la próxima.



Serie completa:

    Corolario recreativo. (Reflexiones accesorias)




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6 mar. 2015

La naturaleza de la actividad voluntaria - (6/6) El futuro de la actividad voluntaria

Como explicaba Yayo Herrero en el vídeo enlazado en la segunda parte de esta serie, resulta evidente el valor fundamental del trabajo de cuidados para la sociedad y resulta aberrante la falta de reconocimiento del mismo por parte de quienes se arrogan la potestad de organizar nuestra actividad. También es fácil entender la motivación de las pasiones personales (en la medida en que las personas tienen inquietudes y tiempo para desarrollarlas), aunque no está suficientemente valorado su papel en la sociedad.

En cuanto a la preocupación por los asuntos públicos, (actividad política no profesional, activismo, trabajo voluntario), tenemos un comportamiento dual. Por una parte aceptamos un sistema representativo que abandona excesivamente la toma de decisiones en manos de representantes que a su vez dependen del poder del dinero para darse a conocer. Las
consecuencias saltan a la vista aunque las decisiones más importantes se toman en procesos ocultos. Uno puede pasar de la política pero la política nunca pasa de uno. Por otra parte hay
...Partiendo de datos
incompletos de 36 países
muchas personas sensibles a este razonamiento, y a los problemas colectivos en general, que se implican de un modo especial en activismo y en trabajo voluntario. Por ser una motivación menos obvia quizá tenga especial interés observar este esfuerzo.

En la actualidad, el trabajo voluntario y el activismo político que más gente atrae es el centrado en los problemas de privación de recursos, en las demás vulneraciones de los derechos humanos y en el medio ambiente. Esto es así porque se percibe fácilmente que la organización social está fallando o tiene carencias en estos sectores.

También los sectores económicos básicos pueden concitar voluntariado para desarrollar su trabajo cuando se entienden las implicaciones políticas que para todos tiene su desarrollo. Es el caso de gran parte del trabajo realizado en las cooperativas de consumo energético y agroecológico por poner algún ejemplo.

Todo lo anterior indica que si redujéramos el trabajo forzado, con más tiempo liberado, habría más voluntarios dedicados a cualquiera de estos desempeños. Pero quizá por considerar que esos problemas sociales no deberían existir, tendemos a pensar que la ocupación voluntaria asociada a los mismos tampoco debería ser necesaria, y que, por tanto, es una especie de carga provisional. Sin embargo, si observamos esa ocupación atendiendo a su origen cognitivo, como actividad iniciada por motivos de conciencia, es decir, como una expresión de nuestras necesidades superiores, comprenderemos que, lejos de ser algo a dejar atrás, es un ámbito cargado de futuro, al menos si aspiramos a un futuro en el que vivamos una vida más plena.

Dicho de otro modo, en el caso de que no existieran esos problemas que atraen a la mayor parte del voluntariado actual, el deseo de mejora social que da lugar a esta actividad voluntaria se orientaría hacia otros fines o actividades.

¿Qué ámbitos atraerían esta inquietud por la realidad y por su posible mejoramiento? ¿En qué sentido nos inquietaría la incertidumbre? ¿Hacia donde nos motivaría la curiosidad? ¿Cuáles serían los nuevos motivos de conciencia en un mundo que se hubiera librado de las carencias actuales?

Puede que la ciencia, tan mitificada en nuestros días, tan proclive a suscitar fascinación y vocaciones, se viera fortalecida por un mayor número de personas dispuestas a en empujar su avance, incluyendo el trabajo de base que también requiere, (rutinario pero necesario), y que puede ser realizado por quienes no están capacitados para ser punta lanza pero aun así quieren saberse contribuyendo de algún modo a ese avance, (como ocurre en cualquier ONG, donde no todos asumen la misma responsabilidad o dificultad). Lo mismo vale para el conocimiento en general, para el pensamiento o para el resto de actividades culturales y artísticas que, desde los orígenes (sociales) del ser humano, siempre han sido cultivadas sin necesidad de que sus autores fueran profesionales. Otro indicio es lo que ocurrió en el pasado entre algunos burgueses ilustrados y económicamente liberados que decidieron no continuar con la empresa familiar en favor de todo tipo de actividades culturales, (artísticas, científicas, etc.), en ocasiones a costa de su patrimonio.

a prosperar en el siglo XXI
Ignoramos cuánto nos permitiría avanzar una sociedad liberada, que si no totalmente, sí es posible en mayor medida. El desarrollo del software libre y de la cultura libre a pesar de estar en una sociedad todavía centrada en el trabajo (y a pesar de un calamitoso sistema de patentes) da una idea de las posibilidades de una población formada, sin miedo a la penuria y con tiempo para sí misma. Además, el dominio del mercado y de la rentabilidad en las creaciones limita las posibilidades del pensamiento independiente. El dinero condiciona la inquietud que pueda motivar esa actividad, y esta deja de tener una expresión genuina. No sabemos qué avances culturales o científicos libres de derechos de propiedad intelectual nos estamos perdiendo por no poder dedicarnos más a ellos debido a la exagerada dependencia de un trabajo remunerado que limita las vocaciones, y debido a la existencia de carencias sociales más básicas que, en buena lógica, atraen la atención de quienes disponen de tiempo para la actividad voluntaria.

En cualquier caso, la orientación colectiva debida a esos fines y actividades responde a una valoración democrática al ser de elección voluntaria. En una sociedad más liberada, en la que la actividad no estuviera coaccionada por la insuficiencia económica, con tiempo libre por igual para todos, el valor de esa actividad voluntaria siempre sería proporcional a los valores de la sociedad. ¿Quién debe decidir si, una vez cubiertas las necesidades básicas, nos conviene un mayor desarrollo tecnológico en lugar de uno artístico, o quizá socializar la filosofía? A menudo se ha comentado que el problema de nuestra civilización es que su evolución cultural e intelectual no está a la altura de los medios técnicos que ha alcanzado, poniendo nuevas armas al servicio de viejas pasiones, viejos conflictos, viejas formas de entender el mundo. ¿Seguimos armándolo antes de evolucionar culturalmente?

Así se ha caído en la idolatría de la técnica, en una tecnolatría, tanto en los países socialistas como en los capitalistas. Aunque se predica en ambos sitios el desarrollo del hombre, en realidad a lo que se va es al desarrollo de las cosas.
José Luis Sampedro. Economía y ecología, 1979

Necesitamos que la idea de progreso dé un brusco giro desde el crecimiento material, ya inasumible por la biosfera de la que dependemos, hacia la autonomía de las personas, la deliberación y la evolución cultural.
  • Por un lado introduciendo el nuevo “electrodoméstico” que necesitamos y que cambiará nuestras vidas: tiempo libre para determinar la actividad voluntaria propia, algo imposible sin una mejor distribución de la riqueza.
  • Y por otro lado, introduciendo grados de voluntariedad en el trabajo remunerado. ¿Cómo? Supongamos una sociedad en la que nos hemos dotado de una inclusión básica universal. Entonces, en ausencia del chantaje económico de la miseria y con libertad para elegir el grado de dedicación, cambiarían profundamente las relaciones laborales, sin necesidad de que estas desaparecieran (nadie quiere sólo lo mínimo para sobrevivir). Habría un mayor componente de voluntariedad y consentimiento en ellas. Por ejemplo, se facilitaría la elección del trabajo de acuerdo a los propios valores y sería posible renunciar cuando las condiciones fueran abusivas. De ese modo se daría una democratización del criterio productivo, de nuestro rol como productores.

En el fondo el trabajo como actividad exigida sólo tiene sentido en la producción de bienes básicos. Pero la negación de un acceso universal a la producción y consumo de los bienes materiales necesarios ha empujado la mercantilización de todo lo demás. Esta mercantilización es el único modo de huir de la exclusión. Y así no hay manera de decidir cuánto es suficiente o qué producción no merece el coste ambiental o social que implica. Esa valoración está vetada en nuestra supuesta democracia. Dejar de maximizar la producción y el trabajo posibles no es algo que podamos elegir.



Un aspecto relacionado con todo esto está en la financiación pública de las actividades voluntarias, (que en parte ya se da). Las instituciones públicas pueden poner a disposición de los grupos de voluntarios, (ONGs, asociaciónes, etc.) los medios materiales que estos necesitan en la medida en que respondan a inquietudes compartidas por el conjunto de la ciudadanía. La premisa necesaria es que no se utilice esta posibilidad para suplir el desamparo público en la cobertura de los Derechos Humanos que los propios voluntarios denuncian. Pero carecemos de transparencia y de un control ciudadano suficiente sobre el destino de la inversión pública en general (no solo en este caso).

Necesitamos avanzar hacia una mayor participación en la toma de decisiones sobre esta inversión al margen de los partidos políticos, de modo que nuestras valoraciones actuaran con la fluidez de la demanda en el mercado pero ahora para decidir el destino de los presupuestos públicos. ¿Dónde hay una bolsa de valores en la que podamos insertar en tiempo real nuestras preferencias político-económicas más allá de mediocres encuestas y sondeos? ¿Por qué la demanda política no merece un sistema de información más preciso que el mercado y su sistema de precios? Esta sería otra forma de introducir los valores no mesurables en la organización social. Los presupuestos participativos son modelos incipientes que podrían tener un mayor desarrollo si diéramos prioridad a la liberación de tiempo que necesitamos para esta participación sobre la irracional idea de un crecimiento infinito e insostenible.

Por último, en cuanto a los medios materiales para el voluntariado, un peligro a evitar es la instrumentalización de un voluntariado caritativo por parte de élites económicas privadas que tratan de sustituir los derechos por dádivas a agradecer. Una filantropía misérrima condicionada a los objetivos productivistas y clasistas de quienes imponen la represión económica que genera esa misma pobreza. Echar migajas y contratar políticos les resulta más rentable que tributar. Sus partidarios, los mismos que derrochan y que abogan por un crecimiento que derrocha los recursos del planeta, ahora llaman austeridad a esa represión económica, políticamente elegida. No es más que una forma de mantener el control del sistema productivo, y con él, el de la mayoría de la población. Para poder liberar nuestras fuerzas, antes que nada necesitamos abandonar la admiración y la justificación del enriquecimiento privado.

Porque ésa es la gran ausente de la teoría convencional: la variable “poder”, sin la cual es difícil explicarse nada importante.
José Luis Sampedro. De cómo dejé de ser Homo Oeconomicus

La liberación social que podríamos alcanzar mediante una redistribución inclusiva del trabajo y de sus frutos sería sobre todo una liberación de fuerzas de la inteligencia ética.


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