14 dic. 2019

Una inversión de futuro, (quizá la única)

Recientemente la presidenta de la Comisión Europea ha presentado un Pacto Verde Europeo. Es una buena noticia que este problema esté en el centro del debate aunque sea tarde. Pero la Unión Europea representa menos del 10% de las emisiones de CO2 del planeta. Por tanto el problema seguirá sobre nuestras cabezas a pesar de este posible esfuerzo regional, de todas formas insufficiente

Cuando la pobreza extrema está tan extendida en el mundo, y cuando se va extendiendo también la solución occidental para salir de ella, una industrialización tan desigual como insostenible, el ejemplo europeo actual, si se consiguiera dar, va a ser poco más que un lavado de conciencia por parte de quien puede permitírselo.

Más que un Green New Deal, lo que hace falta por parte de las naciones enriquecidas es un Plan Marshall Verde (por seguir con referencias conocidas): crear un fondo internacional para que el resto de países lleven a cabo su desarrollo económico mediante métodos menos contaminantes, generalmente más caros, y también para que los lugares empobrecidos puedan prevenir los efectos de la sobre-explotación del planeta que sufrirán sin haber sido los principales causantes del problema. 

Informe de Oxfam Intermón

E
n realidad el Plan Marshall tuvo como objetivo de fondo prevenir la expansión del comunismo y allanar el camino de una globalización presidida por los intereses del capital estadounidense. No fue un gasto sin contrapartida sino una inversión con rédito político y económico. Y es precisamente su eficacia para orientar la política económica internacional en un sentido concreto lo que podría sernos útil hoy día. Ese método de prevención puede aplicarse del mismo modo aunque varíe el propósito. Ahora la amenaza -para todos los países- no es otra que el rebote ambiental de un crecimiento económico irrestricto. Y una inversión decidida podría reorientar la iniciativa económica de quienes nos siguen los pasos, aportando cierta justicia compensatoria a la vez que un futuro conveniente para todos. 


De momento sólo tenemos un Fondo Verde para el Clima, muy deficiente, como se explica en el informe de Oxfam Internacional, y muy alejado de lo que sería necesario. Pero también es un fondo muy alejado de lo que sería posible cuando el capital flotante en busca de inversiones rentables se acumula sin fin y sin finalidad formando una nube especulativa que no encuentra oportunidades suficientes para hacerse útil en un mercado global sin plan alguno, hasta el punto de que incluso se llega a invertir en deuda pública con interés negativo pero considerada segura. 

De hecho el plan económico que necesitamos no es un mero plan de recuperación o de adaptación para los más empobrecidos y potencialmente damnificados sino que, para ser efectivo, tendría que abarcar sobre todo a los países que ya están desarrollándose con fuerza sin llegar a las primeras posiciones del ranking económico, y que no van a ceder en este empeño sólo porque otros no quieran que se queme su carbón -otros que antes quemamos el nuestro y el que compramos-. Para que su desarrollo transite por otras vías necesitarán la ayuda de los países enriquecidos, participando en una política económica común:
fiscalidad verde, aranceles compartidos frente a los que no quieran entrar en la cooperación, instituciones políticas transnacionales para gestionar estos compromisos (al igual que la OMC marca pautas vinculantes para el comercio, o al igual que el FMI consigue modificar una y otra vez -en ese caso perversamente- las políticas de los países que reciben su ayuda financiera), etc., etc.. 
Todas las regiones del planeta saldrían beneficiadas con esta reorientación. 

Por su parte, las primeras potencias económicas harían mejor en apostar por un Green New Way, un nuevo camino menos insostenible (más que por el Green New Deal, o crecimiento verde), es decir, otra forma de avanzar hacia el futuro con la que se reduzca el consumo de materiales y la obsesión productiva en favor de actividades motivadas por la voluntariedad y una vida más autónoma. Y sin perder de vista, además, que este cambio ha de ser inclusivo y redistributivo también aquí, donde la desigualdad y la precariedad no permiten hablar de un solo occidente. Como en el caso del Plan Marshall, más que la cuantía del dinero que se ponga sobre la mesa para realizar pactos verdes de transición interna, importa su orientación, cómo se canalice, cuál sea el nuevo camino que determine esa inversión. Y eludir la exclusión social sin necesidad de aumentar el volumen de nuestra producción sería la inversión más efectiva de cara a reducir nuestras emisiones.


“La acumulación de propiedad es siempre un proceso social que incluye a muchos actores sociales y grupos diferentes. Por eso necesitamos tener una discusión democrática, un debate social, sobre los niveles justos de concentración de bienestar y propiedad. ”

“La alta progresividad de los impuestos en el siglo XX, que llegó a alcanzar niveles del 70%, del 80%, del 90%, fue en realidad un gran éxito, funcionó muy muy bien. Creo que tenemos que revisar la experiencia histórica para tomar decisiones de cara al futuro.”


Una política fiscal como la que sugiere Piketty podría llevarse a cabo si se diera una concertación internacional que eludiera la competencia recaudatoria a la baja entre naciones con la que se pretende atraer capitales. Pero ahora el objetivo de estos nuevos fondos no debería ser reforzar el crecimiento sino obtener los recursos necesarios para reorientar nuestro sistema productivo hacia uno menos insostenible sin dejar de favorecer la inclusión económica y una menor desigualdad.

Al margen del sistema político que adopte cada país o de lo que cada uno consideremos ideal, el acuerdo para esta política económica común habría de anteponerse como una emergencia equiparable a la llegada de un meteorito (de lenta difusión) o a la prevención de una nueva forma de destrucción mutua asegurada. Ninguna mejora social de cualquier clase tendrá mucho futuro si no acordamos en común cómo salvar este escollo ambiental. Creo que en general no se asume la realidad, y existe una inadecuación entre la dimensión del problema y el alcance de las soluciones propuestas hasta ahora.

Cuidar en común la atmósfera compartida y afrontar la crisis ecológica -no sólo climática- que vamos a sufrir requiere importantes cambios en el sistema productivo. Esto hace que la cooperación internacional necesaria vaya más allá del acuerdo marginal para un problema concreto. Requiere la implicación de la política económica, lo más decisivo de cada nación, el corazón de su política. Es decir, requiere coordinar nada menos que una política económica transnacional.

Pero el mundo sigue inmerso en la rivalidad en pos de la capacidad económica, con los estados pugnando por acrecentarla, maniobrando para ello más alá de sus fronteras y utilizando la propia política económica como un arma de su geoestrategia, mientras las multinacionales elijen bajo qué leyes operar como en un mercadillo de naciones. Y lejos de tender hacia el federalismo, el confederalismo o alguna forma de cooperación para asuntos de importancia global, los estados-nación están reforzando su faceta nacionalista.

No importaría mucho el número de estados en los que nos dividamos si los mismos fueran capaces de afrontar en común problemas comunes como los de la atmósfera, los océanos, la extinción masiva de especies o también los derechos humanos entre otros. Pero sumidos en el automatismo de una lógica diseñada para la competencia que no se pone en cuestión, jamás lograremos mitigar el problema o siquiera una adaptación razonable.

En fin, que el pesimismo no ciegue la comprensión de lo posible. Señalemos el camino. Seamos posibilistas. Si bien en el mundo predomina una rapiña global entre bandas organizadas que imponen sus leyes donde pueden (incluso cuando la banda toma sus decisiones en parlamentos democráticos pero fieros allende su jurisdicción, como hacían muchas bandas de piratas), las multitudes también son una fuerza que los poderes interesados en que nada cambie vigilan y temen, y con la que tienen que negociar, incluso en regímenes autoritarios, porque saben que las masas pueden perturbar sus planes si se inquietan demasiado. 

Lo importante es que esa inquietud responda a motivos de conciencia y de realismo, de sostenibilidad y de humanismo frente a la indiferencia por lo humano de la mera rentabilidad. 

El camino pasa por que la multitud una sus fuerzas más allá de su tierra particular, por la atmósfera común, para abolir la trajedia del mercadeo con ella.



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31 dic. 2017

Revitalizar lo básico


Como hiciera en años anteriores [1] [2] [3], recopilo en esta entrada los enlaces a los textos que he escrito para el blog de la asociación Autonomía y Bienvivir a lo largo del año que termina:



Tanto la globalización como el nacionalismo se centran en la rivalidad; son dos formas de competir y beben de ese mismo principio. Ambas han seguido actuando hasta el presente, como muestran las guerras geoestratégicas y por los recursos. El énfasis en la competencia lleva a elegir el camino más fácil para pasar la prueba a corto plazo, una prueba posicional en un sistema de valoración disfuncional, relegando el equilibrio social, la convivencia internacional y la sostenibilidad.

Lo que ahora debería estar preocupándonos hasta la obsesión es cómo proporcionar autonomía a esa gran parte de la humanidad que, si no la obtiene, va a quedar aún más excluida y empobrecida en las próximas décadas por el aumento de la desigualdad, limitada por problemas de sostenibilidad, convertida en refugiados climáticos o movilizada como fruto de las guerras por los recursos.



Al hablar de la relación entre el campo y la ciudad lo primero que nos viene a la cabeza es una dicotomía, una encrucijada ante la que debemos elegir o que se plantea como una oposición. De igual modo es un tópico histórico hablar del conflicto campo-ciudad, como es habitual el lamento por la despoblación rural.

Este desencuentro en realidad es un conflicto con nosotros mismos ya que todos evolucionamos como parte del mundo natural, y casi todos guardamos aún en la memoria los últimos vínculos familiares con una forma de vida integrada en el campo. Para muchos ciudadanos la alimentación es ya el único contacto con la naturaleza y con el mundo rural, por lo que sería lógico preguntarse cuál es la calidad de ese contacto.

Ya hace décadas que empezó a fraguarse un modelo de consumo agroecológico a través de cooperativas de consumo que ponen en relación a productores y consumidores, y que en muchos casos implica a todos ellos en la producción. Esta forma de vinculación, aún muy minoritaria por ahora, podría ser el germen de una nueva relación campo-ciudad que iría más allá de un encuentro comercial para, idealismos al margen, de un modo pragmático, establecer una nueva complicidad entre ambos mundos que, eso sí, tendría implicaciones políticas transformadoras si se generalizase (como nos explicaba Esther Vivas en este artículo). Al menos en los casos en los que se lleva a cabo de un modo participativo, que trasciende la mera relación comercial entre productor y cliente, este modelo puede proporcionar una vivencia compartida, una convivencia sanadora, y en cualquier caso abre una vía para la revitalización de las zonas rurales.



La Renta Básica no determina el tipo de sociedad en el que vamos a vivir salvo en un aspecto esencial como es garantizar la inclusión social y una libertad limitada pero real y compartida por todos. Otras variables sociales dependerán de qué políticas acompañen la introducción de esta mejora. Sin embargo por sí misma también abriría la puerta a la posibilidad de reducir nuestra insostenibilidad. De hecho esta reducción será imposible sin alguna forma de garantizar la inclusión al margen del crecimiento económico.

Si ponemos el valor de producir por delante del derecho a la subsistencia, si nos exigimos demostrar que somos productivos antes de concedernos el derecho a existir precisamente cuando la robotización hace que cada hora de trabajo sea cada vez más productiva, difícilmente podremos contener el mundo económico en una escala que pueda ser soportada por el medio natural tal y como lo necesitamos los seres humanos.

Para dejar de sobrevalorar la acumulación de bienes materiales y el exceso de producción es necesario disponer de una garantía de inclusión, haciendo de esta un prerrequisito de nuestro modelo económico en lugar de tratarla como un objetivo incierto que, mientras falte, nos obliga a aumentar la insostenible transformación del mundo en busca de más empleo.



El pasado mes de julio se celebró en Bizkaia la VII conferencia internacional de La Vía Campesina bajo el lema “Alimentamos nuestros pueblos y construimos movimiento para cambiar el mundo”. Se trata de un movimiento transnacional que reúne a unos 200 millones de campesinos, jornaleros sin tierra, pequeños y medianos agricultores, jóvenes y mujeres rurales, indígenas y trabajadores agrícolas migrantes de todo el mundo. Defiende la agroecología campesina y la soberanía alimentaria como forma de promover la justicia social y la sostenibilidad, y se opone fuertemente a los agronegocios que destruyen las relaciones sociales y la naturaleza. La Vía Campesina cuenta con 164 organizaciones locales y nacionales en 73 países de todos los continentes. Es un movimiento político autónomo, plural y multicultural a la vez que se mantiene independiente de cualquier partido político y de cualquier tipo de afiliación económica o de otro tipo.

El principal aporte teórico de La Vía Campesina ha sido hacer valer la idea de que la seguridad alimentaria no depende exclusivamente de la disponibilidad a corto plazo -enfoque de la agroindustria- sino que es crucial tener en cuenta además la forma de producir los alimentos. En la actualidad se confunde seguridad con maximización (cuando no con rentabilidad), y esta confusión está socavando precisamente los cimientos naturales en los que se puede basar la seguridad, además de no valorar el coste de una enorme exclusión y de una masiva y cruel explotación humana y animal.

Por fortuna existen alternativas que no sólo mejoran la seguridad alimentaria a corto plazo sino también la sostenibilidad de la misma. Pero como suele pasar su desarrollo no coincide con los intereses de quienes se enriquecen con el modelo anterior, el vigente, por lo que será necesario el empuje de la sociedad civil en sus hábitos y en sus apuestas políticas.



La reivindicación nacionalista es la demanda de un cambio que por sí mismo no cambia nada dentro del colectivo que se independiza. Este puede seguir tan alienado, insostenible y desigual como antes; puede dejar marginadas a otras minorías o territorios más pequeños, y puede ser perfectamente connivente con la explotación entre naciones.

El empuje de la sociedad civil nacionalista en países hiper-desarrollados, que ha decidido ser connivente con sus élites locales en esta aspiración, contrasta con la falta de empuje emancipador. Resulta paradójico que no se reivindique una mayor independencia respecto al sistema productivo que nos oprime a diario como principal aspiración una vez que se tiene suficiencia económica mientras se magnifica el problema de la dependencia territorial.

Por otro lado, la universalización de una lógica crecentista y competitiva, tanto entre empresas multinacionales como entre estados, está generando también problemas uniformes que sólo tendrán solución desde acuerdos políticos transnacionales para apostar por una relocalización económica cooperativa.

El nuevo paradigma a extender por el mundo tendría que incluir un cuestionamiento de la escala tanto en el ámbito corporativo como en la concentración del poder político o en la posibilidad de acumular patrimonio (que también implica poder político). Pero decidir con autonomía desde abajo y en ámbitos locales, (a escala humana), no tiene por qué llevar a la desconexión, a la irresponsabilidad sobre problemas comunes o a la ausencia de compromisos transnacionales vinculantes. La cuestión es cuál es la legitimidad de esos compromisos (que ahora nos imponen desde las élites corporativas), y no tanto el grado de independencia entre territorios.

31 dic. 2016

Autonomía cooperativa

Como hiciera en años anteriores [1] [2], recopilo en esta entrada los enlaces a los textos que he escrito para el blog de la asociación Autonomía y Bienvivir a lo largo del año que termina:



Resumen del libro de Ricardo Almenar El fin de la expansión. Del mundo-océano sin límites al mundo-isla, una buena recopilación y síntesis de argumentos y autores esenciales sobre el cambio civilizatorio que estamos viviendo y que se intensificará en las próximas décadas. Pero su enfoque no se limita a exponer los problemas sino que propone indagar en las soluciones, en este caso centrándose en el primer paso: el cambio de visión del mundo necesario para poder empezar a concebir con algún acierto esas soluciones; un cambio de escenario que la sociedad no acaba de asimilar. Su importancia reside en que de esa percepción depende el futuro de todos.



A partir de la reflexión anterior en este artículo me recreo en un paseo por la controversia sobre el colapso, la problemática de la ciencia, la discusión sobre el crecimiento, el lío de la acción local y global, y algún otro dilema del rock and roll.



Texto colectivo de la asociación en el que abordamos las dificultades a las que debe hacer frente la izquierda ante el escenario político y ecológico en el que nos encontramos, (empezando por asimilar la verdadera naturaleza del mismo).



Ante los cambios necesarios para nuestra sociedad reseñados en las entradas anteriores no sólo tenemos resistencias ideológicas (como se ha visto para el caso de la izquierda) sino además la oposición de una corrupta estructura de poder que no aparece en los libros de teoría económica a pesar de ser más determinante para el devenir económico que las variables estudiadas con pretensión científica. Esta estructura condiciona las relaciones económicas a lo largo de la cadena de producción y en todos los niveles de riqueza de la sociedad, con claros ganadores y perdedores de este juego amañado al margen del mérito.


De la globalización a la autonomía

Serie de entradas en las que profundizo en el problema de la globalización y en la posible forma de salir de esta para encaminarnos hacia un horizonte en consonancia con los problemas y los retos planteados anteriormente.

Es habitual que se hable de los paraísos fiscales como un problema para la economía actual. Pero en realidad esa forma de funcionar está en la misma esencia de la globalización. No se trata de un problema de la economía globalizada sino que la globalización consiste en eso. Se trata de que las empresas y las grandes fortunas puedan eludir las normativas (fiscales, laborales y ambientales) aprobadas en los distintos parlamentos.

Toda decisión económica es también una decisión política por su afección para terceros, para la sociedad y para el medio ambiente. Lo que ha ocurrido en las últimas décadas ha supuesto la privatización de decisiones políticas de enorme calado por medio de un camuflaje tecnocrático de las mismas.

En esta entrada empiezo a reflexionar sobre la posible salida de este problema: necesitamos actuar en dos direcciones relocalizando la gestión económica con el enfoque prioritario de la máxima autonomía posible, y del otro lado, ampliando progresivamente el ámbito de una cooperación verdaderamente democrática.

En este apartado profundizo en algunas características propias del concepto de autonomía que lo diferencian del de soberanía, tan querido este último por los diferentes nacionalismos de todo cuño.

Quienes nos oponemos tanto a la actual globalización como a las tendencias fascistas necesitamos más audacia intelectual que la mostrada por la izquierda actual para hacer frente a la nueva realidad mediante propuestas aún no llevadas a la práctica. (Pues tampoco nos sirve el viejo dirigismo planificador igualmente autoritario e insostenible).

Aquí indago algunas medidas económicas que favorecerían el paso de la globalización a un mundo en el que prevaleciera la autonomía.

La autonomía política implica que los distintos pueblos no puedan verse sometidos a chantaje por parte de los mercaderes globales. Consiste en que la democracia se superponga a los derechos de propiedad privada absoluta y a las leyes del mercado. Pero esto indica que la autonomía no se centra en precisar un ámbito geográfico óptimo para la auto-institución política o para la autosuficiencia económica. Es un concepto esencialmente cualitativo; se expresa en la capacidad de las personas y de las sociedades para gestionar su devenir común. No equivale a la desvinculación sino la posibilidad de controlar los vínculos propios. Más aun, se puede decir que, al menos en parte, la autonomía se expresa y cobra cuerpo precisamente en las relaciones, al aflorar la iniciativa en la gestión de las mismas.

Por tanto la autonomía política consistiría también en democratizar las instituciones políticas supranacionales, (no las instituciones económicas creadas para aumentar el libre comercio global), así como en crear otras nuevas con fines distintos y sujetas a un verdadero control ciudadano. Las relaciones internacionales deben basarse en acuerdos políticos consensuados por las poblaciones y no en acuerdos económicos por encima de la democracia pactados entre las oligarquías de cada país.



En este texto me centro en la dimensión individual ante el nuevo escenario planteado. Hoy día hemos convertido la acción por sí misma en una forma de retiro de la conciencia. Anulada así la capacidad ética para evaluar lo que nos rodea y para decidir nuestro apoyo o nuestro rechazo a las normas sociales, no es posible decir que estamos viviendo plenamente, que estamos ejercitando nuestras potencialidades como seres humanos, que eso que sentimos es plenitud vital.


Renta Básica y decrecimiento

Serie de entradas en las que me hago eco del congreso celebrado este año en Hamburgo sobre los vínculos posibles entre Renta Básica y decrecimiento, añadiendo alguna reflexión y conclusiones propias.

Si queremos poner coto a los desmanes provocados por una desmesura comercial tan innecesaria como antieconómica, devastadora con la biosfera y alienante, será requisito imprescindible que nos garanticemos colectivamente una inclusión básica universal, reduciendo a la par la enorme desigualdad de nuestros días. Sin esa garantía pública será imposible pasar a una economía libre de la necesidad imperiosa de crecer.

¿Qué es el progreso? ¿Qué significa este término? Fascinados por el espectáculo de cambios materiales en el fondo simples, distraídos por cálculos para la acción y por sus efectos prácticos, hemos abandonado el progreso ético y político. Precisamente en nombre de la ciencia que nos advierte de los límites del crecimiento, tendremos que cambiar esta creencia básica de nuestra sociedad. En consecuencia habrá que prestar más atención a los modelos económicos alternativos que apuntan hacia esta lógica de lo cualitativo y lo complejo, que ponen por encima lo no medible, lo que sólo puede avanzar en la deliberación compartida democráticamente.

Cuando hablamos de decrecimiento no estamos ante una simple opción. Algunas personas somos partidarias de que se reduzca el volumen actual de producción global para que disminuya su impacto sobre el medio ambiente y sobre nuestra propia naturaleza. Esto nos permitiría aspirar a una Economía del Estado Estacionario. Pero en realidad el decrecimiento será, más que una opción, algo inevitable en un plazo incierto aunque no muy alejado. Por tanto cualquier medida de futuro tendrá que pensarse en ese escenario, o más bien tenemos que pensar qué propuestas podrán hacerle frente y prever su encuentro en la medida de lo posible.

El futuro de todos será muy diferente en función de si mantenemos o no la convivencia y una inclusión social y cultural que permita el desarrollo sano de todas las inteligencias.



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31 dic. 2015

La utopía y sus caminos

Como hice el año pasado, recopilo en esta entrada los enlaces a los textos que he escrito para el blog de la asociación Autonomía y Bienvivir a lo largo del año que termina:



Hoy día la búsqueda del beneficio a corto plazo prevalece sobre cualquier criterio ético o de sostenibilidad en nuestro modelo económico. Si bien la política es el medio adecuado para cambiar este estado de cosas (que, de no cambiar, nos avoca al desastre) también nuestros hábitos de consumo e inversión tienen una gran importancia a la hora de orientar la economía.

En este ámbito las opciones están limitadas por el control de los mercados que suelen ejercer los principales oferentes, y por la insuficiente información acerca de todo lo que implica cada producto consumido o cada forma de invertir los ahorros. Sin embargo empiezan a emerger empresas que desde su constitución y en sus propios estatutos incluyen criterios éticos o políticos por encima de la rentabilidad. Es el caso de las empresas sin ánimo de lucro. En ellas el 100% de los beneficios deben ser reinvertidos en el propio negocio o en la comunidad; no pueden pagar dividendos con los excedentes. La importancia de este cambio de modelo es que apunta al corazón de los problemas: esa ética del lucro que pone a este como prioridad absoluta. La economía sin ánimo de lucro, por el contrario, incentiva facetas mejores de la naturaleza humana.



¿Tendría sentido hablar de trabajo en una sociedad utópica? ¿Cuál sería su papel en ella? ¿Acaso el cese del trabajo como actividad exigible implica el cese de toda actividad responsable? ¿Hasta dónde es razonable eso de negociar con la realidad para aceptar labores no deseadas, y a partir de qué punto la actividad no voluntaria pasa a ser una limitación para nuestras posibilidades de realización personal? ¿Qué actividades no voluntarias merecería la pena conservar en cualquier caso?



Las personas que no tienen como único ideario la maximización de su lucro, las personas con un mínimo de pensamiento propio y de autonomía, siempre llegarán a conclusiones personales sobre lo que conviene a la sociedad. Es normal que haya diferencias y es sospechoso que no las haya.

Por otra parte, la iniciativa política de cada persona es, además de un derecho, una necesidad y un valor a cuidar y a promover. No sólo por la reflexión y la valoración que puede aportar cada una; no sólo por la toma de conciencia de los problemas colectivos que implica esa iniciativa, sino también porque la expresión de esa pluralidad es lo que nos hace humanos.

¿Pero cómo llevar a la práctica una confluencia heterogénea que pueda desbancar la acción en bloque de la política hegemónica, seguidista y uniforme? La hipótesis que planteo aquí es que la clave no está en compartir un ideario idéntico e identitario sino en compartir un sistema: un sistema de participación, de confluencia y de consenso a partir de unos principios generales. Se trata de que la alternativa se entienda a sí misma como un espacio político plural que, de ese modo, pueda proponerse y defenderse como un todo ante el poder hegemónico, aun con sus flujos y cambios internos.

Divido el texto en cuatro partes:
  • Del 15M al M15
  • Sostener la confluencia
  • El valor de las minorías
  • “...las urnas son peligrosas”



Presentación del trabajo homónimo realizado de forma colectiva por la asociación y publicado en el blog de Antonio Turiel The Oil Crash.

Al igual que la ciencia avanza aventurando hipótesis que se refutan o se validan, es posible utilizar el pensamiento utópico como herramienta para intentar descubrir cómo sería una vida en común saludable para todos y adaptada a las limitaciones planetarias. En este caso la verificación, irreductible a las mediciones y al cálculo, deberá buscarse en el consenso a partir de una deliberación pública prolongada en el tiempo. Pero una utopía debe ser sobre todo inspiradora. Sólo podremos dar una respuesta adecuada al porvenir renovando el imaginario que nos permite organizarnos en algún sentido compartido.



Ya hemos tratado en este blog desde un punto de vista teórico la propuesta de adoptar una Renta Básica, (una cantidad que recibiría incondicionalmente cada persona con independencia de si trabaja o no). Lo planteábamos como una forma de garantizar una inclusión básica universal que nos aporte autonomía para decidir nuestro futuro libremente, haciendo posible, entre otras cosas, relegar la obsesión por el insostenible crecimiento económico. En esta entrada nos hacemos eco brevemente de algunas referencias actuales y de casos prácticos en torno a esta propuesta. Desde proyectos en curso a experiencias reales, incluyendo implementaciones parciales, desde el ámbito local al estatal, y tanto en países opulentos como en lugares empobrecidos.

Todas estas experiencias desmienten los prejuicios que suelen rodear a esta propuesta. Además de su evidente carácter emancipatorio, el resultado apunta hacia un mayor equilibrio socioeconómico, tan necesario en el momento presente: por un lado favorece un aumento de la actividad económica entre quienes menos tienen, y por el otro facilita una mayor conformidad entre quienes no tienen problemas económicos, permitiéndoles liberar parte de su tiempo en favor de otras actividades voluntarias, lo que a su vez implica liberar empleo en favor de quienes lo necesitan.

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