31 dic. 2015

La utopía y sus caminos

Como hice el año pasado, recopilo en esta entrada los enlaces a los textos que he escrito para el blog de la asociación Autonomía y Bienvivir a lo largo del año que termina:



Hoy día la búsqueda del beneficio a corto plazo prevalece sobre cualquier criterio ético o de sostenibilidad en nuestro modelo económico. Si bien la política es el medio adecuado para cambiar este estado de cosas (que, de no cambiar, nos avoca al desastre) también nuestros hábitos de consumo e inversión tienen una gran importancia a la hora de orientar la economía.

En este ámbito las opciones están limitadas por el control de los mercados que suelen ejercer los principales oferentes, y por la insuficiente información acerca de todo lo que implica cada producto consumido o cada forma de invertir los ahorros. Sin embargo empiezan a emerger empresas que desde su constitución y en sus propios estatutos incluyen criterios éticos o políticos por encima de la rentabilidad. Es el caso de las empresas sin ánimo de lucro. En ellas el 100% de los beneficios deben ser reinvertidos en el propio negocio o en la comunidad; no pueden pagar dividendos con los excedentes. La importancia de este cambio de modelo es que apunta al corazón de los problemas: esa ética del lucro que pone a este como prioridad absoluta. La economía sin ánimo de lucro, por el contrario, incentiva facetas mejores de la naturaleza humana.



¿Tendría sentido hablar de trabajo en una sociedad utópica? ¿Cuál sería su papel en ella? ¿Acaso el cese del trabajo como actividad exigible implica el cese de toda actividad responsable? ¿Hasta dónde es razonable eso de negociar con la realidad para aceptar labores no deseadas, y a partir de qué punto la actividad no voluntaria pasa a ser una limitación para nuestras posibilidades de realización personal? ¿Qué actividades no voluntarias merecería la pena conservar en cualquier caso?



Las personas que no tienen como único ideario la maximización de su lucro, las personas con un mínimo de pensamiento propio y de autonomía, siempre llegarán a conclusiones personales sobre lo que conviene a la sociedad. Es normal que haya diferencias y es sospechoso que no las haya.

Por otra parte, la iniciativa política de cada persona es, además de un derecho, una necesidad y un valor a cuidar y a promover. No sólo por la reflexión y la valoración que puede aportar cada una; no sólo por la toma de conciencia de los problemas colectivos que implica esa iniciativa, sino también porque la expresión de esa pluralidad es lo que nos hace humanos.

¿Pero cómo llevar a la práctica una confluencia heterogénea que pueda desbancar la acción en bloque de la política hegemónica, seguidista y uniforme? La hipótesis que planteo aquí es que la clave no está en compartir un ideario idéntico e identitario sino en compartir un sistema: un sistema de participación, de confluencia y de consenso a partir de unos principios generales. Se trata de que la alternativa se entienda a sí misma como un espacio político plural que, de ese modo, pueda proponerse y defenderse como un todo ante el poder hegemónico, aun con sus flujos y cambios internos.

Divido el texto en cuatro partes:
  • Del 15M al M15
  • Sostener la confluencia
  • El valor de las minorías
  • “...las urnas son peligrosas”



Presentación del trabajo homónimo realizado de forma colectiva por la asociación y publicado en el blog de Antonio Turiel The Oil Crash.

Al igual que la ciencia avanza aventurando hipótesis que se refutan o se validan, es posible utilizar el pensamiento utópico como herramienta para intentar descubrir cómo sería una vida en común saludable para todos y adaptada a las limitaciones planetarias. En este caso la verificación, irreductible a las mediciones y al cálculo, deberá buscarse en el consenso a partir de una deliberación pública prolongada en el tiempo. Pero una utopía debe ser sobre todo inspiradora. Sólo podremos dar una respuesta adecuada al porvenir renovando el imaginario que nos permite organizarnos en algún sentido compartido.



Ya hemos tratado en este blog desde un punto de vista teórico la propuesta de adoptar una Renta Básica, (una cantidad que recibiría incondicionalmente cada persona con independencia de si trabaja o no). Lo planteábamos como una forma de garantizar una inclusión básica universal que nos aporte autonomía para decidir nuestro futuro libremente, haciendo posible, entre otras cosas, relegar la obsesión por el insostenible crecimiento económico. En esta entrada nos hacemos eco brevemente de algunas referencias actuales y de casos prácticos en torno a esta propuesta. Desde proyectos en curso a experiencias reales, incluyendo implementaciones parciales, desde el ámbito local al estatal, y tanto en países opulentos como en lugares empobrecidos.

Todas estas experiencias desmienten los prejuicios que suelen rodear a esta propuesta. Además de su evidente carácter emancipatorio, el resultado apunta hacia un mayor equilibrio socioeconómico, tan necesario en el momento presente: por un lado favorece un aumento de la actividad económica entre quienes menos tienen, y por el otro facilita una mayor conformidad entre quienes no tienen problemas económicos, permitiéndoles liberar parte de su tiempo en favor de otras actividades voluntarias, lo que a su vez implica liberar empleo en favor de quienes lo necesitan.

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28 nov. 2015

Desamparo, sectarismo y guerra

Creo que merece la pena explorar el vínculo entre la marginalidad, el fanatismo y las guerras.

Guerra
Empiezo por el último punto para evitar malentendidos. No creo que el origen de la guerra esté en la pobreza, ni siquiera en el fanatismo de una minoría, sino más bien en la política internacional llevada a cabo por los gobiernos en alianza con las oligarquías que contratan sus programas electorales: una geopolítica basada en el conflicto de intereses que compiten sin límites en su agresividad preventiva en un entorno de recursos escasos, (pues el planeta sí tiene límites).

Cuando esas mismas élites hablan de "errores", como Tony Blair hace bien poco, reconociendo que de aquellos bombardeos deriva el terrorismo de nuestros días, hay que sospechar que prefieren reconocer errores por no reconocer algo peor, como ese interés parcial buscado a despecho de lo que ya se sabía que sería un "fracaso" social. Si no había pruebas de que en Irak había armas de destrucción masiva, (y no podían tener esas pruebas porque, efectivamente, no las había), cabe suponer que mintieron deliberadamente y que actuaron premeditadamente con otro objetivo, como puede ser "desestabilizar" un país o toda una región del planeta, es decir, sembrar en ella la muerte y la destrucción, para hacerla más controlable y tener acceso a sus recursos o a su posición geoestratégica.

Lo llaman realpolitik como si la realidad no mostrara que, una y otra vez, esto es lo que hace fracasar los deseos de convivencia pacífica de la gran mayoría de la población de todo el mundo y de todas las culturas, (aunque las élites sí salgan beneficiadas con ese sacrificio general, y los verdugos hayan salido impunes e incluso se permitan ganar mucho dinero dando conferencias o dirigiendo think-tanks). Lo que se asume como la cruda realidad de la lucha por el interés nacional acaba perjudicando también a las poblaciones de quienes lo buscan con esa crudeza. La comprensión de este efecto evitó la guerra nuclear en el pasado: la conciencia de que llevar la lucha hasta el final acabaría también con quien tirara la primera de esas bombas, fuera quien fuera el "ganador", el que quedase menos destrozado. Esta lógica también puede apreciarse en una escala menor. Sembrar el mal nos obligará a protegernos del mal que crezca.

Un buen ejemplo de esto es la instrumentalización de la disidencia más irracional, como ocurrió con la promoción del fascismo y del nazismo anterior a la IIGM, o como en la Guerra de Afganistán, cuando la CIA creó Al Qaeda a partir de personas fanatizadas, o como en tantos otros casos en los que unas y otras élites arman a facciones ultra-violentas con el fin de ver favorecidos sus intereses comerciales.

Unos días después de la matanza perpetrada en la discoteca Bataclan entre otros lugares de París pudimos leer que EE.UU. y Turquía habían llegado a un acuerdo para sellar la frontera norte de Siria, principal vía de abastecimiento de los yihadistas desde 2011. ¿Por qué no habían hecho esto antes? ¿Qué impedimento había para hacer lo que ahora, casualmente tras los atentados, ya sí es posible? ¿Qué interés había en tener abierta esa frontera? ¿Quién les compra, les vende y les financia? Si la respuesta es conocida ¿por qué no actuar sobre esa causa? ¿A qué guerra nos están llevando realmente?

Llama la atención el seguidismo acrítico de quienes cierran filas ante los llamamientos de nuestros líderes en un gran alarde de ingenuidad. Si ahora no quedara más remedio que defenderse, como mínimo muchos partidos y líderes actuales tendrían que hacer un ejercicio de contrición y pasar al basurero de la historia. Pero como esto no ocurre, hay que suponer que desde el principio se está buscando la "sionización" del mundo: el establecimiento premeditado de un apartheid de miseria y de violencia en una zona del mismo ante cuyas "salpicaduras" reaccionaremos irritados contra la maldad ajena, (reacción que en realidad sirve para disimular el mal creado en nombre de los intereses materiales).

Más al fondo tenemos un problema cultural. Es la medición del interés propio y del interés nacional en base al criterio psicopático del poder y de la riqueza en liza por la supremacía. En algún momento los ciudadanos de todo el mundo tendremos que poner fin a esta tolerancia con el enriquecimiento competitivo y sin límites de naciones y de individuos. El apoyo a esta clase de política no sólo está provocando una nueva deriva bélica mundial sino que desde hace ya décadas está rebasando la biocapacidad del planeta, como si sólo un colapso pudiera detenernos y no fuéramos capaces de prever el rumbo que llevamos. Da la impresión de que estamos gobernados por una panda de lunáticos con el agravante de que aparentan ser personas sensatas velando por nuestros intereses.


Pero esta obsesión competitiva no sería posible sin la explotación inmisericorde de grandes capas de población en todas las latitudes. Su utilidad para estas oligarquías no se limita a bajar los costes de producción sino que sirve, sobre todo, para atemorizar y disciplinar al resto de ciudadanos que pueden verse en cualquier momento en ese foso de precariedad o en el bando de las naciones perdedoras. Así los mismos que instituyen la pobreza y la guerra consiguen el respeto medroso de los que se sienten vulnerables y buscan su protección. Es más fácil seguir las normas y evitar el castigo -pongamos el castigo del BCE, de la OMC o de la OTAN- que intentar cambiar este funcionamiento. Por eso el voto no suele ser coherente con la realidad: los creadores del desastre se benefician del temor en lugar de salir reforzados los partidarios de una justicia económica global opuesta a la indiferencia competitiva. Al igual que se benefician del miedo al terrorista en lugar de hacerlo los contrarios a la geoestrategia maquiavélica. Y de nuevo se benefician del temor al inmigrante, confundiendo víctimas con verdugos, y confundiendo a los verdaderos culpables del caos global con defensores de un mayor orden.

Esta responsabilidad de los poderes económicos y de sus defensores es lo que se debería discutir, el verdadero origen del problema, y no sólo cómo hacemos frente a las incesantes consecuencias. De lo contrario, como se dice en el manifiesto #NoEnNuestroNombre, "ni los recortes de libertades ni los bombardeos nos traerán la seguridad y la paz."

Lo que necesitamos no es ganar en un juego mal planteado, diseñado para que todo gire a favor de las élites de siempre, sino cambiar el tablero de juego. Si la mayoría fuera más consciente de cuál es el verdadero problema, al menos podría expresar su disconformidad mediante el voto hacia otras políticas. Pero, por desgracia, quienes mejor comprenden La doctrina del shock son sus creadores.

Sectarismo
Por esa frontera norte de Siria no sólo pasaban armas, también soldadesca fanatizada para el combate contra el gobierno sirio y, como se ha visto después, contra el resto del mundo. A no pocos occidentales les preocupa que la circulación global de personas impuesta por el modelo actual de relaciones internacionales facilite la llegada a los países opulentos de excombatientes fanatizados, pero lo que debería inquietar a todos es por qué miles de personas nacidas y criadas en Europa deciden abandonar esta joya del neoliberalismo para alistarse con los extremistas totalitarios, (además en contra del criterio de sus propios progenitores, como estamos viendo). Ese es el perfil temido por las fuerzas de seguridad, el del europeo que se va a la guerra y regresa deshumanizado, no el de las familias que sólo aspiran a sobrevivir y que por eso huyen de unos lugares de origen que no querían abandonar.

¿Cómo surge esta fanatización a menudo protagonizada por ciudadanos nacidos en los países opulentos? No hace falta rebuscar mucho. Hace unos meses pudimos leer (en uno de esos medios de comunicación de tirada nacional que no gustan de ser enlazados sin lucro) que unos 2000 marroquíes de barrios empobrecidos y más de 50 españoles se han ido a la yihad. Se entrevistaba a personas de barrios como El Príncipe, en Ceuta, en los que el paro llega al 65% y el  fracaso escolar al 90%. Como en casi todos los lugares, en ese barrio la mayoría sólo quiere un futuro para sus hijos, y está harta de ser estigmatizada, nos contaba una trabajadora social del lugar. Pero algunos se habían vuelto fanáticos y otros simplemente estaban desesperados. Si estás harto de pasar hambre y los reclutadores prometen 3000€ para tu familia, puede que renuncies a tu vida y des prioridad a que tus hijos tengan alguna oportunidad. También veíamos cómo esos captadores se trabajaban a sus candidatos durante meses, generalmente elegidos en los institutos.

En todos los países opulentos pero no por ello carentes de pobreza y marginalidad, opera la misma lógica. Las organizaciones sectarias, (no sólo las yihadistas sino también muchas otras como pueden ser las fascistas o mafiosas), ofrecen un amparo básico, un sentido de pertenencia y una idea de misión en la vida que atraen a muchos excluidos (en un proceso psicológico que se ilustraba, por ejemplo, en la película La ola ). Hay muchas personas que no le ven la gracia a esta especie de fiesta indiferente que gira en torno a las bolsas de valores en sustitución de verdaderos valores. En otros casos se convierten en simples mercenarios.

Desde luego la marginación y la falta de expectativas no implican que necesariamente sus sufridos protagonistas vayan a caer en manos del sectarismo, pero ese es el caldo de cultivo más propicio para que tenga éxito el amparo económico, social y cultural que ofrecen los reclutadores, aportando un sentido a unas vidas que a menudo es más necesario que la propia supervivencia, como demuestran una y otra vez los suicidas de todo tipo. O bien aportando la esperanza de que uno podrá salvar económicamente a sus seres queridos aun renunciando a sí mismo. La marginación siempre ha sido útil para el sectarismo y para el reclutamiento, también el de los propios estados como bien es sabido.



¿Cómo enfocar entonces la solución a este fenómeno? Es muy frecuente la miopía de criticar los males que tenemos delante (robos, extremismo, etc.), atacando sólo el primer eslabón de la cadena que vemos detrás de los mismos, pero como pasa con la guerra, si nos centramos sólo en las consecuencias, no solucionaremos un problema que seguirá creciendo mientras lo combatimos.

Desamparo
En realidad, en contra de lo que solemos creer, no vivimos en una sociedad liberal que tolera la libertad de pensamiento. El neoliberalismo rompe con el liberalismo político original al imponer su propia cultura, sus propios dogmas, las reglas productivistas para un crecimiento competitivo que obligatoriamente debe asimilar todo ciudadano "de bien", da igual que ya se produzca muy por encima de lo que serían necesario para cubrir las necesidades de todos, y muy por encima de lo que sería sostenible. Y para imponer la disciplina productiva instituye el desamparo, la pobreza y la exclusión social, la amenaza de caer en un foso de marginación por si alguien decide no creer en semejante despliegue de tansformación material del mundo. El barrio marginal es una institución creada en la modernidad para cumplir su función aunque no se reconozca oficialmente.

Pero como se deduce de lo anterior, el desamparo que sufre el marginado no es sólo económico sino también social y cultural. La represión económica innecesaria con la que se "estimula" a los disidentes o perdedores implica además culpabilización y exclusión cultural, condenando a muchas personas a un inquietante vacío en la posible búsqueda de sentido para sus vidas. En general nuestra cultura adolece de esa preocupación por la dignidad y por la integración cultural de todos sus miembros.

La integración cultural siempre se dio en las poblaciones ancestrales entre las que se conformó nuestra naturaleza. En ellas lo raro era el desarraigo que hoy en día es moneda común. Pero la nueva integración no tendría por qué entenderse como una vuelta a sociedades cerradas. Vivir en una sociedad abierta y valorarlo no deja de ser algo que se aprende, que se adquiere culturalmente. Eso sí, requiere invertir en las personas y en velar por su entorno, (por oposición a la complacencia con la existencia de grandes barriadas de marginalidad, miseria y abandono por parte de las instituciones). Y no se trata de imitar los métodos de adoctrinamiento de las sectas, pero sí podemos observar cuáles son las carencias de nuestra cultura de las que se aprovecha con éxito el pensamiento sectario y tratar de dar cobertura a las mismas. La libertad miserable que nos da el liberalismo económico puede ser experimentada por las personas excluidas y desamparadas como un sufrimiento a evitar, como algo a temer -aquello que enseñaba Fromm-, y en esas condiciones pueden sentirse tentadas por planteamientos totalitarios, (no sólo por la llamada del deber de los ejércitos patrios), sobre todo cuando los reclutadores sí ponen medios y organización.

No se debe entender esto como una necesidad de que se nos pastoree culturalmente, (cosa que, como he dicho, ya se intenta). Más bien al contrario, necesitamos que a todos se nos facilite tomar partido, cada uno con su punto de vista, y tener presencia política; que se nos permita definir unos valores realmente entre todos, (no sólo eligiendo opciones); unos valores en los que poder creer por encima de la competitividad materialista, que puedan ser compartidos también por quienes no salen ganando en el juego del mercado-estado-oligarquía; y poder vivir de acuerdo con ellos, con aspiraciones al margen del mero triunfo. 

La verdadera libertad no puede depender de haber podido cumplir con el dogma productivista para subsistir. Además de una suficiencia económica básica, son necesarias formas de integración que no dependan del dinero y del consumo; formas de participación que permitan a las personas sentirse protagonistas de su destino y parte digna de su sociedad con independencia de su estatus económico, en lugar de sentirse despojos sólo porque el mercado no necesite de ellos. Permitir y proteger la iniciativa social, política y cultural, equivale a permitir y proteger la dignidad necesaria para sentirse integrado. Con ello podría emerger una nueva cultura compartida que haga frente a los verdaderos problemas de nuestro tiempo desde una conciencia y una deliberación colectivas. En lugar de sembrar odio y recelo, invirtamos en las personas y sembremos confianza. En lugar de buscar el mayor aprovechamiento patrio, busquemos que todas las poblaciones del mundo puedan vivir con autonomía. Recogeremos mejores frutos.

Uno de los supervivientes de la discoteca Bataclan contaba que los terroristas le pidieron que quemara un fajo de billetes de 50€ para poner a prueba su apego al dinero. Está claro que para ellos ni el dinero ni el éxito económico era lo más importante. Los apóstoles del homo económicus, al hablar de estos sujetos, sólo tienen una respuesta desconcertada en todas las tertulias: están locos y se han creído lo del paraíso. Pero antes de ser extremistas sobrevenidos eran personas que se sentían atrapadas en el basurero de un juego que no habían elegido, (uno de esos juegos en los que a los eliminados prematuros sólo les queda mirar con tedio cómo juegan los demás), cosa que no justifica actos violentos pero que ofrece pistas sobre qué está fallando y qué se puede hacer. Además, con independencia de cuál sea la reacción de cada cual, no son los únicos que se han podido sentir así. La cuestión es por qué muchas personas que no pueden acceder a la prosperidad o que no pueden creer en el dogma del dinero y en el paraíso consumista que este promete tampoco son capaces de verle otro sentido a nuestra cultura.

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A continuación un excelente programa del Colectivo Burbuja que puede servir para aclarar algunas dudas importantes:






2 sept. 2015

Libre circulación global de personas

Europa 2015. Nada de coches voladores y viajes estelares. De nuevo cientos de miles de personas caminando para cruzar alambradas de espino. Otra vez el miedo poniendo puertas al campo, rayas en el mar y lágrimas bajo los muros. En los países opulentos se sigue alimentando una fantasía desarrollista mientras el mundo colapsa ante sus ojos sin siquiera saber cómo interpretarlo. Una cultura comercial e invasiva nos distrae y nos debilita para entenderlo y para afrontarlo. Décadas de crecimiento prometían otra cosa en todo el mundo pero en lugar de ello es precisamente la búsqueda del crecimiento económico por sí mismo, relegando otros fines, el que nos trae nuevos problemas. ¿Cómo explicarlo?

Los emigrantes - Antonio Rocco
Por lo general las personas cogen cariño al lugar en el que crecen. Aunque deseen emprender viajes que les sirvan para conocer otros lugares, aprender y disfrutar temporalmente de ellos, normalmente no quieren huir de su lugar de origen. Cuando grandes grupos de personas desean abandonarlo suelen hacerlo obligados por las circunstancias. Pero la libre circulación de capitales y de mercancías, con las consecuencias sociales y ambientales que esto implica, no se acompasa con una libre circulación de personas. No nos engañemos: son libres los mercados y sus flujos, y las personas sólo son "libres" para insertarse en ese contexto como agentes del mercado, en la medida en que puedan hacerlo en un mercado siempre insuficiente.

Hay una injusticia sistemática en este proceso disimulada por la lógica económica de nuestro tiempo, una programación con fines ajenos al mejoramiento de la vida. La inversión procedente de otros países se considera siempre un bien cuando en realidad a menudo equivale a la llegada de un alienígena depredador. Es necesario traer al presente una historia de explotación colonial que a día de hoy sigue condicionando el devenir de muchas regiones así como hacer emerger una realidad actual de explotación comercial.

Esa autonomía transnacional de los capitales sin un control político equivalente por parte de ciudadanos igualmente autónomos ha dejado a los estados convertidos en meros proveedores a los que se puede presionar y cuyas élites venden baratos los recursos y los servicios, (un verdadero camino de servidumbre o de esclavitud). También ha dado lugar a un endeudamiento masivo de la población y de muchos estados (que tendrán que desmontar sus sistemas públicos). Si a esto unimos
la consecuencia de todo ello es una huida masiva de personas que de otro modo no desearían huir. Huyen de la violencia y de la miseria quienes desearían mejores oportunidades para contribuir de alguna manera a la prosperidad humana.

La miseria, ese vergonzante criterio para determinar si alguien es un refugiado o un inmigrante, como si la vulneración de los derechos económicos no fuera una vulneración de los Derechos Humanos, (artículos 22 a 26). Pero, claro, los derechos humanos sólo se ensalzan parcialmente, hipócritamente, sólo algunos, sin buscar realmente su cumplimiento sino utilizarlos como excusa para desestabilizar algunos estados, (sólo algunos), y sin buscar una estabilización democrática posterior. Al final del proceso entraremos con todo, y el subsuelo fósil será más barato, accesible y controlable.


Ahora los gobiernos europeos están utilizando los telediarios para poner de moda la idea de que la culpa es de las “mafias” que trafican con personas. Pero en realidad esa actividad, una mera consecuencia, no es más que el funcionamiento normal de un mercado no regulado. Son emprendedores cubriendo un nicho de mercado sin la injerencia de regulaciones estatales que pongan trabas burocráticas -y de paso, un poco de humanidad- a sus agencias de viajes. Sus beneficios atestiguan la fría pertinencia comercial de su actividad -¿La incluimos en el PIB junto a la prostitución y el tráfico de drogas?-, y algún espíritu del capitalismo acabará premiándoles con un paraíso fiscal. A partir de ahí, convertidos en rentistas partícipes de algún fondo de inversión, podrán pasearse como gente de éxito, elegidos para el bien productivo, y nadie les considerará mafiosos. Es la autorregulación de los mercados.

Otra idea que se destila continuamente es el supuesto peligro de que entre estos viajeros vengan personas con fines violentos, como si estas no hubieran llegado siempre por medios legales o incluso nacido en los propios países desarrollados. Pero si decidimos ver las restricciones al movimiento de personas como la respuesta óptima a la violencia, acabaremos encerrados en nuestra propia casa, totalmente vigilados y pidiendo visados para cruzar la acera, (haciendo prisionera a la sospechosa población inocente y manteniéndose libres los verdaderos responsables).

En realidad son antídotos informativos contra la compasión, argumentos acomodaticios para justificar la indiferencia. Mientras sigamos pensando en parches abordaremos los mismos problemas una y otra vez. Necesitamos un cambio de paradigma económico y un cambio en la política internacional. El mundo está adentrándose en un tiempo difícil que puede volverse muy oscuro si no tomamos conciencia y no reaccionamos con sabiduría y profundidad.


Todo está interrelacionado y no podemos escapar a los dramas que provocamos en otros lugares. Lo mismo ocurre con los desastres ambientales que no manchan nuestro jardín. ¿También pondremos alambradas y muros al clima? ¿Cuál será el número de refugiados climáticos? Somos eco-dependientes e inter-dependientes y la salud del planeta y de quienes lo habitan influye en nuestra propia salud. Al contrario de lo que sostenía la dama ferruginosa, (aquello de que no existe la sociedad), quienes somos de carne y hueso tendremos que asimilar que no existen los individuos.

Probablemente el peor legado de Adam Smith sea el propio título de su obra más conocida, La riqueza  de las naciones. En esos dos términos incluidos en el título se revela el mal esencial de los tiempos que le sucedieron. Se asume como propósito social incuestionable la búsqueda de riqueza, y se plantea un escenario para su búsqueda: una tierra dividida en parcelas de propiedad que rivalizan por el mismo objetivo. A partir de ahí se abre una discusión sobre lo acertado o lo errado de sus propuestas para lograr esa riqueza pero se da por hecho que ese propósito y ese escenario son los que dan contenido a nuestro ser en el mundo, definen los parámetros por los que será valorada cada sociedad. La herramienta conceptual con la que nos interpretamos está formada por esas dos variables: la ambición económica y la idea de división/rivalidad para su búsqueda, (una separación que permea toda la sociedad de modo fractal: continentes, naciones, empresas, barrios, familias, individuos). Se trata de una trampa que llevamos con nosotros puesto que reside en los conceptos con los que interpretamos la realidad. Las lentes condicionan lo que vemos sin ser vistas. La mirada se olvida de las lentes mientras analiza lo que ve.

Cambiemos de lentes. Si el objetivo social pasa a ser la felicidad conjunta, empezaremos a interpretar lo que vemos de otra manera, porque ya no nos fijaremos en los mismos detalles y leyes de la realidad; no observaremos cómo afecta cada suceso al crecimiento económico sino cómo incide en la felicidad y en su futuro; observaremos otros fenómenos. Por otra parte, si comprendemos que, más que depender del entorno social y natural, estos vínculos nos definen y nos constituyen, entenderemos que nuestra felicidad depende de cómo sea ese entorno en el que nos desenvolvemos y nos integramos; entenderemos la conexión, o más allá, la unidad esencial de todo lo que nos rodea y nos ha dado forma; seremos más ecólogos que especistas; buscaremos optimizar esa felicidad que crece al compartirse, y no un poder individual o nacional, siempre supremacista y excluyente.

Si favorecemos la prosperidad de quienes viven en la miseria, todos nos veremos favorecidos; ese entorno inclusivo y saludable será beneficioso también para nosotros. Lejos de los mantras neoliberales como el de que nos conviene luchar entre nosotros por las migajas que derramen los más afortunados, o como el de que tenemos que pasar hambre para prosperar, todo el mundo sabe que quien se ha criado en buenas condiciones, quien no ha pasado penalidades y ha recibido buena educación y atenciones tiene muchas más posibilidades no sólo de prosperar sino de poder aportar algo valioso a la  sociedad, (en lugar de dedicar todo su tiempo sólo a sobrevivir en algún sitio, o en lugar de ser blanco fácil para el reclutamiento fanático). Es algo tan obvio que se necesita mucha inversión en propaganda política para desmentir esta verdad. Quienes piden no dar peces sino enseñar a pescar (y de paso lograr servidumbre prestando la caña) a menudo son de los que más han experimentado las virtudes de una buena herencia, (aunque siempre tengan a mano algún ejemplo contraintuitivo y espectacular con el que explicar la excepción como si fuera la norma). Quizá sea verdad que un exceso de mimo heredado perjudique la salud mental, (como en el caso de estos ideólogos de la represión económica), pero una insuficiencia básica lastra cualquier futuro y nos priva a todos de lo que este podría aportarnos.

El refugiado - Felix Nussbaum
¿Realmente queremos un mundo con futuro o sólo servidumbre y privilegios entre alambradas que nos separen de las guerras, la miseria y los vertederos que los vencedores crean a extramuros? La política internacional es parte de la política que nos afecta localmente. Si bien un gobierno global, podría convertirse en otra institución represora, (pues ese tipo de instituciones han funcionado alejadas de la ciudadanía, ajenas al control democrático y manipulables por los grandes capitales y su cabildeo), sí necesitamos algún tipo de fiscalidad transnacional y alguna forma de fiscalización ecológica global a las que contribuyan el mayor número de pueblos que sea posible y que se gestionen democráticamente, algo que no puede hacerse desde el actual descontrol de capitales que chantajean a los gobiernos. La globalización de los mercados sin una correlativa globalización del control político ciudadano juega en contra de la extensión de la democracia y mina su poder decisorio allá donde existe convirtiendo el mundo entero en un mercadillo de naciones, meras sirvientes de un capitalismo insaciable. En algún momento tendremos que sustituir el mito del comercio como pacificador intercambio de intereses, (y en realidad conflicto de intereses), por el cultivo de verdaderas relaciones, trabajadas mediante una comunicación real y un apoyo mutuo.

Si de verdad queremos que la población no tienda a concentrarse en los mismos lugares donde se concentra la riqueza, proporcionemos paz, suficiencia y cultura libre como horizonte vital en todo el mundo. Sin pedir nada a cambio, sin deuda, sin imponer servidumbre ni facilidades comerciales para quienes ya están bien instalados. O quizá bastara con parar la rapiña global. Dejemos de proclamar que queremos siempre más y ayudemos a que todo el mundo pueda ser autosuficiente en su lugar de origen. ¿Como no van a intentar venir si estamos inmersos en la carrera por ver quién prevalece como potencia mundial aprovechando los recursos de los demás países? Si algo tiene un efecto llamada, (que deberíamos llamar efecto expulsión), eso es la expectativa de crecimiento. Los años de la burbuja inmobiliaria dan muestra de ello.

¿Cuáles serán las primeras democracias desarrolladas que se atrevan a cambiar sus lentes? ¿Cuáles entenderán antes que lo que cultivemos “ahí afuera” será lo que recolectaremos en el futuro? ¿Cuáles serán capaces de poner como objetivo una felicidad inclusiva para todos en lugar del crecimiento competitivo? ¿Cuáles serán capaces de cooperar políticamente en este objetivo aparcando la obsesión por el ranking y la rivalidad? La colaboración entre los partidarios de este planteamiento podría superar las malas artes de unos acaparadores que también compiten entre ellos.


los verdaderos protagonistas de nuestra época

En un mundo mejor una libre circulación de personas nos pondría en contacto con los efectos de nuestras políticas internacionales (o en su caso, con los efectos de nuestra dejadez política). Si de pronto un gran número de personas que vivían allende los mares o los montes se presentaran en nuestro barrio llorando por lo que han dejado atrás, tendríamos que interpretarlo como una alerta temprana, como un síntoma de que es hora de preocuparnos por lo que pasa en aquel lugar antes de que toda su población tenga que abandonarlo. El problema no es que vengan sino lo que ocurre en su lugar de origen, que hayan tenido que partir.

La circulación global de personas es imparable. Hoy en unos sentidos y mañana quizá en los opuestos. La duda es si nos ayudaremos a ser libres o si continuará la represión mutua.