30 dic. 2012

Miedo, mito y energía







Condicionamiento social

Parece claro que tanto el previsible agotamiento de recursos fósiles y minerales como el calentamiento climático y la contaminación (“por tierra, mar y aire”) nos avocan a una reducción (voluntaria y gradual, o inevitable y dramática) de nuestro consumo de energía. Pero además el mismo funcionamiento desequilibrado que está afectando al ecosistema tiene repercusiones en nuestro estilo de vida: el abusivo consumo de energía, lejos de estar a al servicio de nuestra salud y de nuestra madurez como personas, nos emplea a nosotros como un recurso más. La prueba es que el trabajo, y no el tiempo libre, es la parte esencial de nuestras vidas, la parte de ellas que más nos preocupa y absorbe a pesar de los continuos incrementos de productividad de las últimas décadas. Por tanto, ¿acaso debemos observar esta necesidad de reducir el empleo de energía como un drama que empeorará nuestras vidas? ¿Y cuál es el impedimento esencial para llevar a cabo una reducción voluntaria y controlada en favor del medio ambiente y de nosotros mismos?

Nuestro trabajo es el “recurso” que menos energía aporta pero es el que utiliza la maquinaria del sistema productivo que consume el resto de recursos. A su vez el trabajo tiene su origen en las aspiraciones económicas de las personas. Esta ambición es su palanca, lo que pone en marcha la capacidad de trabajo humano. No hace falta estimular la economía para que se dé su actividad: tiene su propia tracción en el afán de lucro, (aunque con diferencias entre quienes buscan subsistir y tener tiempo libre, y los que buscan bienes y servicios lujosos o enriquecerse más). Pero cuando los gobiernos regulan con el fin de fomentar el crecimiento económico, están desnaturalizando la necesidad del mismo.

Los gobiernos actuales, imbuidos de la ideología hegemónica en todo el mundo, no organizan la economía para que sus frutos lleguen a todos. Por contra sostienen la posibilidad de la miseria a pesar de la abundancia de riqueza. Y esto lleva a sobrevalorar la producción material y el trabajo. No se da libertad a la sociedad para decidir cuántos recursos necesita: o el mercado crece o no hay empleo (y subsistencia) para todos. Miedo.

Por otro lado, desde las instituciones de hoy día se apuesta por el empresario como proveedor de empleo en detrimento del sector público. Esto implica fomentar deliberadamente el ideal del enriquecimiento, vender la idea de que eso es lo que importa en la vida. Sin ese sueño-señuelo no surgirían las “vocaciones” necesarias. En consecuencia se valora a las personas en función de su poder adquisitivo, y quien no triunfe económicamente quedará relativamente humillado, situación tan “estimulante” como la penuria misma. Así la valoración social crea una condición de necesidad, (es necesario prosperar económicamente para ser tenido en cuenta). Y si el empleo y la producción se dejan en manos del empresario, si la propia subsistencia y también el estatus particular y nacional dependen de este, necesariamente todo -incluida la política- ha de girar en torno a sus intereses y al ensalzamiento de su figura. Mito.

De este modo el miedo y el mito amplifican la predisposición a actuar como motores de transformación energética, pero no en un sentido elegido libremente por las personas en base a su conciencia o a su conocimiento del mundo, sino motores orientados al crecimiento inconsciente, venga de donde venga, so pena de caer en la miseria o de sentirse relegados. Se buscará el crecimiento por sí mismo allá donde surja un “nicho de mercado”, y sin ningún incentivo para prevenir el futuro sino, al revés, con mucha presión para que no se tengan en cuenta las consecuencias globales de tanta transformación material y de tanto consumo energético.

La existencia de pobreza y la posibilidad de caer en ella obliga a la población a aceptar cualquier clase de industria que cree empleo, con independencia de su impacto ambiental, su consumo de recursos o la importancia de la necesidad que cubra, dejando en un plano secundario cualquier otra valoración sobre esa producción y sobre el trabajo que implique. En lo que respecta a las decisiones económicas no hay una verdadera elección democrática de lo que queremos. Es conocida la manipulación política de las grandes corporaciones y sus lobbies, o el control económico mundial llevado a cabo por instituciones elegidas por élites que nos ponen al servicio de esas corporaciones, pero además el condicionamiento social descrito coarta nuestra libertad. Se abusa de los incentivos mediante un sistema de refuerzos positivos y negativos, un conductismo social insoslayable que nos pone al nivel de las ratas de laboratorio o como poco nos infantiliza, nos trata con el paternalismo cruel propio de las dictaduras. Así, con la política del miedo y la discriminación económica nos vemos empujados al deseo de un poder privado que nos salve de la quema dejando la preocupación ambiental, cuando se da, en algo accesorio, casi decorativo.

Esta presión incluso explica en gran medida por qué muchas personas aceptan cualquier indignidad consigo mismas o con los demás: por la “obediencia debida” en el seno de la empresa o de la institución que los salva o que los “eleva”, (pongamos por caso en el sector financiero, con sus cláusulas abusivas, con su venta de preferentes y derivados basura, o con la inversión bursátil, últimamente poco diferenciada de la ludopatía más dura, y totalmente desconectada de los efectos de su especulación en la realidad). La presión del miedo y el mito también explica, en parte, la existencia de crimen por motivos económicos, (delincuencia común, mafias y corrupción política). Esto último es una parte marginal del sistema, (el “daño colateral”), pero bastante significativa: es el extremo que delata las tensiones latentes en toda la sociedad; y no deja de ser una gran preocupación para el resto.  

Libertad fallida

¿Y si resulta que en condiciones de seguridad económica, una vez lograda la suficiencia y sin el condicionamiento social descrito, lo que la mayoría de las personas desearía no es tanto poder económico sino tener más tiempo libre para cosas tan sencillas como disfrutar, aprender libremente, colaborar con los demás en lo que cada cual valore por sí mismo, cultivar pasiones personales y amar? ¡Ah, que eso no sería muy productivo! Por ello se trata de incentivar el trabajo con una represión económica que infunda miedo a la miseria, a la marginación e incluso al hambre. Y por supuesto, no será una opción elegir la aspiración económica suficiente o el grado de dedicación laboral. En la mayoría de los casos no se puede vivir sin un sueldo a jornada completa. Los recursos básicos, (casas, tierras, alimentos, etc.), son abundantes, pero su retención crea las condiciones necesarias para que no pueda ser una opción trabajar menos. Y cuando podría serlo por tener el trabajador un sueldo alto que le permitiría trabajar menos horas, no suele aceptarse tan escasa entrega al mito.

En contra de lo que suele afirmarse, este estado de cosas contrario al interés mayoritario y al sentido común no es “lo natural”. Sólo es posible mediante una decidida intervención estatal que intenta anular lo colectivo, el procomún e incluso nuestro carácter de seres sociales en favor un poder privado cuyo privilegio se protege. Como coartada para vender esta política se confunde intencionadamente la apuesta por el egoísmo con la idea de libertad. Pero la realidad es que una vida en condiciones de libertad, una sociedad libre, sólo puede basarse en un amparo social que no excluya a nadie, que haga inviable el forzamiento de una actividad concreta mediante el chantaje de la exclusión. El actual abuso de los incentivos no respeta lo que sería natural en nosotros, limita nuestras opciones y la posibilidad de actuar en función de nuestro verdadero pensamiento, expresando nuestra voluntad. Se nos impone una ambición económica que anula nuestra verdadera individualidad.

Lo que se ha dado en llamar desregulación de la economía es en realidad una intensa regulación que interviene en favor del crecimiento del mercado a costa de la autonomía de las personas y del equilibrio ecológico. En realidad no existe la desregulación, no es posible: la ausencia de leyes, por poner el caso  extremo, no sería más que la regulación en favor de una situación diferente, y no sería una situación menos autoritaria sino precisamente favorable a los más brutos y dominantes. Lo natural en el ser humano es dotarse de normas e instituciones que protejan su convivencia y su comunidad. La ausencia de este tipo de normas sólo puede deberse a una prohibición de las mismas, a una imposición de los fuertes. Y una desregulación parcial, como la que se ha dado en la economía actual, no es más que la selección de las leyes que convienen solo a una parte. No en vano el derecho a la propiedad privada y a sus rentas no se desregula sino que, al contrario, se intensifica su protección y sale fortalecido con el decaimiento del resto de derechos. La desregulación del amparo social en favor del mercado nos deja en manos de la minoría que puede hacerse con la riqueza (o que la hereda). Admitir que haya pobreza facilita la coacción por parte de quien tiene algo.

El grado de desigualdad económica no es un fenómeno natural. Son las leyes que regulan el mercado las que determinan la exclusión que se acepta y también los beneficios posibles. El desequilibrio actual a favor de los beneficios en detrimento de los salarios, de las prestaciones públicas y de los bienes comunes, desplaza el dinero hacia quien sólo puede demandar ya bienes lujosos -mercado en auge- mientras aumenta el número de personas que tienen necesidades sin cubrir y disminuye la posibilidad de rechazar actividades contaminantes si ofrecen algún empleo. Además, la actividad empresarial -ya sea inversión productiva o especulativa- también se aprovecha de la herencia común, la herencia de una naturaleza compartida y la herencia de trabajo y de conocimiento colectivo acumulado por las generaciones pasadas, a menudo financiado con presupuestos públicos. Todo esto legitima que al capital se le pueda exigir una suficiencia para todos como contrapartida a esas leyes “beneficiosas”.             

El mercado desequilibra la sociedad y además funciona con independencia del efecto que produce sobre la biosfera. Pero si a este sistema elitista e inconsciente añadimos la intervención de un estado que, en lugar de compensar sus desequilibrios, impone una artificial lucha por la supervivencia mediante la regulación del miedo y el mito, este desequilibrio se verá amplificado. La política que favorece el crecimiento del mercado exige un aumento sin sentido del consumo de energía y nos consume a nosotros mismos como simple energía para alimentarlo en una búsqueda absurda del crecimiento por el crecimiento, de la transformación por la transformación, de la fuerza por la fuerza, del empleo por el empleo.

Autolimitación

¿Por qué se aceptan este descontrol ecológico y energético, y esta desigualdad? Lo lógico sería que la acción de los gobiernos estuviera conducida por fines vinculados a verdaderos valores comunes, no al privilegio de una minoría ni al mero incremento medio de la cantidad producida a corto plazo a costa de lo que sea. Sin embargo, los parlamentos sólo pueden legislar en favor de unos valores concretos si previamente la sociedad se lo exige. Y la mayoría de los individuos de la sociedad actual aceptan la situación presente. En muchos casos con la esperanza de emular el mito. En otros por el miedo a que no haya empresarios que les empleen. O simplemente porque estando en una posición relativamente cómoda, temen perderla si se diera un cambio en las prioridades sociales. Es más fácil creer en los expertos bien pagados. La falta de pensamiento libre propia del hedonismo mal entendido, consumista y culturalmente dócil, impide una reacción.

Pero también en esta forma popular de decidir (o de no hacerlo) tiene una gran influencia el sistema de incentivos de nuestro modelo económico y la forma de educarnos en el mismo. Somos educados con la prioridad de la eficiencia servil, útil a quien pague. Toda la educación, no sólo la académica, gira en torno a la “empleabilidad”, dejando de lado las demás posibilidades de una razón autónoma. Se trata de una forma de vida condicionada en última instancia por la llamada “psicología industrial” que selecciona al personal en las entrevistas de trabajo, y a cuyos criterios deberá responder el futuro adulto. Y esto supone que somos educados por y para una forma de vida basada en la indiferencia competitiva.

El radical desarraigo que exige la sociedad de mercado, ya desde la apartada cuna, pasando por la distancia que imponen los problemas económicos de los padres y desembocando en la preparación para la continua falsedad comercial, favorece una personalidad egocéntrica y ansiosa, llena de carencias y falta de autoestima. La cultura comercial, (expresada por ejemplo en la publicidad y en los guiones de la mayoría de las teleseries y películas), es un reflejo de todo esto pero a la vez también es un “recordatorio” de la normalidad vigente, un recordatorio producido por el propio funcionamiento del mercado, con sus mismos códigos, y con el que este se autorreplica en el ideario colectivo, cuando no es propaganda promovida o al menos cribada directamente por los grupos de poder que controlan la mayor parte de esa producción cultural. Las excepciones son abundantes pero al marketing no le importa la disidencia, le basta con la hegemonía.

El sujeto así conformado -casi todos lo somos- puede sentirse relativamente cómodo en un entorno de competitividad laboral y ostentación consumista, pero paradógicamente tiende a las dependencias emocionales espurias y a la sumisión cultural. Y le resultará difícil salir de esta dinámica o incluso apoyar otra política. Sin embargo esa comodidad o conformidad con una sociedad adictiva no deja de ser una forma de habituación tan enfermiza como la llamada “indefensión aprendida”, una adaptación contranatura y alejada de cualquier idea de plenitud. Y en el fondo conduce a la apatía y a la frustración porque se trata de un funcionamiento que apela a los deseos para saturarlos de ofertas, y que juega contra una posible realización personal basada en la libertad de pensamiento, en la elaboración de un criterio propio, en hábitos de acción o creación voluntarias y en una relación auténtica y sincera con otras personas.

La economía actual depende del estímulo y la satisfacción de caprichos pueriles continuamente renovados de modo que no dejen de dar beneficios, y el trabajo para esta producción se articula mediante el miedo a la miseria y a la marginación social. Esto lleva a producir mucho más allá de lo necesario, consumiendo recursos finitos y contaminantes, y sin cubrir nunca por completo lo que sería suficiente para todos. Pero la realidad es que no hay un determinismo economicista en la conducta una vez pasada la satisfacción de necesidades básicas, y es el orgullo lo que nos motiva en función del cumplimiento con los valores comúnmente admirados. En lugar de vincular ese orgullo a la riqueza podríamos adoptar una forma más inteligente de interés por uno mismo basada en el amor propio, en el amor a uno mismo, lo cual incluye necesariamente una relación sana con los demás, y requiere que la sociedad comprenda una responsabilidad con todos sus individuos y con el medio ambiente. Y si la población ha de exigir a los gobiernos que su política sirva a nuevos valores, estamos esencialmente ante un problema ético y cultural. La prioridad es elucidar, acordar, explicar y difundir estos nuevos valores necesarios que deberán defender los poderes públicos.



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29 nov. 2012

El exceso de trabajo

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1. Trabajo insostenible
Sociedad, trabajo, explotación - 
Luis Brihuega
Ante la imagen de la miseria en el mundo, también en los países enriquecidos, la primera impresión podría ser que hace falta trabajar más para mejorar las cosas, trabajar más horas y más duro, ser más productivos para solucionar la pobreza y para alejar el temor a caer en ella. O al menos es lo que suelen repetir nuestros gobernantes con machacona insistencia. Pero ¿para qué trabajamos en realidad? ¿Para solucionar esa miseria y esa angustia?

Gran parte de los trabajos consisten en fabricar o en comercializar cosas que nada tienen que ver con la pobreza y cuya carencia no provocaría sufrimiento (salvo que antes se haya cultivado una dependencia de las mismas). Diseñamos volubles modas, inducimos la obsolescencia de todo para poder vender más, comercializamos una miríada de fruslerías que renovamos como si fueran manzanas que crecieran en un árbol, nos empleamos en dar servicios que también se apoyan en recursos materiales, construimos enormes infraestructuras complementarias de esa producción, o incluso a veces innecesarias... Y devoramos ingentes cantidades de recursos minerales y energéticos para todo ello.

Pero son muchos los puestos de trabajo sostenidos por ese gran consumo superfluo, podría objetarse. Hay muchos empleos que dependen de la servidumbre que supone esa sobreproducción. Y parecerá una afirmación concluyente gracias a la cultura oficial según la cual el trabajo no es un medio sino un fin en sí mismo. Hasta el punto de que, si no hace falta más trabajo para producir lo necesario, tendremos que “crear” más empleo para que llegue a todos, tendremos que producir algo más. Tendremos que “crear nuevas necesidades”, como enseñan a los publicistas en ciernes, o tendremos que cavar agujeros para luego taparlos según el clásico ejemplo keynesiano de fomento del empleo público, (a pesar de los vaticinios de Keynes sobre la liberación humana de la mayor parte del trabajo para estas fechas). Todo parece estar justificado con tal de dar uso al medio en el que nos hemos convertido. ¿Cómo vamos a subsistir si no es con trabajo? Sin emplearnos no hay salario ni subsistencia. Se necesita más consumo y más trabajo, más transformación de todo para subsistir.

Y sin embargo este funcionamiento no está sirviendo para eliminar la miseria a pesar de toda la exagerada explotación del medio ambiente necesaria para sostener esa producción. Más bien al contrario, la desigualdad no ha dejado de aumentar en las últimas décadas. Y ante este resultado, la tozuda respuesta de quien está en lado “beneficioso” del sistema es que no se insiste lo suficiente: habrá que añadir más esfuerzo, más flexibilidad, más competitividad, más emprendimiento, más crecimiento, a costa de lo que sea. La sociedad de mercado fuerza a realizar una cantidad de trabajo que va mucho más allá de lo necesario para el sostenimiento de su población, y a pesar de ello siguen abundando la miseria, el paro y las condiciones laborales penosas.

¡Qué absurdo que unos estén saturados de trabajo mientras otros no pueden hallar ningún empleo! ¿No repugna a la razón que las tierras no cultivadas o el “exceso de capacidad instalada“ de nuestra industria convivan con las necesidades insatisfechas de gran parte de la población? ¿Es admisible tener gente sin casa mientras sobran viviendas vacías y abruma la urbanización faraónica y degradante? ¡Y qué irracional que haya personas muriendo de hambre o niños esclavos cuando se producen alimentos como para 12.000 millones de personas! (sin tener en cuenta lo que se deja de producir para no “tirar” los precios). ¿Es esta la “eficiencia en la asignación de recursos” que se elogia como virtud del mercado libre?

Sabemos que a los pequeños agricultores de todo el mundo les están expropiando sus tierras para malvenderlas a grandes corporaciones y a fondos de inversión que quieren acapararlas para especular con su precio. Sabemos que las reglas del “libre” comercio internacional, deuda mediante, favorecen a los países ya ricos y perjudican precisamente a los que padecen más miseria (imponiéndoles importaciones y prohibiéndoles las exportaciones que les beneficiarían). Sabemos que hay un descomunal desequilibrio en el consumo de recursos energéticos entre unos países y otros... Y sabemos que es nuestro trabajo en el mercado el que mueve este sistema productivo, sirviendo a este funcionamiento desequilibrado.

No sería posible todo lo que ocurre en la economía global sin el desempeño de los trabajadores que la mueven y accionan su lógica. Si el mecanismo es ineficiente y su movimiento desnivelado produce desastres, el trabajo en él servirá a esos fines. Es decir, no es el trabajo nuestro el que paliará el hambre en el mundo sino precisamente el que arruina a los países empobrecidos con el robo de sus recursos organizado a través de multinacionales, tratados fraudulentos y gobiernos manipulados por el capital, (coltan, petróleo, gas, selvas, tierras, esclavos, armas, etc.). Es nuestro trabajo el que pone en marcha toda esta maquinaria de desigualdad, ineficiencia global en la asignación de recursos y destrucción del ecosistema del que dependemos en última instancia.  

2. Trabajo forzado
Realizando trabajos diversos hacia 1435 a.C.

Pero esto no ocurre por decisión de los trabajadores sino porque aceptar un trabajo a tiempo completo es la única forma de conseguir lo necesario para vivir. Se nos impone la idea de que sólo el trabajo es admisible como forma de acceder a los bienes imprescindibles, por muy abundantes que puedan ser. El trabajo se considera la única vía legítima de redistribuir la riqueza, y a la vez se mantiene relativamente escasa la posibilidad de trabajar. Se niega la posibilidad de repartir el trabajo que es capaz de ofrecer el mercado de modo que todo el mundo pudiera tener acceso al mismo, y se está reduciendo la posibilidad de trabajar en el sector público (debido a la presión de los lobbies de las grandes corporaciones y de los mercados de capitales que tratan de desbancar a este sector). De este modo el trabajo, insuficiente para todos pero imprescindible para sobrevivir, pasa de ser un simple medio a ser deseado por sí mismo, como si fuera una necesidad fisiológica. Se puede afirmar que el trabajo en nuestra sociedad es esencialemente trabajo forzado.

El trabajo para la propiedad privada y el éxito comercial entre otras cosas fomenta una retención improductiva de los recursos productivos abundantes. El mercado vela por la escasez para mantener los márgenes comerciales. Esto no sólo impide el aprovechamiento público de estos recursos, o su explotación por parte de quienes están en paro, sino que además fuerza unos precios finales más elevados de lo que sería posible. Este funcionamiento debería ser inadmisible al menos para bienes de primera necesidad. Pero es que la misma disponibilidad de puestos de trabajo se reduce en la medida de lo posible: cuantos menos puestos y menos repartidos, mejor para quienes controlan su valor y se benefician con el mismo. Así, los aumentos de productividad debidos a la mejora tecnológica nunca redundan en menores jornadas de trabajo sino en menos empleos, y a la vez, el paro ayuda a presionar a los trabajadores que quedan para que extiendan su jornada y no puedan cuestionarse lo que hacen.

Las personas que padecen esta escasez de bienes básicos y de trabajo, evitable pero artificialmente impuesta por el funcionamiento normal del mercado, estarían encantadas de poder trabajar si se les cedieran los recursos necesarios para ello o si se les proporcionara empleo público con los mismos, (empezando por las tierras cultivables y continuando por otras industrias de bienes básicos), como bien demuestra el hecho de que cuando el mercado ofrecía más puestos de trabajo estos eran ocupados. Pero este sistema se basa precisamente en la exclusión progresiva y en el sostenimiento de la presión económica, en la insatisfacción continua, para que el anhelo de ser empleado mantenga la servidumbre más allá de un contrato razonable, sin horario y sin un reparto justo de los beneficios.

Con el salario en sempiterna competencia a la baja entre un mar de personas en paro, se ha vuelto un anhelo ser explotado, sacrificando al trabajo todo el tiempo y todas las capacidades, haciendo del trabajo el centro de la vida y la piedra de toque para la valoración de uno mismo, y abandonando cualquier otra inquietud y las demás posibilidades de lo humano, (a pesar de que los salarios se consideren costes a minimizar y se ponga como objetivo preferente la maximización de los beneficios). De este modo, la oferta de nuevo trabajo, (la “creación de empleo”), se convierte en la excusa inapelable para cualquier tropelía ambiental o para cualquier expolio. Y como consecuencia la necesidad de trabajar es mucho mayor de lo que permitirán los recursos del planeta. Una sostenida escasez parcial de trabajo, en la que cualquiera puede caer, fuerza paradógicamente un exceso del mismo. Se trata de un funcionamiento que conduce a transformar más de lo que el ecosistema puede asimilar sin lograr con ello una suficiencia para todos, conduce al exceso entre la miseria. Trabajamos en producir lo prescindible sin satisfacer lo necesario, porque trabajamos para la riqueza excluyente al margen de lo que convenga al bien común. Es decir, tenemos un consumo insuficiente, con necesidades básicas sin satisfacer, junto a un consumismo insostenible. Se trata de una clara ineficiencia en la gestión económica de la sociedad, con un despilfarro innecesario de recursos que sin embargo no cubre las expectativas básicas de todos. ¿Dónde está la clave?

3. Producción irrefrenable

Mecánica devoradora - Jesús Alonso
Es de sobra conocido que para extender el nivel de consumo de la minoría cómoda a todo el mundo serían necesarios los recursos naturales de varios planetas, pero no basta con incidir sólo en la reducción del consumo superfluo como forma de mejorar el medio ambiente porque esto lleva a que nos topemos continuamente con la barrera del paro resultante entre quienes dejan de vender. De hecho, a menudo la demanda final depende de lo que ofrece la producción, se determina en la oferta, (sobre todo cuando no se trata de necesidades básicas); se estimula la saturación de ofertas; se extrema el posibilismo consumista; se innova para la demanda posible porque esa es la forma de crear empleo. En el origen de la secuencia lógica que lleva al consumismo está la necesidad de empleos. Por tanto el fallo no hay que buscarlo tanto en el deseo de consumir como en la estructura productiva que satura ese deseo cuando tiene dinero y que lo deja morir cuando no puede pagar, es decir, en el sistema que nunca emplea ni sostiene a todos y al que por ello se le permite cualquier tropelía con tal de crearlos.

Además, quien consume tiene muy difícil conocer todos los efectos de producir lo que compra. Esto podría evitarse con leyes (y vigilancia) que impusieran exigencias ambientales al sistema productivo, como el cierre de los ciclos de materiales, pero con ello se elevarían los costes y se dificultaría o incluso se impediría la producción de muchos bienes, con la consiguiente reducción de su posible consumo y de los empleos generados. Así tenemos que el paro es la gran disculpa para no limitar, condicionar o impedir ningún consumo y ninguna producción. De hecho, mientras no cambie el actual paradigma de distribución de la riqueza y el empleo, la única forma de combatir el paro y la pobreza es fomentar el consumismo de quienes tienen ahorros, fomentar el consumo innecesario para generar empleos. El problema del paro alimenta el de la depredación energética y natural, y en realidad ambos son los síntomas combinados de un mismo problema: la rigidez en el reparto del trabajo disponible junto a la imposibilidad de acceder a los recursos necesarios para vivir si no es mediante ese trabajo al servicio de una acumulación privada creciente.

Ese intocable engarce entre ingresos y trabajo, entre subsistencia y trabajo, entre supervivencia y trabajo, hace imposible un apoyo popular a la reducción de la producción o a su condicionamiento ecológico por muy concienciada que pudiera estar esa población. ¿Pero acaso es inevitable ese encadenamiento de las rentas al trabajo? La clase enriquecida tiene claro que no, pues su mayor fuente de ingresos es la especulación, no el trabajo productivo sino las rentas del capital (por las que velan gestores profesionales). Lo que ahora falta es que el resto de la población comprenda que también pueden tener una fuente de ingresos con origen distinto del trabajo, que es legítimo que así sea, que es viable dada esa sobreabundancia de riqueza y el grado de productividad actual, y que lo dañino es precisamente el uso especulativo de esa riqueza. La riqueza sustrae rentas a la sociedad por el mero hecho de existir y prestarse, y sin devolver casi nada a cambio de la herencia común de la que se aprovechan, a menudo promovida con presupuestos públicos, una herencia de trabajo y de conocimiento de las anteriores generaciones que hace posibles los beneficios actuales. Más bien al contrario, los cuervos especulativos que hemos criado nos sacan los ojos con precios burbujeantes, con deuda, con exigencia de rescates y con devastación ambiental.


Los explotadores - Diego Rivera
Mientras este sistema de producción para quien tiene dinero pueda asalariar a la mayoría de la población, parecerá un sistema técnicamente funcional, podrá venderse como solución para la subsistencia de todos, y hasta hará creíble para muchos que esa depredación ambiental es imprescindible o incluso que tiene su utilidad. Hasta ahora se acepta la hipótesis de que los ingentes beneficios de unos pocos “derraman” rentas para todos, (aunque sean insuficientes). Pero lo que está ocurriendo en la práctica es que los beneficios del trabajo se evaporan hacia el sistema financiero, y con el reparto de unas sobras cada vez más miserables y que no llegan a todos, se trata de justificar un expolio planetario, el privilegio sin fin de los pudientes y la servidumbre de una inmensa mayoría de personas que además tienen que competir entre ellas por esos restos.

Si se prolonga una crisis general (de deuda o de recursos) que impida recuperar ese empleo para la mayoría, el engaño productivista ya no será vendible como solución “desgraciadamente contaminante pero imprescindible” para la sociedad porque ya no cubrirá las expectativas mínimas. Entonces, la interpretación que hagamos del fallo determinará la reacción social al problema. Hasta ahora predomina la interpretación masoquista de “haber vivido por encima de nuestras posibilidades” cuando la realidad es que hemos vivido por debajo, pagando precios amañados y cobrando menos de lo generado con el trabajo, y la deuda irracional es la de grandes empresas, sobre todo financieras, que -esta sí- la derraman sobre la población. Pero tarde o temprano llegará un momento de desengaño generalizado, y la reacción puede ser fascista o puede ser sensata. Por ello es importante hacer el análisis correcto antes de que llegue ese momento. Necesitamos hacer saltar los goznes lógicos de la trama y entender que la clave para el sostenimiento social y ecológico está en cómo se distribuyen los recursos naturales y productivos, no en el grado de producción. Que disminuya la cantidad total de los mismos no quiere decir que no podamos disponer de los suficientes para mantenernos todos. De hecho ahora se sobreexplotan los recursos naturales precisamente por no repartirlos bien, por vincularlos a un trabajo que se fuerza con paro y miseria sostenidos, por no repartir ni el trabajo ni sus frutos.

En realidad puede que cuando llegue esa reacción sea demasiado tarde para el equilibrio del ecosistema del que dependemos. La condena a tener que buscar continuamente nuevos yacimientos de empleo para compensar las mejoras tecnológicas y de productividad que sólo son aprovechadas por el capital,
impide refrenar una producción que ya ha tenido y está teniendo consecuencias devastadoras. Y es precisamente el trabajo el que enciende toda esa maquinaria de producción y sobreproducción. Aunque el motivo sea dar satisfacción a la demanda, es en el trabajo mismo donde se ejecuta el mayor despilfarro de recursos naturales finitos, donde más se daña al medio ambiente y donde tienen su origen la mayor parte de las emisiones contaminantes o de efecto invernadero.

Y visto así, lo que urge no es trabajar más para “levantar el país” o el planeta sino, al revés, trabajar menos, transformar menos, no contaminar, y no robar comercialmente a los empobrecidos, (no robar fuerza laboral y recursos a las clases empobrecidas de todo el mundo mediante el abuso de una posición negociadora apoyada por leyes injustas). Urge redistribuir el trabajo y los beneficios generados con el mismo de modo que menos trabajo sea suficiente para todos, sin excluir a nadie del sistema; de modo que quien no lo tiene ni para ganarse lo básico pueda tenerlo, y que si alguien quiere conformarse con sólo lo básico a cambio de más tiempo libre, también pueda hacerlo. Como complemento de este trabajo menor deberían ampliarse unas prestaciones públicas accesibles a todos, (al menos para los bienes básicos como vivienda, educación, sanidad e información), y una Renta Básica de Ciudadanía, con cargo a los ingentes beneficios que hoy día apenas se gravan (y que no hacen sino distorsionar los mercados con su naturaleza especulativa dañando a la misma sociedad de la que han surgido esos beneficios).

4. La cultura del trabajo

Fábrica - Vicente Vela
Pero aquí entramos en el terreno de los valores personales a la hora de juzgar el trabajo. Como un triunfo absoluto de La ética protestante y el espíritu del capitalismo, todo el mundo idolatra el trabajo. Tanto los que podrían prescindir de él, completa o parcialmente, como los que no lo encuentran, pasando por los que son explotados, sea cual sea su situación o su actitud en la práctica, nadie osa contravenir el valor del trabajo como dogma. Cabe repudiarlo pero incluso en este caso suele hacerse con mala conciencia o con el aire cínico de quien asume que está incurriendo en una falta. Es raro que alguien se lo cuestione realmente como valor. Pero ¿para qué trabajamos? ¿Es acaso el trabajo un ejemplo de “santidad”? ¿Qué objetivos personales perseguimos con nuestro trabajo?

Actualmente muchos trabajan para pagar la hipoteca y subsistir a duras penas, pero gran parte de lo ganado por los demás sirve a ese consumo de cosas prescindibles cuya producción en masa está degradando el medio natural, como renovar continuamente todas las pertenencias, poder consumir por consumir, poder “ir de tiendas”, (como forma de socialización basada en las modas), poder equipararse a los demás y atemperar la presión del “qué dirán”. O, más allá de esto, muchos trabajan con la aspiración de tener varios vehículos y cambiarlos con frecuencia, tener una segunda o tercera vivienda, volar lejos, (más que los vecinos), llenar de lujo sus viviendas y sus vidas, y para poder demostrar la capacidad adquisitiva personal, (como forma de socialización basada en el prestigio), cuando no para utilizar su capital como instrumento de poder y coerción, o para especular con él fomentando la formación de burbujas de precios. No todos consiguen esto último pero demasiados trabajan para acercarse lo más posible a ese consumismo insostenible y a ese poder, o para pagar la deuda que ya se lo permite. Y sin embargo, con esa presión o con esa ambición, lejos de conseguir una vida plena y feliz,
aumentan los casos de ansiedad, aumenta la frustración y se extiende la sensación de que no controlamos el devenir social.

Con la presente idolatría laboral y con este alto “valor de mercado” del puesto de trabajo, incluso quienes ganan tanto que podrían vivir bien con la cuarta parte de su salario, (es decir, con la cuarta parte de su jornada), rara vez se plantean trabajar menos o directamente no se les permite hacerlo. Sin embargo, sería socialmente saludable que quien trabaja para ganar más de lo que necesita cambiara parte de ese trabajo por tiempo con el que pudiera alimentar otras aspiraciones personales, otros retos independientes, otras ambiciones más elevadas, menos basadas en la transformación económica y en el crecimiento material que otros sí necesitan. Es fácil visualizar esto último con algún ejemplo: en muchas especialidades, (como ingeniería o medicina), tenemos más aspirantes de los que puede admitir el sistema, y por otro lado, estos profesionales a menudo se quejan de su carga de trabajo aunque podrían vivir con la mitad de su sueldo. ¿No sería lógico que trabajaran menos horas dando acceso a más trabajadores? Las profesiones cualificadas y bien pagadas admitirían más profesionales sin caer en la pobreza si estos valorasen mejor su tiempo libre y se les permitiera trabajar menos.

El crecimiento personal y el futuro del planeta pasan por necesitar menos cosas y ampliar el conocimiento pero, por contra, nuestro sistema económico se basa en que dependamos de un mayor consumo y de un mayor trabajo. En general, una vez lograda la suficiencia económica, el camino lógico no consiste en obtener más crecimiento material sino en madurar como personas dando un uso independiente al cerebro y a las energías sobrantes de acuerdo a los valores propios, algo que por otro lado tiene mayor probabilidad de resultar verdaderamente satisfactorio. Aunque para ello quizá muchos deban vencer previamente el miedo a la libertad que puede suponer toparse con tiempo libre a diario.

En definitiva, el mitificado trabajo no es más que transformación de la realidad, y la transformación no es en sí misma buena ni mala. Depende de qué transformemos en qué. Hoy por hoy, nuestro modelo económico se basa en el aumento cuantitativo de esa transformación sin tener en cuenta los efectos de la misma. Damos por hecho que el aumento de trabajo es moralmente mejor porque es más sacrificado, hasta el punto de aceptar una inseguridad económica y una desigualdad que “incentiven” el trabajo, pero es precisamente el exceso de  transformación que esto implica lo que está degradando el planeta. Y es que el efecto del trabajo depende de la lógica en la que se inscriba: que sea virtuoso (como el de un cooperante) o dañino (como el trabajo de un nazi en Auschwitz) depende del sistema al que sirva y que lo encauce. Y el mercado -siempre al servicio de quienes predominan en él- fomenta el trabajo por sí mismo, sin límite y sin brújula, como una energía expansiva sin control, especialmente cuando los gobiernos regulan para dejarlo todo en sus manos o para potenciar su funcionamiento. Por contra, a veces la opción moral superior es precisamente la contención, el respeto, el control de ciertas pulsiones, (como la codicia o el afán de poder), pero también el freno de ciertos hábitos o tendencias culturalmente aceptadas, como la admiración del trabajo, de la transformación, de la conquista de nuevos horizontes productivos y del enriquecimiento.

¿Significa esto apostar por una mayor austeridad? Hay que tener en cuenta que precisamente la austeridad impuesta es uno de los factores que frenan la adaptación del sistema productivo a las nuevas exigencias ecológicas y energéticas que necesitamos implementar, (la reducción de políticas ambientales pero también la reducción de salarios, de servicios públicos y de ayudas, así como la competencia en la reducción de costes de fabricación). Ahora mismo el deterioro ambiental es una ventaja competitiva, y la competencia a la baja en salarios impide que los ciudadanos puedan pagar una producción ecológica más valiosa pero más cara. Por otro lado, lo que ahoga a los sistemas públicos es la competencia fiscal entre estados junto al endeudamiento, no el malogrado bienestar que han ofrecido. Hay un vínculo directo entre la reducción de costes y una destrucción social y ambiental masiva. La destructiva anorexia también es una forma de austeridad. Por tanto, la austeridad social no es lo necesario sino precisamente lo que fuerza a la búsqueda de nueva actividad y a que esta sea degradante.

Earth  -  Jean-Michel Basquiat

5. Seguridad económica y tiempo libre
El abuso de la austeridad como virtud en realidad esconde cicatería, sadismo productivo y dominación por parte de élites nada austeras sino más bien libertinas en el uso de sus capitales especulativos. Lo que necesitamos “recortar” es el trabajo, precisamente aliviando la austeridad exigida a las poblaciones. Hay que lograr que no sea necesario trabajar tanto (transformar tanto). Desde el punto de vista de la economía compartida de la humanidad, no interesa ahorrar en costes de producción sino ahorrar en consumo de recursos naturales; buscar la eficiencia como sociedad, no en cada empresa, no externalizando costes a base de abusos, desigualdad y contaminación. Esa sería la austeridad razonable: ser capaz de vivir todos, sin excluir a nadie, con el mínimo gasto de recursos naturales posible. Y pensar en “mejorar” más que en “crecer”, al menos en la medida en que no se pueda “crecer mejor”.

Cabe añadir que en realidad estaría bien dedicar más fuerza laboral a algunas cosas. Necesitamos reorientar el trabajo hacia las evidentes carencias de nuestro tiempo: los derechos sociales y la recuperación ecológica. Actualmente el sector público podría generar empleo en estos sectores si para ello recaudara suficientes impuestos a la riqueza. No es lo mismo el crecimiento económico en el caprichoso mercado que un crecimiento racionalmente orientado, enfocado precisamente a las necesidades ecológicas y a las necesidades de los desposeídos. El segundo sería deseable, siempre y cuando no acabara desembocando en una nueva forma de servidumbre productiva, ahora estatal. Para evitarlo esta vez el nuevo sector público ha de ser transparente y democrático, controlable por la sociedad. Así se podría dar prioridad política a lo que no puede ser un valor de mercado, la evolución colectiva y el procomún, pero de modo que tampoco pueda ponernos al servicio de élites burocráticas con objetivos propios, desvinculados de la ciudadanía. En realidad ahora tenemos ambas: la servidumbre propia del mercado y la que imponen los gobiernos, pero no al servicio de la riqueza colectiva o de esas carencias sociales sino al servicio de una acumulación privada minoritaria, con leyes que intervienen el mercado a su favor acentuando sus desequilibrios.

La redistribución del trabajo (mediante su reparto, por un lado, y mediante su reorientación pública hacia fines equilibradores, por otro), no es algo de “mera” justicia ni algo accesorio del sistema ideal sino precisamente el asunto central del que depende todo lo demás, la llave que, junto a una mayor equidad, podría abrir un futuro razonable. En contra de los prejuicios habituales, disponer de seguridad económica básica favorecería un progreso sano de la sociedad, (libre, consciente, elegido, motivado, no espoleado, sino con motivos), mientras que el supuesto “incentivo” de la represión económica nos fuerza a aceptar cualquier indignidad, actuando sin responsabilidad, sin ser dueños de nuestras acciones, haciendo inútil la reflexión sobre los efectos y el valor de nuestro trabajo, o incluso alimentando todo tipo de corrupciones, abusos y mafias que se aprovechan de esa inseguridad económica, de esa dependencia de las personas y de su deseo de superar la misma.

Por otra parte, la ganancia de tiempo libre debida al reparto del trabajo (y a un reparto de riqueza que permitiera el primero) favorecerían una mayor reflexión colectiva sobre los problemas que debemos plantearnos todos para elegir bien la orientación de la sociedad. Porque ahí los ciudadanos sí tenemos responsabilidad en la situación del mundo. Es una cuestión de responsabilidad democrática, a través del voto y de la participación política. No sólo el consumo y los hábitos determinan a diario cómo va a ser el mundo, sino sobre todo la orientación que toman las leyes que nos gobiernan en cada asunto. Por tanto necesitamos conocimiento y difusión de este, comunicación y discusión. Todos debemos ser conocedores de la realidad cuando todos somos un factor del sistema. Y esto requiere tiempo libre. Además necesitamos que nuestra participación política sea efectiva, vinculante para que pueda sentirse como una responsabilidad. No basta con repartir la riqueza: es necesario repartir el poder.

Por supuesto, todo esto no significa que sería mejor dejar de trabajar o que no nos beneficiemos de los frutos del trabajo. No se puede producir lo necesario para la vida sin trabajar. Lo que aquí se critica es el trabajo absurdo, pernicioso, desorientado, el exceso de trabajo y la mitificación que se hace del mismo, el hecho de que se considere un valor por sí mismo en vez de lo que es: un mero proceso sin virtud que también puede ser dañino, y que resta libertad y posibilidades a las personas cuando no es vocacional. De hecho lo lógico sería que tendiéramos a minimizarlo en lugar de reprimir el deseo de tiempo libre. El tiempo propio, la falta de obligaciones, no implica el cese de toda actividad humana constructiva. Hace falta tener una visión muy pobre del ser humano o carecer absolutamente de inquietudes para pensar así.

La degradación está llegando a un punto en el que cabe preguntarse si no sería sensato promover y subvencionar el conformismo económico, valorar que una parte de la población no aspire a enriquecerse o al sobreconsumo, facilitar que se pueda subsistir dignamente sin necesidad de producir y de transformar con ello el entorno. Y facilitar el acceso a una cultura libre, abierta, participativa como vía más adecuada para canalizar las energías sobrantes. Con ello se favorecería la posibilidad de aumentar el conocimiento, la reflexión pública y la responsabilidad colectiva. Los excedentes económicos permitirían hacer esto si se redistribuyeran adecuadamente, si se invirtieran así en buscar un reequilibrio del planeta. Es necesario que el acceso a los medios básicos para una subsistencia independiente no esté condicionado a la eventualidad del crecimiento económico.

Actualmente tendemos a mercantilizar toda actividad humana. Nuestro modelo económico y la subsistencia de todos depende de que así sea. Algo se considera socialmente beneficioso cuando puede mover dinero, crear empleo. Pero quizá debiéramos empezar a plantearnos justo lo contrario: ¿para qué hacer trabajar a alguien si se puede prescindir de ello o puede hacerse de otra manera (cooperando fuera del mercado o reduciendo la obsolescencia)? Se trataría de poner como objetivo el ahorro de trabajo y de recursos naturales en lugar de buscar el empleo de ambos por sí mismos, por emplearnos, como objetivo contradictorio de la economía, confundiendo medios con fines. Necesitamos dejar de ser simples medios para ser servidos por la organización económica. Dejar de ser siervos de una lógica ajena a la plenitud humana, ajena a nuestro verdadero interés; dejar de vivir alienados por un virus ideológico que nos convierte en meros medios para un fin extraño a nosotros mismos, inhumano.

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Para finalizar una invitación a la reflexión, que siempre es una buena alternativa al trabajo: sobre el mensaje de H. Hesse en Shidarta: UNED - Hermann Hesse (17min.)


Cuadros tomados de la Ciudad de la pintura