15/9/2011

La leyenda de la inversión privada. (4/5) El sadismo productivo

(1/5) El inversor fantasma
(2/5) La ayuda fantasma
(4/5) El sadismo productivo
Para que una economía redistributiva sea posible, antes de nada tendremos que desterrar ese prejuicio social según el cual quien no haya trabajado duramente no merece tener nada; tendremos que deshacernos de ese recelo malsano atento al esfuerzo ajeno propio de épocas en que el problema era la carencia y no el exceso de “capacidad instalada”. Tendremos que dejar atrás ese dogma productivista sádico, quizá recuerdo de una culpa religiosa, que obliga a purgar algún ignoto pecado original con el sudor de la frente para poder justificar la vida, ese miedo a la libertad ajena -o a la propia- que sufren muchas personas cuando no ven a todo el mundo sujeto a una dura obligación. Es hora de abandonar la desconfianza social y de aceptar que podemos reconocer valor a la dignidad humana por sí misma. Es más, va siendo hora de aceptar que un exceso de productivismo, ambiental y socialmente destructivo, a menudo está actuando contra esa dignidad humana a la que aspiramos, o dicho de otro modo, esta perjudicando nuestra plena salud mental junto al medio ambiente del que dependemos. La vida para la inversión económica no nos lleva a lo mejor de nosotros mismos; su promesa es un mito nacido en épocas de escasez en las que lo básico parecía lo fundamental.

En virtud de ese recelo social que prima el trabajo como condición para el reconocimiento de la dignidad, se da por hecho que cualquiera puede “espabilarse” y hallar un hueco en el mercado, haciéndose “emprendedor”, pero no se hacen estudios de mercado para determinar cuántos huecos puede admitir un mercado en su conjunto, cuáles son sus límites, antes de decidir que todo el mundo puede hallar su “nicho de mercado” “buscándose la vida”. Sin embargo, a medida que la mayoría de la población se empobrece con el extremismo salarial, (arteramente llamado “moderación” salarial), la renta disponible para alimentar esas oportunidades de negocio también decrece. Si no hay dinero que pueda comprar algo, no hay oferta rentable que sea posible por muy deseable que fuera la innovación ofrecida. Así, el ciudadano que pierde su trabajo por los ajustes y ve menguar la protección social, también tiene que oír que no sea un zángano lelo y que se convierta en empresario, a la vez que se recortan las rentas de quienes podrían comprar el producto de su nueva empresa. Lo llaman “libertad económica”, o incluso “libertad” a secas. Y se quedan tan anchos como su sillón les permite. Los grandes inversores y sus voceros paniaguados saben que sus gobiernos “creen” en ellos y que no van a imponer una moderación de los beneficios sino que, al contrario, van a favorecerlos y van a vender la idea de que esos beneficios serán buenos para el país, algún día.

Y la idea cala. El número de indignados con los políticos comerciales no supera una masa crítica que pueda cambiar las cosas. Al contrario, multitud de fieles que han escuchado demasiadas homilías de mercado son capaces de indignarse con quien recibe las mal llamadas ayudas sociales, (que no hacen sino poner en circulación dinero para la economía real). Sin embargo no debería hablarse de ayudas o de subsidios sino de lo que en justicia le corresponde a cada uno, porque ¿de quién es todo? ¿De quién es ese todo del que sólo sacan partido unos pocos que a la vez no tienen reparo en degradarlo? Aun suponiendo que todo el mundo deba rendir algún trabajo a cambio de su subsistencia, (pues la producción aún no está tan automatizada como para prescindir totalmente del trabajo, aunque sí se podría repartir mucho el mismo), cabe preguntarse por qué es el ciudadano el que ha de encontrar trabajo antes de cobrar un sueldo aun a sabiendas de que no hay trabajo para todos. ¿No es un sarcasmo cruel decir a 10 personas que busquen trabajo si quieren vivir cuando sólo hay 8 puestos de trabajo y la riqueza campa a sus anchas entre una minoría? Primero la renta y luego el trabajo. Asignar un trabajo a quien cobra del estado es responsabilidad del estado, (por ejemplo en servicios sociales, asistenciales y medioambientales que de otra manera no se cubren), pero nadie debe quedar excluido del sistema económico. No se trata de crear “oportunidades” para todos si no de que todos tengan la “posibilidad” de ganar un sueldo. Las oportunidades dependen del imprevisible azar del mercado y de sus límites. La posibilidad, en cambio, se puede y se debe garantizar públicamente, entre todos, con la parte alícuota que a cada cual corresponda en función de sus ingresos, a través de instituciones tan democráticas y transparentes como sea posible.

Desde el punto de vista ecológico, la redistribución del trabajo y de la renta también sería saludable: evitaría la necesidad imperiosa del crecimiento económico sin fin. Si el sostenimiento de la población no pasa inexcusablemente por la creación de empleo nuevo sino por el reparto del que existe y de su fruto, se reduciría la presión sobre el medio natural llevada a cabo para buscar como sea ese crecimiento proveedor del necesario empleo. Se podrían parar proyectos devastadores, (como desmochar majestuosas montañas para construir pistas de esquí), sin que nadie pudiera alegar que el futuro económico de sus hijos depende de esa destrucción. La redistribución junto a la producción pública de al menos los bienes básicos, permitirían un desacople de la necesidad imperiosa del crecimiento económico. De este modo podría exigirse una huella ecológica cero para toda producción y se podría asumir que el crecimiento ha de estar condicionado a lo posible en cada momento sin degradar nada el entorno natural.

La redistribución tendría un efecto balsámico sobre el planeta y sobre la sociedad, no sólo por el alivio de las necesidades y de la presión sobre el entorno, sino porque con menos sobreabundancia de ahorro de los afortunados, la especulación de los mercados tendría menos fuerza desestabilizadora. Sólo tenemos que definir qué consideramos necesidades básicas para una vida digna. A partir de ahí en realidad sería beneficioso que muchas personas se conformaran con ello y prefirieran dedicarse, en el tiempo liberado, al cultivo de pasiones y capacidades personales sin afán de enriquecimiento. Aunque este afán sea aceptable y conveniente debidamente regulado, debemos desmitificar el trabajo remunerado. Ni es una “perversión” rehuirlo o querer reducirlo al nivel de las labores domésticas, (vivir mejor con menos, llevar a cabo una gestión eficiente del propio tiempo), ni el trabajo es lo mejor que alguien puede aportar a la sociedad. Sabemos que la historia de la creación humana ha pivotado más sobre las vocaciones que sobre la coacción laboral, y cualquiera puede apreciar el mérito del voluntariado, el trabajo hecho sin motivación económica y con una incuestionable utilidad. La vida dedicada exclusivamente al trabajo remunerado impide el verdadero crecimiento personal, que sólo es posible en tiempo libre, desarrollando una actividad autónoma fuera de los objetivos predefinidos por la empresa o por el nicho de mercado. La imposibilidad de perseguir objetivos propios anula la reflexión ética base del crecimiento psicológico. Necesitamos más personas cultivando pasiones personales y menos obsesos del trabajo propio y ajeno.

(5/5) La insuficiencia del mercado


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