13 de ene. de 2012

Trabajo y valor

Cualquiera puede compartir la idea de que esforzarse en el trabajo supone aportar valor a los clientes de la empresa en la que uno trabaja. Otra cosa son los efectos completos para la sociedad y para el medio ambiente de ese trabajo organizado. No es frecuente que nos preguntemos por su valor social o por su impacto ambiental. No parece importante cuestionarse esto cuando lo habitual es que uno no pueda elegir entre diversos trabajos ni hacia donde orientar su actividad dentro del mismo. El mercado no ofrece tantas opciones como para andar poniendo reparos, y normalmente no ofrece ni siquiera puestos de trabajo para todos. Se trabaja para subsistir, buscarse una mínima seguridad económica y si es posible, disfrutar de algunas comodidades, (ese sucedáneo de una verdadera realización personal). Aunque no es siempre así y hay quien puede dedicarse a lo que valora o a lo que le atrae vocacionalmente, el mercado no admite esto más que en una exigua minoría de casos. Los puestos de trabajo posibles, por cuenta propia o ajena, dependen de la demanda de quienes tienen dinero, no de la valoración que hagamos de cada actividad laboral por sí misma. Pero aunque no tenga mucho sentido plantearse esto, la realidad es que el trabajo desempeñado en la empresa tiene efectos sobre uno mismo y sobre el entorno social y ambiental que trascienden los logros económicos.

Es evidente el daño ecológico que nuestra actividad económica inflige al entorno natural en multitud de casos. También puede ocurrir que la empresa con la que “colaboramos” esté fomentando la esclavitud en zonas remotas o evadiendo impuestos en paraísos fiscales. Pero nadie se replantea su dedicación laboral por las implicaciones que su empresa pueda tener en esas formas de degradación social o ambiental. Las decisiones están en manos de los empresarios. E incluso estos, a su vez, han de adaptarse imperativamente a las posibilidades de la demanda, a los nichos de mercado, para que su empresa subsista o para que su gestión sobreviva a la bolsa y a los accionistas, por lo que rara vez se plantean estas cuestiones o las ven como estorbos. La Responsabilidad Social Corporativa no surge de los balances, y cuando se tiene en cuenta es debido a las presiones legales, a la conciencia del consumidor o a la mala imagen que puedan darles las campañas activistas.

En cuanto a las secuelas personales del trabajo, cabe citar al sociólogo Richard Sennett cuando explica en La corrosión del carácter cómo las nuevas formas de trabajo, (crecientemente flexible, provisional, descentralizado pero más coaccionado, y por otra parte, cada vez más superficial, alejado de la “artesanía” o del desarrollo sostenido de habilidades), están minando el carácter de los trabajadores o incluso contribuyen al aumento de patologías como la ansiedad y la depresión.

Son todas ellas consecuencias del trabajo que a nadie gustan pero que pocos pueden evitar, pocos pueden elegir realmente su trabajo y su forma de trabajar. ¿Quiere esto decir que está mal hacer cosas que a uno no le gustan? Al contrario. Si sólo fuéramos capaces de hacer lo que nos gusta, hace mucho que la especie humana se habría extinguido. Y como vivencia personal, esa forma de elegir las actividades a realizar, (imaginando que fuera posible hacer sólo lo que a uno le apetece), no sería sino otra manera de autolimitarse. De hecho se ha querido vender la nueva flexibilidad como una liberación respecto a la monotonía del enjaulamiento en una sola dedicación, como un placer de variar, pero a cambio nos vemos angustiados por la inestabilidad y la precariedad que impiden hacer planes personales a largo plazo, o que hacen imposible sentirse implicado en lo que uno hace, realizarse mejorando en algo.

Precisamente uno de los problemas que adormecen a nuestra sociedad es que el escaso tiempo libre que nos queda entre el trabajo remunerado y las demás labores necesarias, lo orientamos de un modo superficialmente hedonista que no supone verdadera satisfacción ni puede sentirse como valioso. Es  algo muy conveniente para la industria del ocio interesada en nuestro consumismo, en nuestra docilidad informativa y cultural, y en que dependamos de sus producciones en serie. Quien vende algo vende a la vez la necesidad de ello, y su interés se alinea con que se cronifique esa rentable insatisfacción. Los intermediarios culturales, por ejemplo, apenas añaden valor a la obra, cuando no la estropean con sus condiciones, pero tienen poder para asediar una cultura libre y participativa más provechosa. El aumento del PIB es la gran disculpa para favorecer legalmente el consumismo insostenible y esa cultura comercial que distrae más que ilustra, y que dificulta la información útil, el sentido crítico y la reflexión propia. El mismo motivo que roba las energías y el tiempo con un excesivo trabajo no elegido dificulta la inteligencia cuando es posible.

Nos han enseñado a infravalorar el tiempo libre, el único tiempo realmente nuestro, llamándolo “ocio”, y vinculándolo además a la industria del ocio, al entretenimiento producido en serie, al consumo, a la dependencia. En consecuencia, se asume con demasiada facilidad que el tiempo libre es algo moralmente inferior al trabajo y que no está justificado reivindicar más. Una moralina productivista desdeña a quien aspire a tener más tiempo libre. No importa si lo que quiere hacer en él tiene más valor social que un trabajo, como en el caso de los voluntariados o en el cuidado de personas dependientes, o si pretende formarse o mejorar en algo, o desarrollar una actividad vocacional, o intentar ser mejor persona como libremente entienda que pueda hacerlo.

La sociedad dependiente del mercado libre no nos lleva a formas superiores de orientarnos, ni en conjunto ni individualmente, ni en el trabajo ni en el tiempo libre. ¿Y qué entiendo por forma de orientación superior?  Simplemente la que busca lo que realmente sería valioso para la sociedad o para la humanidad, e individualmente, la posibilidad de entregarse a actividades y a valores en los que uno cree. A diferencia de las apetencias, las pasiones personales pivotan sobre el valor, surgen de lo que uno cree valioso a partir de su libre aprendizaje y de su propia reflexión ética, y se desarrollan en el tiempo mediante un sacrificio que no pesa porque se siente satisfacción en el camino. Pero para poder experimentar esto es necesario conocer su posibilidad y tener tiempo y energía libres.

Sin embargo sólo sintonizarás con el mundo actual si tu ideal personal coincide con el mero enriquecimiento. En el caso de que este ideal personal incluya otros valores y otras formas de disfrute no dependientes del dinero,  otros intereses, estos quedarán en un segundo plano, supeditados a lo que permita el mercado y al escaso tiempo realmente libre que este te deje. No es que la frustración sea insoportable, (aunque sí ocurra esto en muchos casos), es que ni siquiera aspiramos a algo mejor. De igual modo, el malestar social y el deterioro ambiental están asegurados cuando la actividad principal de todos está supeditada al crecimiento del mercado como prioridad. En contra de lo que se nos ha vendido, el mercado libre no determina una orientación social “racional”, sabia o realmente conveniente, ni supone libertad para los individuos.

¿Es esto siempre así y es ineludible? El valor social y personal del trabajo es bueno en innumerables casos, pero esto depende del azar económico, de si coincide con una demanda rentable, no de una reflexión sobre ese valor. La demanda puede suponer un bien social o el uso innecesario de coches contaminando desde su fabricación; puede determinar un trabajo interesante pero también el trabajo de niños en condiciones infrahumanas para satisfacerla. La demanda no es consciente de qué se hace para servirla; no tiene conciencia ni puede conocer las condiciones de producción de todo lo ofertado. Y por otro lado es cierto que, en su tiempo libre, una persona con inquietudes propias puede dedicarse a lo que más valore y a mejorar en ello, pero no dejará de ser una actividad débil por comparación al trabajo remunerado, centro vital que absorbe las principales energías de los individuos.

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El fin de los mercados - (Serie completa): 


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3 comentarios:

Urrarum dijo...

Hace ya mucho tiempo que creo que deberíamos cambiar de trabajo cada 4 o 5 años. De forma que el individuo consiguiera una mayor visión de la sociedad y no se estancase frente una máquina a la que cree dominar con los años, cuando normalmente es lo contrario.

Anónimo dijo...

Lo que no tenemos en cuenta es que muchas veces pensamos que hay un poder superior malvado( que lo hay) pero nosotros en nuestros trabajos adoptamos actitudes, sea para ascdnder, obtener un aumento o por simple miedo que favorecen esa rueda de injusticia que a veces no surge de las mas altas instsncias sino de posiciones bajas o intermediascen el escalafon con ambicion de escalar. Vamos que esto se sostiene con nuestra colaborcion activa (ambicion) o pasiva (miedo, comodidad) esto lo sabe el poder y lo utiliza a su favor... un cambio de modelo economico y ecologico solo puede surgir rompiendo este tipo de relacciones basadas es ambicion, no solo en el trabajo sino en la vida. Tengo claro que todos somos responsables de desastres ecologicos y humanitarios aunque tranquilicemos nuestras conciencias diciendo que nada podemos hacer.

Ecora dijo...

Sí, así es, esto lo sostenemos -y lo sufrimos- entre todos. Y este blog se centra en gran medida en la crítica de esa ambición espurea.
Me gustaría añadir algo para completar el cuadro. De alguna manera hay que escapar de la impotencia, de la culpa y del desaliento ante una rutina en la que sólo cabe un tipo de ambición y este no nos satisface. Creo que el cambio que debemos promover ha de realizarse en gran medida a través de la participación política, siendo cuidadosos con las opciones que elegimos pero además extendiendo la información, el debate y la conciencia. El tiempo va demostrando que nuestra inevitable dependencia en un entorno de creciente inseguridad económica deja poco espacio a las acciones individuales que puedan cambiar el modelo económico más allá de negarse a caer atrapado en el juego de la ambición económica. El sistema que beneficia a unos pocos pero que, efectivamente, aceptamos entre todos, configura una corriente más fuerte que nuestras posibilidades de lucha una vez inmersos en él. En cambio, cuando se aprueba una ley que, pongamos por caso, limita las emisiones contaminantes o las horas extraordinarias, este límite es vinculante -siempre que se haga cumplir, claro- y así ya no depende de que todo empresario y todo trabajador sean personas especialmente comprometidas, o de que no tengan miedo a ser rebasados por el competidor con menos escrúpulos.
Gracias por el comentario. Un saludo.