23 de jul. de 2011

El mercado como desequilibrio transitorio

Cada nueva necesidad o deseo de las personas supone una predisposición al cambio social en ese aspecto. Lo mismo ocurre con cada nueva oferta que llega a hacerse deseable. En ambos casos se origina un desequilibrio o una tensión que se soluciona con el intercambio. Solucionarlo quiere decir satisfacer la demanda en su misma proporción; anular la tensión previa; volver a la estabilidad anterior después de haber hallado el modo óptimo de proveer y cobrar. Pero si la oferta depende de la propiedad privada y de la iniciativa en condiciones de libertad económica, el proceso económico no termina con la satisfacción de la demanda sino que continúa hasta que uno o unos pocos actores particulares dominan el mercado y controlan el acceso al mismo. Esto es así porque el capital busca crecer. Crecer es la motivación que dio origen a esa producción privada, esa es su ambición y además la empresa teme ser fagocitada por el crecimiento de los rivales si no crece. 


Una vez asegurado el control de la competencia, los proveedores dominantes quedan poco comprometidos con la satisfacción de los clientes, con la calidad y con el precio de lo ofrecido por no necesitarlo para mantener su posición. Encarecer su oferta y reducir la producción y su calidad forman parte de lo que pueden hacer, y tenderán a hacerlo en la medida en que eso mantenga cierto nivel de escasez y prolongue la insatisfacción que dio origen a ese mercado, la "pulsión" de demanda que perpetúe así su lucro. Entonces ya no se podrá hablar de un verdadero mercado sino de una necesidad social controlada por parte de los particulares que se han hecho con el control de la posibilidad de cubrirla.

De modo que el mercado de cada producto es una historia con principio y final en la que algunas personas pueden aprovechar el desequilibrio provisional entre deseo y realidad, entre demanda y oferta para hacerse con una posición económica privilegiada. Sin embargo, la sociedad de mercado libre no es una suma de historias de mercados de productos concretos sino que toda ella es un mercado, una sola historia con principio y final, la del mercado de un único producto esencial: la demanda conjunta de la sociedad, (de la humanidad). Esto es así porque las corporaciones pueden participar en sectores diversos, y el sector financiero puede participar en todos ellos. En este caso (global) el proceso económico tampoco termina o se estabiliza con la satisfacción suficiente de la demanda agregada sino que continúa en pos de la hegemonía, hasta que uno o unos pocos actores particulares dominan el mercado y controlan el acceso al mismo. A partir de ese momento se va reduciendo su compromiso con los clientes que ahora pasan a ser más bien rehenes de estos triunfadores que controlan a su antojo la oferta. Así, de la libertad económica no habrá resultado libertad para todos sino la ley del más fuerte. Y los más fuertes, una vez hayan alcanzado poder sobre el mercado mismo, se preocuparán por que nada perturbe su triunfo, no por el valor añadido que les llevó a este y que ya no necesitan aportar. La demanda conjunta de la sociedad pasará a ser toda ella una necesidad social controlada por parte de los particulares que se hayan hecho con el control de la posibilidad de cubrirla.

¿Cómo es la batalla intermedia? La ventaja competitiva que van adquiriendo los grandes capitales sobre los pequeños va reduciendo el número de participantes y aumentando el tamaño de los mismos. Fusiones, absorciones... las multinacionales fagocitan a las empresas menores cuando estas prometen rentabilidad, y tienen muchos modos de arruinar a las que no absorban: competencia de costes produciendo o comprando barato en lugares alejados e inaccesibles para las empresas de ámbito local, guerras de precios que las pequeñas no pueden afrontar, tecnología inaccesible a la competencia menor, etc. A medida que avanza el "juego" van quedando cada vez menos empresas independientes y el mercado entero termina perteneciendo a un pequeño número de grandes corporaciones. Estas adquieren un tamaño tal que representan un auténtico poder político determinando a su favor las propias reglas del juego, las leyes que aprueban políticos a los que ellos financian y presionan. Es el momento a partir del cual ya no tienen interés en cubrir adecuadamente la demanda. No lo necesitan. En lugar de ello pueden pasar a ser ellos quienes presionan a la población para que rinda más a su favor, para usurpar su dinero y su esfuerzo sin necesidad de cuidar la satisfacción de esta ciudadanía, ahora más cautiva que cliente: encarecimientos arbitrarios o especulativos, reducción de sueldos, eliminación de servicios públicos que ahora solo ellos podrán ofrecer, bajo sus condiciones y conveniencia; financiación para la subsistencia básica que no se puede obtener fuera de su mercado controlado, dejando así a la población hipotecada y dependiente de ellos. El resultado es una minoría de propietarios de todo y la servidumbre de una mayoría empobrecida que sólo puede elegir entre trabajar duramente a cambio de mera subsistencia o la exclusión social, la miseria. La lógica del capital se pregunta ¿por qué voy a pagar a los trabajadores más de lo imprescindible para que sigan vivos si puedo no hacerlo?

De este modo, quienes logran hacerse con una posición económica privilegiada en este mercado único global, (que además nos incluye como recursos productivos), en realidad están haciéndose con una posición de dominio social, máxime cuando la producción de todos los bienes esenciales para la vida es privada y por tanto queda en manos de “los señores de la oferta” de manera que nadie pueda evitarlos aunque quisiera conformarse con lo más elemental para sobrevivir. La conclusión es que la satisfacción de la demanda agregada de la sociedad por medio del mercado libre no supone a largo plazo un cambio esencial para esta sociedad sino un cambio circunstancial: pasado el momento de la satisfacción total, reaparece la estructura de dominación y servidumbre previa a la irrupción del mercado, habiendo cambiado sólo los actores hegemónicos.

Actualmente las leyes antimonopolio -único, hipotético y frágil freno al control de los mercados- están muy alejadas de lo necesario para impedir que una o unas pocas empresas se hagan con el control del acceso a un mercado. Y en realidad estas leyes no existen si tenemos en cuenta el mercado global. Por poner algún ejemplo, cuatro empresas dominan el mercado mundial de la alimentación, el bien más básico que imaginarse pueda. (Bueno, salvo el agua, cuyo control es uno de los actuales objetivos por los que está batallando el mercado). Por supuesto, los estatutos de estas empresas no están guiados por el ideal de organizar las cosas de un modo óptimo para la satisfacción del hambre en el mundo, sino expresa y legalmente orientados a la maximización del beneficio. Como en tantas otras corporaciones multinacionales de ingente poder, (farmacéuticas, químicas, energéticas...), ni siquiera sus directivos podrían disociarse de este mandato estatutario, sea lo que sea lo que deban hacer para cumplir su objetivo de cotizar al alza. Y en este caso la cotización al alza, como los beneficios, ya no depende de satisfacer la demanda sino de controlar el mercado: puede depender de la posición relativa respecto a los rivales, o puede pasar por contener la abundancia, velando por la escasez para mantener o subir el precio que se puede cobrar.

Para impedir que el crecimiento material basado en el mercado desemboque en en este final neofeudal y para que sea verdaderamente conjunto, (no por termino medio), será necesaria una fuerte fiscalidad, creciente a medida que las empresas y los capitales aumentan su tamaño, limitar este tamaño así como la posibilidad de que participen a la vez en un gran número de sectores diferentes, y una intensa regulación que evite los daños ambientales o, lo que es lo mismo, el expolio de lo común. En el ámbito global en el que funciona el mercado hoy día, esto no existe, y en las naciones en las que existía está en franco retroceso por la presión de ese mercado. Actualmente se nos pide fe en el advenimiento de un futuro próspero para justificar nuestros sacrificios y sus beneficios mientras los ya privilegiados de ningún modo relegan esos beneficios para dicho futuro, y millones de personas mueren de pura miseria. Pero estos beneficios solo deberían ser admisibles cuando demuestren realmente haber generado valor social, vía impuestos y redistribución, en forma de riqueza para todos los individuos: bienes básicos como alimentación, vivienda, salud, educación, una renta básica y tiempo libre para organizar el desarrollo individual, la auténtica libertad. Necesitamos participar conjuntamente en los beneficios, y un sector público fuerte que pueda garantizar estos bienes básicos y otros que se consideren de especial interés para el progreso educativo y científico, así como para incentivar las iniciativas económicas socialmente más valiosas o necesarias. También desde el punto de vista de quien ponga por delante las innovaciones, debe constatarse que esta redistribución de la riqueza, que favorece la reinclusión laboral y empresarial y que elude los mercados cautivos, sería algo mucho más dinámico que el oligopolio poco competitivo al que finalmente conduce la llamada desregulación.

Si como personas de bien anteponemos la justicia al crecimiento material, hay que concluir que el grupo de privilegiados que se ha beneficiado tanto de la crisis como del "hipotecante" auge económico, ahora está en deuda con el mar que ha esquilmado. Digan lo que digan las leyes que han encargado a su medida, ellos están hipotecados con la sociedad, son morosos y es hora de que empiecen a pagar sus letras. Eso tienen que saberlo hasta los economistas, a pesar de los años de lavado de cerebro en la universidad. ¿Por qué entre las medidas que exigen el FMI y la UE nunca se incluye el aumento de la presión fiscal sobre estos morosos acaudalados, la única medida que podría solucionar el déficit sin provocar recesión?

Pero ya no tenemos un estado capaz de condicionar al mercado ni existe tal cosa a nivel global. Solo tenemos mercado, un mercado que tiende a su fin entre los patéticos esfuerzos de los políticos a su servicio por evitar que colapse. ¿Y cómo sirven estos al mercado? ¿Qué están intentando hacer? Puesto que el mercado es un desequilibrio transitorio, con principio y final, la única manera de que este crezca o se sostenga en el tiempo sin declinar hacia su fin y sin apelar a la redistribución, consiste en crear más desequilibrio, añadir territorios de conquista para el comercio, renovar la tensión entre deseos y ofertas posibles, estimular el crecimiento productivo con  la nueva inestabilidad que pueda encontrarse allá donde seaEl temor al declive de los mercados lleva a los parlamentos a aprobar cualquier cosa que fomente el desequilibrio, (aunque ellos lo llamen actividad económica), el desequilibrio que pueda mover el dinero y sustente así el mercadeo, por muy disparatado que sea. Cosas como aprobar usos comerciales para lo que antes era naturaleza protegida, (caso del Cabo de Creus, con la ley Omnibus recientemente aprobada por el parlamento catalán, o las minas de uranio a cielo abierto que se pretenden explotar en el Gran Cañón del Colorado; o la presa de Belo Monte, la tercera mayor del planeta, para cuya construcción hay que deforestar más la Amazonia). Cosas como permitir la explotación laboral inhumana para que sea más barato comer alimentos producidos al otro lado del mundo aunque se puedan producir cerca, o fomentar la compra de más vehículos (a la par que se habla de transporte sostenible), o eliminar una bella montaña que ha tardado millones de años en formarse para aprovechar temporalmente su piedra hasta que un derribo la deje convertida finalmente en escombros. Mientras haya madera que quemar entre los  tabiques de la casa, esta se quemará con tal de sostener la hoguera del mercado: privatización de empresas de todos que eran rentables, flexibilidad humana, bajar impuestos y ahogar financieramente servicios públicos que ahora dependerán del mercado, etc. Cualquier cosa que pueda alimentar o amplificar el desequilibrio, el mercado. Por su parte, los agentes del sector privado, en su lucha por la hegemonía, utilizan el marketing para crear necesidades artificiales que ellos pueden cubrir, o inventan aquello cuya necesidad se pueda crear. Una innovación independiente de los intereses objetivos de la humanidad, y a menudo volcada en la apetencia fútil y en la renovación de productos continua e innecesaria, ciega al efecto ambiental o social de ese sobreconsumo fomentado por el marketing. Así, con la idealización del mercado libre, vivimos en la sociedad del desequilibrio creciente. Un mercado hipertrofiado por esa idealización nos utiliza para su propio sustento, para eludir su propia implosión.

La globalización, las privatizaciones y el expolio de la naturaleza son formas de ampliar el desequilibrio para retrasar con ello la contracción. Sin embargo la energía alterada siempre tiende a buscar su propio nuevo equilibrio. El mercado desregulado y sin fiscalizar tiende a su final cuando la tensión inicial que le dio origen deriva hacia una nueva situación de dominio social estable, un nuevo feudalismo. Y entre tanto, también el marco natural en el que se da puede no soportar la nueva tensión aplicada para prolongar el mercado. La energía inestable acaba imponiendo su propia nueva estabilidad como el agua de un embalse cuando la presa se agrieta y se rompe. El calentamiento global producido por esta continua transformación de todo no acabará con el planeta pero sí está tensando el equilibrio de la biosfera de la que dependemos nosotros. Podemos encontrarnos con un final brusco a cargo del medio ambiente en sustitución del decrecimiento redistribuido, sencillo y controlado que podríamos buscar y que no queremos asumir. Dados los medios técnicos actuales, y a cambio de una mayor austeridad, podemos subsistir con dignidad y con más libertad que nunca si frenamos controladamente esta alteración creciente, repartiendo tanto la riqueza como el tiempo libre, tanto el trabajo como su fruto. La búsqueda de equidad y el ecologismo tienen una misma raíz en la necesidad de encauzar la economía de acuerdo al bien común. Para que la equidad sea posible no es necesario el productivismo sino un reparto justo en el nivel de producción que permita una garantía ecológica. O bien, en lugar de ello, podemos emperrarnos en los desequilibrios que marquen nuevos hitos aun a sabiendas de que alguno de ellos será el que pinche la burbuja del mercado global antes de caer brusca y dolorosamente.


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