2 de feb. de 2011

De los sueños de la razón a las razones reales

Francisco de Goya
[Breve relato a modo de introducción] 
Tenía ganas de preguntárselo, pero para atreverme necesitaba un día de esos tan desanimados que a uno le da igual lo que resulte de sus actos o de sus palabras. Él seguía con atención y regularidad las evoluciones de la bolsa para no perder una oportunidad de inversión, o para no perder sus ahorros por completo. Cuando llegó el día se lo solté:

- ¿Sigues algún criterio ético a la hora de invertir? 
- ¿Cómo? ¿A qué te refieres?
- Si tienes en cuenta la responsabilidad social que asumen las empresas en las que inviertes.
- ¿Por qué me tengo que preocupar yo de eso? Miro el beneficio y cumplo la legalidad.
- Pero no es suficiente. Las leyes son muy permisivas con algunas prácticas contaminantes, y aun así hay empresas que acumulan sentencias por daños al medio ambiente y por malas prácticas laborales. También es habitual que incumplan normas aceptadas aquí llevándose la producción a países con criterios legales y laborales aún menos exigentes.
- ¿Y qué tiene que ver eso con la inversión y conmigo?
- Hombre, es como el consumo: puede favorecer o perjudicar a las empresas según lo que compremos. Digamos que es otra forma de cooperación con una causa. Del mismo modo que muchos voluntarios donan dinero o dedican tiempo a una ONG, si te informas, a lo mejor preferirías perder algún pico de beneficio para favorecer unos modos de producir y perjudicar otros.

Tal y como solía hacer cuando decía lo que de verdad pensaba, lo que era coherente con sus actos, me miró de reojo y respondió con sorna:

- ¡Lo que faltaba! Nos libramos de Dios y su moral y ahora nos colocan esta basura de moral laica y buenista infumable. Que nos sea leve.

Abonado al cinismo, su respuesta era previsible. Por algo no la había provocado antes. En realidad siempre me cuestar decir lo que pienso, porque no hace reir. Da vergüenza hablar en serio en un ambiente en el que se confunde el realismo con el cinismo. Pero llega un día para todo. Y llega un día en que es necesario tener las respuestas delante, afrontar la reacción que se tenga que dar en uno mismo. Ahora me enorgullezco de la vaga nausea que sentí. Y no me importa esta visión como de velo desgarrado con el que antes había tenido demasiado cuidado. Llegué a casa decidido a rebuscar en la basura -quizá tiré algo de valor traspapelado- para encontrar mi moral: una moral laica y buena que no se pueda fumar. Es mejor el desgarro que vivir desmoralizado.

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Para no creer en nada he de hacer el mismo esfuerzo de negación de mis sentidos que para creer en un dios. El nihilismo, el relativismo o la postración en la incertidumbre también son formas de fe o de fanatismo. De igual modo que no puedo percibir la trascendencia, no puedo negar la existencia de la materia, de mí mismo o de mi conciencia de ello, no puedo creer en la nada. La percepción de las emociones propias es una imagen de la realidad tan válida, fundada y constituyente como la verdad lógica percibida y demostrada tras el estudio metódico de nuestra condición.

Cuando siento afecto por alguien; cuando creo percibir belleza en algunas de las cosas que me rodean; cuando hallo satisfacción en un logro, no puedo negar la existencia de esos sentimientos. Y no puedo negar que con ellos vivo mejor que con sus opuestos. No puedo sustraerme a la naturaleza interesada de mi conciencia ni a la percepción de ese interés en las formas de ser consciente que me favorecen, que me hacen disfrutar en el momento de sentirlas, incluyendo la motivación en el sacrificio (en favor de un bien previsto o para prevenir un mal). Si los derechos humanos han sido tan ampliamente aceptados es porque enamoran el sentido "común", conectan con la percepción de interés emocional que todos albergamos como una gramática ética común, compartida por toda la humanidad cuando podemos aislarla de las circunstancias particulares. La percepción de uno mismo constituye una verdad simple, inmanente y universal. Pero esto no parece una fundamentación filosófica última, y hay quien utiliza este argumento para negar los derechos humanos y, con ellos, los derechos sociales inherentes a los mismos.

No nos hacía falta un dios para seguir caminando. La preocupación ética tiene vida propia ex-ante de la religión. De hecho a menudo el interés por la religión nace de una preocupación ética o filosófica anterior a cualquier fe, y también anterior a cualquier fundamento que la justifique de acuerdo a una lógica final: tampoco nos hacía falta una verdad última para seguir interesados en vivir. Toda lógica que pueda albergar el cerebro humano no es sino una forma de percepción de la realidad o de parte de ella. Pero la realidad, incluida la realidad que es uno mismo, antecede a la verdad, que no es sino imagen de aquella realidad. Como lo es la percepción directa de las propias emociones; percepción, pues, tan válida como la verdad más fundada que la razón pueda alcanzar.

De modo que la apuesta inevitable es actuar provisionalmente decididos en base a estas conclusiones de la percepción de uno mismo, de la conciencia de las emociones propias y de las comunes leyes de las emociones, en tanto vamos revelando la verdad general que nos es accesible. No se trata de entregar la conducta a la impulsividad sino de dedicarla a lo aprendido de la observación meditada de uno mismo a largo plazo, unido a lo que sabemos sobre nuestra condición común. Puede que no parezca una fundamentación filosófica al uso, pero sin duda es más que nada. Yo diría que la nada ha muerto. Si la razón busca la verdad, sólo puede ser por encargo del amor a la vida, la vida que puede habitar en esa búsqueda.

Una economía verdaderamente racional sería una organización de los recursos al servicio de las emociones; una economía orientada a la confianza, a la compasión y a la esperanza, una economía que facilitase amar la vida.

Lo que puede contarse no necesariamente cuenta y lo que más cuenta no necesariamente puede ser contado. (Albert Einstein).

Pero lo que esto supone es, antes que nada, gestionar la economía, no dejarla completamente a su libre albedrío en la creencia de que las "expectativas racionales" de los individuos constituirán una esotérica "mano invisible" del mercado que velará por el bien común. Como el ideal de riqueza mismo, esa expectativa no es sino un goyesco monstruo más producido como sueño de la razón. Una recta organización de la casa, (este es el sentido etimológico del termino "economía"), pasa por tomar conciencia de "la casa" misma y de los problemas relativos a esta, que no se resuelven sólo porque cada individuo se ocupe de los problemas de su "habitación" particular. Una economía racional, sana, a nuestro servicio, ha de ser antes que nada, una economía consciente.

No es esto lo que ocurre actualmente en nuestra casa, la desgobernada biosfera que habitamos.