8 de ago. de 2011

¿Es usted millonario?

Si es usted millonario me gustaría hacerle una propuesta: invierta en una sociedad más equitativa y en la salud ecológica del planeta. No sólo le conviene a usted para evitar desastres sociales y ecológicos que tarde o temprano le afectarían de algún modo, sino que, tanto usted como las personas a las que aprecie sin duda se verán beneficiados por ese entorno favorable al desarrollo pleno de la vida.

Quizá tenga la tentación de pensar que lo que de verdad le va a favorecer es acrecentar una posición de privilegio que ponga a todos los demás a sus servicio. Craso error. Esto no sólo degenera siempre en una situación social inestable sino que además empobrece mucho sus posibilidades personales al reducir las oportunidades de progreso general de las que sin duda usted podría beneficiarse. La sociedad es el medio en el que surgen los avances y las creaciones a las que usted puede acceder, del mismo modo en que hoy por hoy nos beneficiamos de los adelantos y de los conocimientos debidos a las generaciones pasadas. El apasionamiento ilustrado de innumerables individuos especialmente conscientes de los problemas y necesidades de la humanidad, ha dado los mejores frutos de nuestra historia común. Si se reduce la creatividad humana colectiva por un aumento de la inseguridad económica excluyente, una inseguridad que obligue a esclavizarse para subsistir en lugar de formarse en buenas condiciones, se irán cerrando las posibilidades que ofrezca el futuro.

O quizá prefiera justificar la desigualdad en la suposición de que la ausencia de esta desincentivaría el trabajo y el supuesto progreso que el mismo empuja actualmente. Pero, por contra, deberíamos desterrar de una vez por todas “la teoría del gorrón”, según la cual, el riesgo de que unos pocos se aprovechen de la generosidad colectiva sin intención de aportar nada a esta colectividad, impide que quienes pueden se animen a pensar por todos y a invertir en el colectivo. El gorrón es siempre reo de su mezquindad y víctima de su pobreza psicológica, (por no hablar del muy condicionante aprecio social), alguien que no se realizará y que no podrá disfrutar de su propio crecimiento personal ni de los placeres de la libre colaboración. Porque esta es otra de las claves de la sociedad en la que se debe invertir: la voluntariedad, la motivación para el esfuerzo que surge de motivos libremente elegidos y valorados, es la clave para lograr la excelencia. El progreso ya no depende de labores tan simples -y poco atractivas- como acarrear carbón desde una infame galería, o de trabajos rutinarios, cada vez más automatizados, que puedan espolearse mediante la creación de ansiedad, sino que se basa en el desarrollo de las capacidades más elevadas de los individuos, como la creatividad y la comprensión de problemas complejos o no cuantificables, algo que sólo se consigue gracias un apasionamiento consciente, autónomo y liberado de otras preocupaciones de rango inferior como la suficiencia económica. Es decir, el progreso depende ahora de la confianza social, la confianza que puedan sentir los individuos en el amparo de una sociedad que les permita centrarse en lo más elevado que puedan dar de sí mismos. Cuanto mayor sea el número de personas que sientan esta clase de confianza y se eduquen con ella, más probabilidades tendremos de resolver los problemas acuciantes y los problemas futuros que nos planteemos.

Habrá quien objete, entre otras cosas que luego abordaré, que de ese modo, con una vida material garantizada, la orientación social quedaría al albur de la voluntariedad de las personas, y que la intensidad del progreso dependería así mismo de las “ganas” de trabajar, esas ganas a menudo tan huidizas, (aunque también, curiosamente, tan adictivas en otros casos). Pero eso es obviar la enorme cantidad de esfuerzo que voluntariamente empleamos muchas personas en actividades a las que somos aficionados -y se debe recordar que de la pura afición de ilustres liberados surgieron en el pasado muchas ramas del saber y actividades hoy comunes-. Del mismo modo, se ha de tener en cuenta el trabajo llevado a cabo por motivos de conciencia o muy condicionado por estos motivos (y no por la maximizción del beneficio), tan amplio que se le considera el tercer sector de la economía. Por otra parte, si la orientación de este esfuerzo voluntario se ha encaminado hacia tareas de ayuda social o hacia el ecologismo, y no hacia otras labores como, pongamos por caso, colaborar en el desarrollo de alguna ciencia, arte o conocimiento, es porque los desequilibrios ambientales y sociales hacen evidente, para quien quiera hacerse libremente consciente, que esa orientación es la que más urge. En realidad, dejar la orientación de la sociedad en manos de la concienciación, y no de la demanda monetaria, sería una garantía de que esa orientación no es espuria sino precisamente la más necesaria o la más apasionante para la humanidad. Pero no hace falta llegar a ese extremo igualitario en el que todo avance dependiera de la voluntad. Bastaría con retraer de las rentas superiores la parte necesaria para crear un entorno económico seguro, confiable y liberador.

Ni que decir tiene que la orientación de una sociedad basada en el crecimiento económico, en la demanda determinada por la capacidad de consumo, ha demostrado con creces ser tan voluble, frívola, inconveniente y caprichosa como imaginarse pueda. No es una cuestión de modas insustanciales sino de daños ecológicos irreparables y de energía desperdiciada en masivas futilidades. Por tanto, nada habría que temer en dejar el progreso a disposición de quienes quieran para sí mismos algo más que limitarse a sobrevivir dignamente a costa del estado a pesar de poder hacer esto último. Tanto el deseo de mayor prosperidad económica como la realidad psicológica de las vocaciones juegan a favor de la inquietud y de la ambición que mueven la sociedad por mediación de sus individuos, sin necesidad de que un infierno de miseria actúe como supuesto acicate del esfuerzo, un infierno en realidad contraproducente. Por si hiciera falta algún otro ejemplo, cualquiera puede dudar si la innovación informática de las últimas décadas debe más a la industria que la vende o a los millones de voluntarios que se han apasionado en su desarrollo y, sobre todo, en su uso, por no hablar de los contenidos que gratuitamente inundan esta estructura informática en la red, no sin una ingente inversión de tiempo y esfuerzo. Algo parecido ocurre en el caso de los científicos que trabajan en el CERN, el experimento científico más ambicioso de nuestra época, donde la vocación prima sobre una retribución que podrían superar en otras profesiones con menos esfuerzo de excelencia y una vida menos austera.

No quiere decir todo esto que no se deba reconocer económicamente el mérito y el esfuerzo sino que se debe dar prioridad a la creación de un entorno económico seguro y confiable para todos, en el que la excelencia encuentre su caldo de cultivo ideal: una mezcla de seguridad, (incluida la seguridad ecológica), recursos formativos y libertad, (empezando esta por tiempo libre para organizarse por uno mismo). Así como entendemos que la evolución de un hijo dependerá en gran medida de cosas como la situación económica de su entorno, la calidad de la educación que reciba y la educación de las personas con las que se relacione, hemos de comprender que para todo el mundo, (también para ustedes, los privilegiados), las posibilidades de su  vida están condicionadas no sólo por sus opciones individuales sino, sobre todo, por la situación, las posibilidades y la orientación de la sociedad en su conjunto, (hoy día la humanidad entera). El recorrido vital de toda persona, incluidas las más afortunadas, está condicionado por la cantidad, la apertura y la cualidad de las posibilidades que ofrece la sociedad en la que vive, así como por la educación y el grado de realización personal de quienes la conforman y con quienes puede trabar relación.

“¿Y cómo puedo yo encauzar de un modo efectivo mi inversión en la sociedad?”, me dirá. Ateniéndome a lo que he expuesto, no cabe plantearse una inversión privada que espere ver beneficios concretos, también privados e identificables en el corto o medio plazo. Si se trata de crear una sociedad confiable, y no un grupo menor de excelencia -que, recordemos, dependiendo sólo de sí mismo siempre se beneficiaría de menos logros que los aportados por toda una sociedad- el cauce adecuado es el sector público. Es decir, una tributación mayor y más progresiva que sea suficiente para sostener esa sociedad sin necesidad de apelar al endeudamiento, (esa trampa de tiempo que obliga a una imposible expansión económica sin fin y sin elección posible, hacia donde sea, para crear los intereses a devolver).

“¡Aaahhgg! Estaba claro que iba a terminar usted en el corrupto e ineficiente socialismo”, me dirá. Pero, aguarde, en este caso no estoy proponiendo un nuevo “fin de la historia” (como sí se propuso en el caso del capitalismo, ese capitalismo que hubo que suspender para que los bancos recibieran ayuda de los estados). Veamos. Para empezar la corrupción no parece privativa de la empresa pública a juzgar por los datos de evasión fiscal entre otras ilegalidades del sector privado como las aberraciones ambientales y las tramas urbanísticas. Y por otro lado, es falso que la gestión de lo público no haya sido eficiente, (como las empresas privatizadas cuando rendían beneficios públicos), y más eficaz que la gestión privada en muchos casos que esta última no puede abordar, o que simplemente ha hecho peor, (podemos recordar los ferrocarriles británicos, otra vez públicos por el bien de sus usuarios, o de nuevo, los grandes proyectos científicos a medio y largo plazo financiados públicamente). Sin embargo, puestos a verle carencias a la gestión pública, ¿qué tal si propone usted un pacto al estado mediante el cual la gestión de lo público debiera pasar ahora por ser tan transparente como imaginarse pueda y estar basada en una democracia realmente participativa y capaz de controlar esta gestión? Usted, junto a sus compañeros de clase económica, claro, que tan eficaces se han mostrado para condicionar a los gobiernos, podría exigir esta reforma democrática y fiscalizadora del estado -y tenemos nuevos medios para ello- a cambio de ceder un aumento de la presión fiscal sobre sus rentas que, no lo olvide, ampliaría su propio horizonte.

Quizá todavía dude usted si eso de la democracia real deba ir en el pacto, y si no sería mejor que le rindieran cuentas personalmente, ya que es usted quien va a poner la derrama inicial y las mayores cuotas. (¿Cómo? ¿Que yo no había dicho nada de “derramas”? Bueno, dejemos que se convenza usted por sí mismo de este punto en este momento crítico de la historia). Pero si en lo que usted va a invertir es en una sociedad confiable en la que la orientación social dependa principalmente del conocimiento, de la conciencia, de la vocación, de una nueva forma de desarrollar valores personales y una ética consensuable, (que ya es palpable en las personas más activas, conscientes y voluntariosas de la sociedad), deberá apostar por la gestión democrática. Una ética consensuable, piénselo, es mucho más estimulante que cualquier otra orientación impuesta, ya sea un estado absolutista el que la imponga o una oligarquía de particulares. Es mucho más fácil aceptar una decisión que uno cree legítima aun cuando no la comparta por haberse quedado en minoría , que una imposición cuya falta de legitimidad social le soliviante.

Y si de verdad quiere invertir en lo mejor para el progreso, insisto, deberá empezar por desterrar el recelo social ante todo ser vivo medianamente consciente, ese ¿temor? a que el interés personal de los individuos “mantenidos” les lleve a eludir toda responsabilidad social -tal y como sí la eluden ahora las grandes empresas-. Que todos defendamos nuestros intereses particulares -cosa obvia, sana e inevitable- no quiere decir que esos intereses no pasen por la defensa y el cuidado de los bienes comunes, (medio ambiente y medio social), por la colaboración con otras personas, e incluso por una relación emocionalmente inteligente con los demás, no sólo entre los allegados. Cualquiera puede entenderlo y cualquier psicólogo, (a ser posible no encuadrado en la “psicología industrial” que actualmente domina los departamentos de recursos humanos), podrá confirmárselo.

Nada hay más valioso para el progreso conjunto, (del que luego cada individuo puede beneficiarse), que la excelencia de un cerebro apasionado por su vocación. El paso que la humanidad tiene pendiente en su historia para poder avanzar hacia un futuro esperanzado y alentador, consiste en una inversión social, (ahora mal llamada "gasto social"), que cree el caldo de cultivo necesario para el libre desarrollo de todos los cerebros disponibles, desterrando de la sociedad el miedo a la miseria -¡qué dañino es el miedo para el cerebro!- y poniendo a disposición de quien lo desee los medios educativos, el tiempo libre y los recursos posibles para desarrollar una vocación. Todo el mundo tiene algo que aportar al "código abierto" de la sociedad.

¿Qué le ha parecido mi propuesta? …  ¿Pero... hay alguien ahí? ...En fin. El desaguisado económico actual es de tal calibre que quien no esté dispuesto a pasar por ingenuo en sus propuestas, tendrá que pasar por timorato.


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