10 ago. 2012

El daño elegido

En España los partidarios del mercado libre global han vuelto ha sacar su bandera de conveniencia local. Muchos inmigrantes que contribuyeron al crecimiento económico y a los beneficios empresariales de la última década ahora deberán pagarse su sanidad. Una vez más se carga el déficit público que nos ha dejado nuestro modelo de empresario-burbuja-rescatado sobre la parte más vulnerable y sacrificada de la población. La cobertura sanitaria se ha convertido en el nuevo tesoro hundido en el Antlántico que hay que disputarse, (como aquel por cuya titularidad se litigó en los tribunales internacionales, como si los tripulantes del galeón que lo transportaba no lo hubieran robado allende el océano).

Pero hay otra solución más razonable si se quiere contentar a los de “lo nuestro para nosotros”: podríamos decidir que la sanidad de los inmigrantes sea pagada por las empresas españolas que aprovechan las ventajosas condiciones comerciales impuestas a las poblaciones de origen de estas personas. Por ejemplo, que a los inmigrantes marroquíes les pague la sanidad el afortunado lider de Inditex, que tanto provecho saca a su presencia en Marruecos, entre otros capitalistas patrios. Si queremos ponernos rigurosos, realmente hay muchas facturas pendientes con los ciudadanos de otros países: acaparamiento de tierras y recursos naturales a precio de saldo, financiación a tiranos represores o a políticos corruptos, opaca venta de armas a facciones en conflicto, esclavismo, devastación ambiental lejana, etc., etc.

Por supuesto, la pretendida rectitud para que nadie se aproveche del sistema sanitario no es más que una hipócrita apuesta por la avaricia más injusta y cicatera. No es necesaria esa medida pero forma parte de la política de exclusión que tanto les gusta manejar a los partidarios de la represión económica como forma de control social. Siempre tiene que haber marginación y ciertas diferencias entre los pobres para favorecer que estén entretenidos peleándose entre ellos. 
Los juegos de identidad son muy apropiados para provocar esos enfrentamientos de distracción. Entre tanto es asaltado el erario público para rescatar a banqueros por cantidades incomprensiblemente superiores a lo ahorrado en sanidad o en ayuda al desarrollo, (un asalto legal, faltaría más, puesto que las leyes las hace quien asalta).

Pero si alguien se preocupa porque hay personas que no tienen comida mientras los ricos siguen escalando en la lista mundial de ricos, (y el orgullo patrio les jalea como si no prefirieran los paraísos fiscales), y si además ese alguien decide redistribuir parte de los excedentes de una gran empresa de supermercados -como debiera hacer el estado-, entonces él sí, es acusado de “asaltar” el bien ajeno y de alterar el orden público. Da igual que lo haga precisamente en favor del bien ajeno de los necesitados, y que en realidad esté reivindicando orden en la sinrazón económica. Será juzgado por quienes se toman la exclusión social como un fenómeno meteorológico, sin causa humana ni remedio posible, o como una “gracia” divina sobre la que no hay que intervenir por si resulta un sacrilegio.

Sí, ya lo sabemos, la solución definitiva no es ir y coger sin más entre lo que hay -como algunos quieren ver en la acción del Sindicato Andaluz de Trabajadores- sino que pasa por producir lo necesario. ¿Pero qué ocurre cuando ya se puede producir bastante más de lo necesario y sigue sin llegar a muchos lo mínimo suficiente? ¿No estará fallando algo en el sistema? ¿Qué pasa cuando los recursos productivos permanecen infrautilizados (aunque haya personas con necesidades deseando trabajar) porque sus amos no lo ven rentable, o porque simplemente son suyos y los tienen ahí esperando su revalorización? Es el caso de las tierras que no se cultivan, de los pisos vacíos o de los capitales que se inmovilizan a la espera de cómodas rentas -para eso están los fondos que chantajean a las deudas públicas-. ¿A quién le interesa producir? ¿Qué empleo van a “crear” nuestros sedicentes emprendedores cuando cada vez menos personas pueden pagar lo que produzcan? Si el mitificado mercado libre, en cuyas manos se ha dejado el control de la economía, no es capaz de ofrecer empleo para todos, tendrá que costear la subsistencia de la sociedad a la que ha defraudado, (empezando por una renta básica). Las piezas pueden encajar -recursos y necesidades- pero quien puede hacerlo no las mueve.

A veces incluso en las críticas al gobierno actual sorprende la candidez: hay quien quiere ver lo que está ocurriendo como un fracaso de los gobernantes, como el resultado de su incompetencia o de su ceguera, cuando la verdad es que están logrando aplicar, por fin, todas las reformas que llevan décadas reclamando los grandes capitales que financian sus campañas y que les emplearán en el futuro. A estos agentes comerciales de visita en la política les esperan grandes celebraciones, y su única inquietud puede deberse a tener que actuar con un cinismo de marca olímpica, mintiendo y desmintiéndose continuamente, buscando a diario nuevas formas de vender la necesidad de sus recetas con apariencia de preocupación. Claro que para facilitar las cosas, la Europa de los capitales cuenta con la inestimable ayuda de un banco central diseñado a su medida. Es el BCE el que determina los tipos de interés de la deuda pública, y se ha negado a poner fin a la crisis de la Eurozona para forzar a las economías más débiles de Europa a aceptar una agenda política regresiva.

El daño que sufren los inmigrantes, las personas desempleadas, los desahuciados, los dependientes, los que pasan hambre o los trabajadores intimidados es un daño elegido. Es un daño innecesario, provocado voluntariamente por las élites económicas. Es un daño evitable pero que aplican a la sociedad como un electrochoque para después poder decir que es necesario entregarlo todo, desnudarse y ponerse a cuatro patas por ver si así se calma la corriente.

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