3 mar. 2015

La naturaleza de la actividad voluntaria - (3/6) El valor inconmensurable

¿Se puede medir el valor de la actividad voluntaria? Esta suele responder a valores que tienen la importancia que nosotros mismos les demos a partir de nuestra reflexión. No hay nada equivalente a un sistema de precios -quizá, por fortuna- que permita medir el valor de estas actividades por muy alto que sea para nosotros. (Y así lo reconocen los deficientes intentos de medición oficiales). Pero eso no impide observar su lógica, que es algo distinto de la medición, lo que a su vez nos ayudará a comprender y a manejar la noción de valor de un modo más completo y veraz que si la limitamos a la de precio.

   St. Charles's Church, Vienna
¿Qué no vemos cuando vemos el dinero?

De entrada reconozcamos que la producción remunerada, en la que media un precio, en parte también se elige voluntariamente. Como consumidores lo hacemos a partir de cierto punto -las necesidades básicas no son prescindibles-, y como productores aspiramos a ganar más que lo básico, (aunque normalmente tampoco es posible elegir el grado de conformidad, el tiempo de dedicación, predeterminado por la empresa, la competencia y los salarios). Pero profundizando un poco más podemos ver que se trata de una voluntariedad limitada: la disociación de nuestro papel como productores, por un lado, y como consumidores, por otro, oculta el proceso y sus implicaciones, donde no interviene nuestra valoración.

Como productores, el objetivo de esa actividad es el propio dinero; no valoramos el bien producido ni la actividad en sí. Podemos sentir que producimos banalidades para quien ya tiene cubiertas todas sus necesidades mientras no hay producción para quien sufre penuria. Y como demandantes (que aportan sentido o valor a lo producido por otros), el proceso productivo y sus consecuencias quedan ocultos a la valoración. Quizá estemos preocupados por los daños ambientales de una transformación productiva insostenible mientras nuestro consumo la alimenta. En ambos casos la mediación del dinero, carente de cualidad, vela el proceso de modo que no podemos hacer una valoración completa. Nuestra visión del mundo no se relaciona directamente ni con lo que hacemos ni con lo que adquirimos. El dinero mediatiza la voluntad.

Todo esto revela un déficit de evaluación por parte de los ciudadanos. Entre el sistema productivo y nuestro criterio hay un lapso que lo distancia de la democracia, y quizá sólo a través de la política podría cubrirse, (tal como propone, por ejemplo, el modelo de la Economía del Bien Común). Además, los objetivos que podemos perseguir con trabajo y dinero están limitados por la insuficiencia del mercado y a merced de quienes controlen el sistema monetario.

En el caso de la actividad voluntaria también hay objetivos, también se busca algo, (existe una “utilidad”), pero ahora no hay una medición del valor ni media un simulacro del mismo como el dinero sino que la valoración del objetivo es directa, y la aportación también lo es, mediante la implicación personal. En lugar de dinero se necesitan motivos para que se produzca la actividad, y estos son el origen de la motivación. La pregunta es, ¿acaso la mera ausencia de transacción monetaria resta valor a lo que nosotros decidimos que tiene valor y que merece nuestra aportación directa en forma de actividad?

A menudo ocurre lo contrario: que el valor de lo que tiene precio sólo se aparenta en su publicidad, o que el objeto de consumo viene a ser un sucedáneo cómodo pero insatisfactorio, un bien o servicio con el que tratamos de cubrir necesidades que en realidad requieren la implicación de una iniciativa genuina por nuestra parte, su cultivo y su ejercicio. En cambio la actividad voluntaria siempre está preñada de valor porque surge precisamente de la capacidad de las personas para hacer valoraciones, nace de la inteligencia ética. ¿No debería jugar un papel más importante en nuestras políticas?

Sin embargo la política del crecimiento se centra sólo en el valor que puede medirse con la ayuda del (encubridor) dinero y de los precios, y sólo fomenta esa forma de actividad en detrimento del resto o a costa de ello, devorando nuestro tiempo, los recursos comunes, la energía y las energías que podrían alimentar lo que podemos valorar directamente, lo que puede motivarnos más y ofrecernos alguna forma de plenitud sin mediación de precio alguno.

Contra lo que suele afirmarse, el mercado no da la libertad. La libertad es un bien (satisface una necesidad -¡ay, cuánto!- escasa) de los que no interesan al mecanismo mercantil porque no se vende: sólo hay oferta de su simulacro, que a muchos basta pero a la larga no sirve. Tampoco se compra, aunque se demande, y ni siquiera puede recibirse gratis. La libertad solamente se conquista, porque no es un bien para consumir sino para ejercer. Se produce ejerciéndola, que es justamente su goce. Véase hasta qué punto su naturaleza es irreductible a los requisitos mercantiles.
José Luis Sampedro.
De cómo dejé de ser Homo Oeconomicus

Ex presidente Mujica (10min)


Sin duda también se da el caso de quien encuentra una perfecta sintonía entre el afán de enriquecimiento como prioridad y su sistema de valores, y centra su vida en ganar tanto como pueda. Pero quien decide ajustarse a las reglas del homo economicus se inflige a sí mismo un daño “incalculable”: se estará vaciando de una amplia zona de sus posibilidades psicológicas -quizá por eso este modelo de conducta es tan apropiado para los psicópatas-; estará entorpeciendo precisamente su verdadera expresión individual, que no tiene por qué limitarse a una única dimensión, económica, lineal, cuantitativa. Además incluso la codicia depende de que se sostenga la vida, y está condicionada por la actividad voluntaria colectiva aun cuando el codicioso, como un idiota enajenado, no sea capaz de establecer conscientemente esta jerarquía de valores de la que depende.

Nuestra ambición económica y nuestro trabajo remunerado pueden perjudicar precisamente lo que más queremos al activar una maquinaria económica que exige demasiado en favor de su propio crecimiento. La fascinación que produce su impresionante espectáculo nos ha llevado a sobrevalorar ese mecanismo creado sobre las bases naturales y humanas que lo han hecho posible temporalmente. Algunos obnubilados han confundido ese poder transformador con una suerte de alquimia capaz de sustituir los recursos energéticos y la propia biosfera por un nuevo capital que funciona... agotando esos mismos recursos y sirviéndose de esta biosfera. ¿Con qué tecnología suplirán la empatía y la responsabilidad cuando la selección (anti)natural de psicópatas acabe con ambas?

Por un espacio seguro y justo para la humanidad
En cualquier caso merece la pena preguntarse por qué casi todas las personas también realizamos constantemente esfuerzos voluntarios que van mucho más allá de lo estrictamente necesario para mantenernos vivos. De hecho quien quiere hijos está optando por sacrificarse para mantener vivos a otros sin pedirles nada a cambio sino, más bien, poniendo su corazón en ello. Pero más allá de este caso obvio, se dan una infinidad de actividades no imprescindibles y no remuneradas en las que muchas personas también están poniendo su corazón, sus anhelos y esperanzas, su pasión y sus energías. ¿Por qué lo hacen? ¿Puede esto indicarnos un camino para el futuro de la humanidad insuficientemente valorado?

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Serie completa:

    3- El valor inconmensurable
    Corolario recreativo. (Reflexiones accesorias)



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1 comentario:

Jesús Nácher dijo...

Buenas Ecora,

El vídeo de Mújica ha sido bloqueado por Atresmedia. Una pena.

un saludo